¿Me puedes decir hola?

Hoy quiero empezar contándote algo que me ha pasado hace poco. Estaba esperando el ascensor en el hall del edificio donde trabajo. Eran aproximadamente las ocho de la mañana. Pulso el botón para que baje el ascensor y me quedo esperando. Mientras espero viene una persona que se queda esperando a mi lado. Le miro para establecer contacto visual y saludar, pero lo otra persona no lo hace y se pone a mirar su móvil.

Al cabo de unos segundos las puertas del ascensor se abren. La otra persona entra en el ascensor y luego lo hago yo. Cada uno marca su piso: yo al sexto, la otra persona al segundo. Vuelvo a mirarle para ver si puedo contactar visualmente con él, pero se queda mirando hacia las puertas del ascensor. Se cierran y esa persona se queda en la misma posición, con la mirada puesta hacia un lugar en el infinito, como si su mirada fuera capaz de traspasar las puertas metálicas y las paredes. Llegamos al segundo. Se abren las puertas y no se gira hacia mi ni dice nada. Simplemente sale.

Yo continuo mi “viaje” hasta el sexto piso. Al salir al rellano me doy cuenta que estoy enfadado, lo cual me sorprende. Lo que ha ocurrido, si lo miras desde el punto de vista de los hechos, no parece ofensivo. No ha habido ninguna cara agresiva, ningún insulto, … nada.  Simplemente no me ha dicho nada ni al entrar ni al salir.

Sin embargo me doy cuenta que tengo un montón de juicios y pensamientos sobre esa persona que acaba de subir conmigo en el ascensor. Por ejemplo, pienso cosas como “Qué antipático que es. No es capaz de mirar a las personas que estamos compartiendo un lugar tan pequeño como un ascensor. Qué desconsiderado hacia los demás. Parece que no le importen para nada las personas….”

Me enfado porque pienso que los demás, en este caso, la otra persona, debería actuar de una forma diferente a como lo está haciendo. Debería saludar y decir hola. Antes de continuar, me gustaría que viéramos juntos algunas cosas.

Lo que hacen los demás tiene una influencia sobre mis sentimientos, pero no es su causa.

Lo primero que me gustaría que veamos juntos es que otra persona persona puede vivir esto que me ha ocurrido, de una forma completamente diferente a la mía. Sin ir más lejos, es posible que tú, en una circunstancia similar, no te enfades. Lo que quiero decir con esto es que, lo que hacen las personas es un factor que influye en mis emociones pero no es su causa. Si fuera así, siempre que ocurren los hechos que te acabo de relatar, me enfadaría yo, tú y todas las personas del mundo mundial, y esto no es así ¿verdad? Por ejemplo, yo puedo recordar otras ocasiones en las que ha ocurrido lo mismo pero no me he enfadado. Si fuera la causa, siempre que ocurre esto, todas las personas del mundo nos enfadaríamos, pero no es así.

La causa de mi enfado es un pensamiento

Me gustaría que vieras conmigo que, lo que hace que me enfade es mi forma de pensar acerca de lo que ha pasado. Mira, por un lado pienso que esa persona esta siendo desconsiderada conmigo al no mirarme ni saludarme. Me estoy diciendo que me falta al respeto. Pero lo que realmente hace que me enfade es que la forma como se comporta considero que es “incorrecta”, es decir, que se “debería” comportar de una forma diferente a como lo ha hecho.

Fíjate que lo que me ocurre es que me convierto en un juez que dicta lo que es un comportamiento correcto del que no lo es. Así, lo inadecuado merece ser castigado. Me revelo contra lo que es y me digo que eso no debería ser así. ¿lo ves?

Todos los juicios tienen un buen motivo

Lo que yo pienso sobre las circunstancias y mis juicios sobre los demás y sobre mí mismo siempre tienen como causa raíz una o varias necesidades y valores universales. Al menos así lo postula la CNV (Comunicación Noviolenta) y todavía no he podido encontrar ningún caso en que esto no sea así. Permíteme que lo aplique a mi ejemplo.

Cuando me estoy diciendo “Qué antipático que es. No es capaz de mirar a las personas que estamos compartiendo un lugar tan pequeño como un ascensor. Qué desconsiderado hacia los demás. Parece que no le importen para nada las personas….” la causa raíz es que hay necesidades/valores universales como la consideración, ver y ser visto por los demás, la conexión y el contacto con los seres humanos, … que son muy, muy importantes para mi y que me están faltando en este momento.

Si estas necesidades no fueran valiosas no tendría estos juicios sobre esta persona y tampoco estaría enfadado en absoluto. De hecho me daría absolutamente igual. ¿Ves lo que quiero decir con que todos los juicios tienen un buen motivo? Siempre hay algún valor o necesidad universal que me está faltando que está en la raíz de mis juicios sobre los demás.

¿Qué hago yo con todo esto?

Comprender que mis juicios hacia la persona del ascensor tienen su raíz en necesidades tan bellas como la consideración, ver y ser visto por los demás, la conexión y el contacto con los seres humanos, me ayuda a conectar con lo que es esencial para mi. Desde este lugar ya no siento rabia ni quiero que los demás se comporten de una forma determinada. Ni siquiera su comportamiento me parece incorrecto a pesar que no sea de mi agrado. De hecho, ahora empiezo a pensar que en la raíz del comportamiento de la otra persona debe haber también unos buenos motivos.

Me encantaría que me hubiera saludado, porque para mí son muy importantes todos estos valores que hemos visto, pero ahora ya no quiero obligar a nadie a que se comporte de una forma determinada. Sabiendo ahora lo que sé, la próxima vez que me pase lo mismo, quizás pueda conectar con estos valores tan importantes y quizás le diga algo como “Buenos días”. A ver qué pasa. Ya te lo contaré.

¡Buen viaje!

El lado oscuro de “tener la razón”

Hoy quisiera explicarte una anécdota que me ha pasado hace poco y que tiene que ver con la experiencia de tener la razón. Es la siguiente: mi hija menor, juega a fútbol y me encanta ir a ver los partidos. En el último partido hubo una jugada en la que el equipo contrario hizo una falta cuando nuestro equipo estaba en un contraataque, lo cual frenó la posibilidad de meter gol. Pero lo peor fue que el árbitro dejó pasar la jugada y no pitó ninguna falta.

– ¡Árbrito falta, ha sido falta! grité indignado y después continué compartiendo mi indignación con los otros padres por semejante injusticia… hasta que unos de los padres dijo.
– Pues a mi me ha parecido que nuestra jugadora ha hecho una falta en ataque.
– ¿Así que te ha parecido que ha hecho falta nuestro equipo?
– Sí, yo lo he visto así.

Ese comentario me hizo volver de golpe de un lugar en el que se estaba la mar de bien: es el lugar de los que tenemos la razón. Sin embargo, este lugar está lleno de peligros. Permíteme que te explique porqué digo esto.

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Las expectativas y el resentimiento.

En ocasiones hacemos cosas para los demás que no obtienen el reconocimiento que esperamos. Entonces decimos cosas como”son unos desagradecidos” “no se merecen todo lo que he hecho por ellos“. ¿Te ha ocurrido a ti alguna vez? Si es así, me gustaría reflexionar contigo algunas cosas que me parecen útiles para gestionar situaciones como éstas, ¿me acompañas?.

Las expectativas y el resentimiento

Muchas veces hago cosas para los demás. Me refiero que mis acciones buscan un fruto que beneficia a los demás y, a veces, la respuesta que obtengo no es la esperada. En esto hay una variedad de matices infinita.

Para poner un ejemplo, imagina que preparo una cena para mis amigos la cena con todo el cariño del mundo y lo que recibo es una indiferencia absoluta, es decir, que se toman la cena y no dicen nada sobre si les gusta o no les gusta.

Ante esta respuesta, o mejor, ante esta no respuesta yo me podría sentir molesto. ¿Cómo lo hago para sentirme molesto con este hecho? Pues pensar cosas como “con todo el cariño que he puesto y no se dignan ni a decirme lo buena que está la cena. Con el cariño que le he puesto. Son unos desagradecidos

Como puedes comprobar, aquí hay resentimiento hacia los receptores de aquello que yo he preparado. ¿Porqué estoy resentido? Yo creo que es por mis expectativas, es decir, porque yo espero o, mas bien, exijo una respuesta de ellos que no obtengo y por eso me enfado. Me enfado porque ellos “deberían” agradecer mi trabajo, así que en realidad lo que tengo es una exigencia hacia como deberían de comportarse ante mi acto de “generosidad”. Así que la pregunta que podría hacerme es “¿Para qué estoy preparando esta cena tan maravillosa?

Esta pregunta se merece una respuesta lo más honesta posible porque podría responder, a bote pronto, que hago la cena para que la disfruten los demás. Ahora bien, ¿sólo eso? porque si estoy resentido porque no lo agradecen significa que exijo que me lo agradezcan, porque, sino fuera así, yo no me enfadaría, ¿no crees? Así que, si soy honesto conmigo mismo, me podré dar cuenta que si hay enfado o resentimiento hacia los demás porque no me agradecen la cena significa que al menos hay una parte de exigencia en que me reconozcan mi esfuerzo y mi dedicación. Por lo tanto, si bien es una acción altruista, en el fondo no lo es del todo. Hago la cena para que la disfruten, es cierto, y también la hago para que me lo reconozcan. Hay una parte mía que exige ser visto y cuando no lo consigue se enfada. ¿Estás de acuerdo conmigo?

Me gustaría mostrarte este mismo hecho pero con una actitud diferente. Supón que voy a preparar una cena para mis amigos y quiero que la disfruten. Sin embargo, antes de empezar me hago la siguiente pregunta. ¿Quiero preparar la cena para que la disfruten mis amigos? y contesto que sí. Luego me hago la siguiente pregunta. ¿Me enfadaré si no me lo agradecen o si no me dicen que les gusta? Es decir, ¿hasta qué punto dependo o exijo la aprobación de los demás? Llevar conciencia a esa parte mía que espera aprobación, o más bien, la exige, me parece muy importante.

Supón que mi respuesta es la siguiente: “Quiero hacer la cena para que la disfruten porque les tengo estima y por eso pondré cariño y tiempo. Deseo que mi esfuerzo sea visto y me encantaría que les guste y que me lo hagan saber y al mismo tiempo, quiero liberarme de la exigencia de tener que recibir un agradecimiento. Quiero dejar la puerta abierta para que respondan de la forma más honesta posible porque quiero que sea un regalo y se lo tomen desde mi ofrecimiento y no como algo para que yo obtenga reconocimiento. Quiero honestidad aunque pueda recibir algo que me entristezca.”

Mientras cenamos veo que las personas hablan y comen de forma animada y entonces pienso. “No me dicen nada y no sé si les está gustando la cena. Me encantaría saber si les gusta o si, por el contrario, no la están disfrutando. ¿Qué pasa si me dicen que no les gusta? Pues que me sentiré triste porque me encantaría que les guste, pero no estaré enfadado con ellos. Es más, si me dicen que no les ha gustado, la próxima vez podré hacerlo diferente para que sí que lo puedan disfrutar. Y si me dicen que les ha gustado me podré muy contento porque me satisface saber que he contribuido a su bienestar.

Entonces les preguntaría “¿Qué tal os parece la cena?” …

Lo que hace la diferencia

Me gustaría señalar que en los dos casos el estímulo era el mismo (nadie decía nada respecto a la cena) y mi voluntad de contribuir al bienestar de los demás también. Sin embargo las expectativas respecto a los demás son diferentes. En el primer caso también hay una parte de mi que quiere, o en realidad, exige reconocimiento y como no lo recibo me enfado. Sin embargo en el segundo caso no hay expectativas. Hay una voluntad de regalar y no de exigir nada a cambio. Eso no significa que no haya un deseo de reconocimiento, pero no hay una exigencia. Así que me alegraré si les gusta y me entristeceré si ocurre lo contrario pero no habrá nunca enfado ni resentimiento hacia ellos, ¿ves la diferencia?

Precisamente este “detalle” hace que en el segundo caso me mueva a hacer una pregunta para saber si les está gustando o no la cena, mientras que en el primer caso me he quedado callado, resentido y enfadado con ellos porque no me han reconocido el esfuerzo.

Conclusiones

Así que lo que hace la diferencia es que en la expectativa hay una componente de exigencia y eso sólo puede llevar al enfado o al resentimiento si lo que obtengo no es lo que quiero. Por lo tanto, mi propuesta de hoy para ti es que, cuando hagas algo para los demás, lleves conciencia para darte cuenta si tienes alguna expectativa. Si es así, revisítala para ver si te puedes desapegar de ella. Hacer eso significa abrirse a la posibilidad de alegrarse o de entristecerse, es decir, abrirse a la vida y además te podrás liberar de algo que puede ser tóxico para tí: el resentimiento y el pensar que eres víctima del comportamiento de los demás.

¡Buen viaje!

Amtsprahe: del “tengo que… ” al “elijo porque quiero…”

 

Hace unos días vi un reportaje en la televisión sobre el trabajo de los censores en los tiempos de la dictadura de Franco en España. Fue un programa curioso porque aparecían testimonios sobre las personas que trataban de burlar el proceso de censura con los de los propios censores, en los que explicaban cómo realizaban su trabajo. A pesar de ser muy curioso, lo que más me llamó la atención fue el relato de una mujer que trabajó como censora.

Su relato empezó diciendo que en su trabajo como censora sólo cumplía las instrucciones y los reglamentos. Desde ese punto de vista, ella era una buena trabajadora que cumplía con su obligación. Esa introducción me produjo una mezcla de pensamientos y sensaciones que me gustaría compartir contigo.

Al principio me llegó valentía y honestidad, porque se atrevía explicar algo de lo que me parecía no se sentía muy orgullosa. En otras ocasiones, cuando una persona se muestra de forma honesta y clara sobre algo sobre lo que no se siente muy orgullosa, se mueve en mi una energía de conexión. Mis etiquetas y juicios sobre esa persona se empiezan a disolver y tengo el impulso de buscar las necesidades que movieron al ese ser humano a comportarse esa manera. Sin embargo, ese testimonio no produjo en mi ese efecto, o al menos, duró sólo unos breves instantes.

Amtsprache: “la jerga burocrática”

Lo que me desconectó fue la justificación que dio a su comportamiento: ella dijo “yo sólo cumplía el reglamento”. Estas palabras me recordaron un pasaje del libro de Marshall Rosenberg, Comunicación No Violenta, un lenguaje de vida. Concretamente, una parte del capítulo 2La comunicación que bloquea la compasión“. Permíteme que te cite literalmente este fragmento:

“En su libro “Eichmann in Jerusalem”, que documenta el juicio por los crímenes contra la humanidad cometidos por el oficial nazi Adolph Eichmann, Hannah Arendt explica que Eichman declaró que tanto él como sus compañeros utilizaban una palabra especial para referirse al lenguaje con el que eludían y negaban su responsabilidad. El nombre que daban a esa actitud era Amtsprache, que podría traducirse libremente como “lenguaje oficial” o “jerga burocrática”. Si se les preguntaba, por ejemplo, porqué habían cometido determinados actos, la respuesta podía ser: “tenía que hacerlo”. Y si se le preguntaba porqué tenía que hacerlo, la respuesta podía ser: “Eran órdenes superiores”, “Era la política de nuestro momento”, “Era la ley”.

Negamos la responsabilidad de nuestros actos cuando atribuimos su causa a ….”

Así que la justificación de ese comportamiento me recordó el poderoso y peligroso efecto que puede tener en nosotros el utilizar un lenguaje que elimina el recuerdo que siempre podemos elegir, o que de hecho siempre estamos eligiendo y por lo tanto somos responsables de nuestros actos. El utilizar expresiones como “tenía que hacerlo” “ese era el reglamento a cumplir” tiene una función muy importante que es la de tranquilizarnos ante actos que no nos gustan. Actúa como una anestesia que nos quita el dolor que sentimos cuando nuestros actos no están de acuerdo con nuestros valores. Supongo que la persona que trabajó como censora encontró en el “Yo sólo cumplía el reglamento” el lenguaje que le permitía hacer un trabajo que supongo no era consecuente con sus valores.

Sin embargo, este efecto sedante tiene un efecto secundario muy peligroso: al volvernos insensibles ante el dolor, perdemos el contacto con nuestros valores más esenciales e íntimos, que es lo que nos hace seres humanos preciosos y únicos. La anestesia que produce este lenguaje nos tranquiliza pero nos desconecta de nuestra sagrada humanidad. La sensación de tranquilidad de este tipo de lenguaje nos crea la falsa ilusión de que no tenemos elección y nos libera de cualquier responsabilidad sobre nuestros actos. Sin embargo hay una cualidad que distingue los seres humanos del resto de los animales: tenemos libre albedrío.

Cómo transformar la “jerga burocrática”

Así que lo que me desconectó de la humanidad del relato de esa persona que trabajó como censora fueron mis juicios hacia ella porque lo que pensé es que “no asumió su responsabilidad”. Quizás le hubiera sido de ayuda saber el poder anestesiante que tienen los “tenía que …” y que podemos salir de este lugar tan peligroso.

Lo que nos propone la Comunicación NoViolenta de Marshall Rosenberg es transformarlo de la siguiente forma. En vez de decir que “tenía que cumplir con el reglamento”, podría decir que “elegí cumplir con el reglamento porque quiero que no me despidan. Y si no me despiden cobro a final de mes lo cual me permite …” Desde luego, no tranquiliza en absoluto pero da conciencia sobre lo que hacemos, del precio que pagamos por ello y nos convierte en seres LIBRES que tenemos la capacidad de elegir.

La compasión

Si esa persona, en vez de justificarse hubiera explicado que en esas circunstancias no supo encontrar una manera mejor de contribuir a su bienestar y al de su familia, si hubiera explicado que ahora se daba cuenta que habían otras posibilidades de contribuir al bienestar de su familia como por ejemplo hacer otro tipo de trabajo, entonces me hubiera sido más fácil conectar más con ella. Al fin y al cabo, ¿quien soy yo para juzgar el comportamiento de esa persona en ese momento? ¿Conozco acaso las circunstancias exactas de esa persona en ese momento? ¿Para qué se prestó a dar su testimonio sobre algo de lo que parecía no sentirse muy orgullosa?

Conclusión

Yo creo muchos de nosotros caemos con más o menos frecuencia caemos en la trampa del “tenía que…”. La cuestión es darse cuenta de ello lo antes posible, tener compasión por uno mismo y darse cuenta que en realidad uno siempre puede elegir aunque a primera vista no lo parezca. La manera es llevar luz para descubrir cuales son los valores y necesidades que se esconden cuando me digo “tengo que …” y la manera es transformarlo en “yo elijo …. porque quiero …

Esto me ayudará a cambiar la energía con lo que lo hago las cosas o quizás sirva para darme cuenta que el precio que pago es demasiado alto y entonces elija dejar de hacerlo. Bienvenido al camino de la libertad. No es cómodo pero yo lo prefiero al de la cómoda esclavitud, ¿y tu?

¡Buen viaje!

 

 

 

 

 

Dar y recibir feedback

Dar y recibir feedback es una parte esencial tanto en mundo de las empresas como en el personal. Las personas interactúan con nosotros y eso no impacta. Unas veces esa influencia es positiva, nos enriquece y por lo tanto nos gustaría que eso efecto se incrementara. Sin embargo, otras veces esa interacción disminuye nuestro bienestar, por lo que preferiríamos reducir o eliminar ese efecto negativo. Así que la necesidad de explicar a los demás que nos ocurre y darles feedback se convierte en un elemento esencial para cuidar de nuestro bienestar.

En relación a esto y antes de continuar con el tema de feedback, me parece importante señalar que los demás son sólo un estímulo de lo que me pasa pero no son su causa. Lo que quiero decir con esto es que, ante un mismo estímulo las personas podemos responder de forma totalmente diferente. Sino piensa en alguna situación en la cual, una acción tuya haya sido vivida por las personas de tu entorno de forma muy diferente. Si lo que hacemos fuera la causa de lo que sienten los demás, todo el mundo reaccionaria de la misma forma ante el mismo estímulo y la experiencia nos demuestra que no es así. Es más, incluso nosotros mismos podemos sentir cosas diferentes ante el mismo estímulo dependiendo del momento vital en el que estemos o de nuestro estado físico o emocional. Así que lo que hacen los demás influyen en mis sentimientos pero no los determinan.

Entonces, si esto es así, significa que los demás dejan de ser los culpables cuando hacen algo que disminuye mi bienestar. Asumir eso supone entrar en un nuevo mundo en el que ya no hay culpables y dejan de estar justificadas las amenazas y los castigos que pretenden forzar a los demás para que “depongan su actitud”. En este nuevo mundo ya no hay buenos ni malos, víctimas ni verdugos y yo dejo de tener TODA la razón.

Pero entonces se me abre una pregunta, ¿qué hago con lo que siento cuando los demás hacen alguna cosa que disminuye mi bienestar si ya no son ni los causantes ni los responsables? Si no hay nadie a quien echar la culpa de cómo me siento, ¿qué hago para cuidar de mi bienestar? Porque darme cuenta de esto no hace que el mundo sea mejor para mi…

Mi respuesta es que, lo que me gustaría es que los demás cambiasen su forma de comportarse, pero sólo si lo hacen de forma voluntaria porque quieren contribuir a mi bienestar y eso es más probable que lo hagan si pido desde lo que yo necesito admitiendo que soy vulnerable en vez de exigir a los demás cómo deben de comportarse para que yo me sienta bien. Porque cuando exijo, los demás sólo tienen dos alternativas: o se someten o se rebelan y yo no quiero ninguna de las dos cosas. No quiero que cambien su forma de actuar por miedo a mis amenazas, porque los castigue o porque los manipule haciéndoles sentir culpables de cómo yo me siento. Ese es un juego en el que a la larga todos perdemos.

Darme cuenta de que cuando interactúo con los demás soy vulnerable y tengo necesidades y valores que quiero respetar y cuidar me ayuda a darme cuenta que mi bienestar está en mis manos. Así que, siempre puedo pedir desde lo que necesito y si los demás no quieren contribuir desde el corazón a mi bienestar siempre puedo encontrar otras alternativas y estrategias, porque ya sé cuales son las necesidades y los valores universales que son valiosas para mi en ese momento.

Darme cuenta de esto me da a mi y a los demás apertura de posibilidades y también algo que yo valoro muuuucho: libertad.

¡Buen viaje!

El milagro de lo cotidiano

Hoy quiero empezar compartiendo contigo un texto de Alejandro Jodorowsky. Dice lo siguiente:

Lo milagros son comparable a la piedras: están en todos los sitios, ofreciendo su belleza y casi nadie lo valora. Vivimos en una realidad donde abundan los prodigios, pero sólo los ven los que han desarrollado su percepción. Sin esta sensibilidad, todo se vuelve banal, al acontecimiento maravilloso lo llamamos casualidad, avanzamos por el mundo sin esta clave de gratitud.

Cuando pasa la cosa extraordinaria, lo vemos como un fenómeno natural del que, como si fuéramos parásitos, hacemos usufructo sin dar nada a cambio. Pero el milagro exige un intercambio: he de hacer fructificar que me has dado para los otros. Si no estamos unidos, no captamos el portento. Los milagros no los hace ni los provoca nadie; se descubren.

Cuando el que se creía ciego se saca las gafas oscuras, ve la luz. Esta oscuridad es la prisión racional.

Así que, después de leer este texto que me resulta tan inspirador, quisiera proponerte algo. Párate un momento y toma tres respiraciones profundas, de esas que te permiten sentir cómo el aire llena los pulmones y cómo se vacían lentamente. Cuando lo hayas hecho vuelve.

¿Como estás ahora?

Ahora me gustaría que buscaras en tí ese niño que fuiste hace muchos años, que pensabas olvidado pero que todavía vive en tí. Date el tiempo que necesites para encontrarlo y reconocerlo.

Recuerda cómo era mirar el mundo con esa mirada que se maravilla por cosas que hoy te parecen insignificantes,… ¿te acuerdas?

¿Cómo es esa sensación de curiosidad infinita en tu cuerpo?

Ahora, con esa sensación todavía viva, mira a tu alrededor…

Hay lo mismo que antes pero no ves lo mismo, ¿verdad? Quizás ahora percibas un detalle que antes era insignificante, pero ahora no lo es en absoluto.

Quizás te preguntes cómo no te habías dado cuenta antes de eso, si estaba delante de tus ojos. Pero ahora miras y ves con otros ojos, con otra mirada y el mundo que aparece es diferente…

… y como dice Jodorowsky…

Cuando el que se creía ciego se saca las gafas oscuras, ve la luz.

¡Buen viaje!

¿Comprender a otro puede ser un deporte de riesgo?

Tengo un amigo que está suscrito a mi blog, así que cada vez que publico recibe un email anunciando que he colgado un nuevo artículo. Nos vemos casi cada día y algunas veces, me hace algún comentario irónico sobre el título del artículo que acabo de publicar. Cuando le pregunto qué le ha parecido siempre me dice que no lo ha leído y además no tiene intención de hacerlo.

Cuando continuamos la conversación me dice que la temática general de mi blog y de la Comunicación No Violenta en particular es para gente “hippy”. El opina que lo que es realmente útil es decir las cosas directamente y si hace falta decirlas de forma contundente. Eso de ser amable no va con él y prefiere ser impertinente o “borde” y huir de un lenguaje que interpreta que puede ser falso, cobarde, blando y poco asertivo.

Cuando me dice esto, tengo la tentación de continuar la conversación para tratar de convercerle que la CNV, dista mucho de ser una comunicación blanda y que por el contrario permite ser muy asertivo a la vez que se es cuidadoso con los demás. Sin embargo nunca lo he hecho porque hacerlo sería como obligar a comer un plato a otra persona simplemente porque a mi parece super delicioso, saludable y nutritivo.

Te cuento esto porque el otro día me enviaron una cita de Carl Rogers que me recordó esta situación que te acabo de contar. La cita dice:

Pocas veces nos permitimos comprender lo que la afirmación del otro significa para nosotros. Comprender al otro es arriesgado porque podría modificarme‪.

Carl Rogers

Me gustaría explicarte porqué conecto una cosa con la otra aunque para hacerlo voy a dar un pequeño rodeo. Si tienes paciencia y me das la confianza de continuar leyendo verás que quizás esté justificado dar este paseo. ¿vienes?

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Un relato sobre la permanente insatisfacción

Mi propuesta de hoy para ti es un pequeño relato. Es una conversación entre una persona que vivía en la insatisfacción permanente y fue a visitar a un amigo suyo que en otras ocasiones le había ayudado a resolver un problema. La conversación que tuvieron fue algo parecido a esto.

Captura

– Me fijo objetivos y retos, y cuando los consigo me siento muy feliz.
– Eso suena bien.
– Ya, pero eso me dura muy poco y entonces me siento insatisfecha. Entonces me tengo que fijar nuevos objetivos. Los consigo y vuelvo a estar feliz.
– ¿Porqué es eso un problema para ti?
– La insatisfacción permanente me ayuda a mantenerme en movimiento y eso me hace sentir viva. También me ayuda a progresar, a ser mejor persona. Pero, ¿Cuando podré descansar? ¿Esta carrera tiene un final?
– Parece que estás triste porque te gustaría descansar..
– Sí
– Y también me parece que te encantaría saber que cuando vas a acabar de ponerte retos. Supongo que eso te daría cierta esperanza y descanso.
– Sí
– La insatisfacción me ha ayudado a llegar a donde estoy. Ha sido muy valiosa para mi vida, pero estoy muy cansada y me gustaría poder descansar.
– Así que parece que estás en un dilema. Por un lado, la insatisfacción permanente te conecta con la vida, con la sensación de progreso y eso es muy importante para ti.
– Por otra parte parece como si la permanente insatisfacción te estuviera obligando a moverte a pesar que tú estás cansada y cuando alguien te obliga a hacer algo, o te rebelas contra eso y luchas en contra eso, o te sometes a ella y por lo tanto creas resentimiento.
– Sí. Es un fuerza motora para mi vida, aunque a veces es demasiado “motora” y no me deja descansar.
– Ya veo cual es tu dilema.
– Por cierto, ¿sabes la diferencia entre rumbo y destino?
– No sé muy bien que quieres decir.
– Vamos a ver. Imagina que yo estoy en Barcelona y quiero llegar a Zaragoza.
– Vale
– Zaragoza está en dirección Oeste con respecto a Barcelona.
– Sí
– Así que si quiero llegar a Zaragoza, puedo tomar una brújula, y tomando carretera siguiendo la dirección Oeste, podría llegar a Zaragoza.
– Bueno, más o menos
– Lo que quiero decir es que el rumbo para llegar a Zaragoza es el Rumbo Oeste.
– Vale
– Pero no es lo mismo Zaragoza que el Oeste.
– No claro, vaya tontería.
– Si me confundo y pienso que el Oeste es el destino, ¿qué me puede pasar?
– Que te pases de largo.
– Exacto, y que no llegue a Zaragoza. Bueno, quizás, si persevero y doy la vuelta al globo terráqueo, vuelva a pasar por Zaragoza.
– Sí
– Pero si me olvido que el destino es Zaragoza y no el Oeste, me volveré a pasar de largo.
– No sé porqué que explicas esto…
– Te lo explico por lo siguiente. Me da la impresión que lo que te mueve es la permanente insatisfacción. Entonces, ¿Hacia dónde te mueves?
– Quiero dejar de sentir la insatisfacción
– ¿En positivo cómo sería?
– No sé,…. me muevo hacia la satisfacción.
– Claro, la satisfacción que te la da la conexión con la vida y la sensación de progreso personal.
– Sí, para mi es muy valioso el progreso personal. Saber que estoy en ese camino me da satisfacción.
– Entonces imagina que ese es tu rumbo.
¿Cómo?
– Sí, tú te mueves en la dirección de progreso personal.
– Vale
– Si tu rumbo es el progreso personal, ¿Cual es tu destino?
-…no sé …
– Siguiendo este símil, ¿cuales podrían haber sido tus destinos en la vida?
– …
– No sé,… quizás, … cada reto, cada objetivo alcanzado es como si fuera un destino.
– Claro. Cada vez que alcanzas un objetivo sientes satisfacción porque estás en la dirección del progreso personal. Pero una vez que has llegado a tu destino, es decir, que has conseguido tu reto, enseguida vuelves a sentir insatisfacción…
– Exacto !
– Quizás es que confundes rumbo con destino.
– ¿Otra vez? No entiendo
– Recuerda que mi destino era Zaragoza, y que mi rumbo era Oeste. Nunca podré llegar al oeste, porque el oeste es una dirección, no un destino. Sólo puedo llegar a un lugar no a un rumbo.
– ¿Me estás diciendo que nunca podré llegar al al progreso personal?
– Nunca. Cuando te crees que has llegado, vuelve a alejarse. Es como un espejismo porque persigues un rumbo, una dirección y eso es inalcanzable.
– Eso es una muy mala noticia.
– Pero también tengo muy buenas noticias.
– ¿Como?
– Imagina que saliendo de Barcelona has llegado a Zaragoza. Entonces puedes volver a fijarte un destino que esté en dirección oeste y dirígite hacia allí. Date cuenta que mientras mantengas ese rumbo, cada paso que des, cada ciudad y pueblo que pises, estará en el rumbo oeste. Así que nunca puedes llegar, y a la vez siempre estás allí porque cada paso es el que hace el rumbo.  Es como si buscaras la satisfacción que te da el progreso personal mirando hacia el horizonte infinito, cuando para encontrarlo sólo tienes que mirar debajo de tus zapatos, en el aquí y el ahora.
– Entonces, para encontrar la satisfacción, ¿no hace falta fijarse objetivos?
– No quería decir eso. Fíjate un objetivo que esté en la dirección del desarrollo personal, que es lo que parece que te satisface, pero una vez hecho eso, la satisfacción plena la encontraras en cada paso,… si eres capaz de ser consciente de ello.
– Ya veo, Entonces podré sentarme a descansar cuando me apetezca y correr cuando tengas gana, disfrutando del camino en cada paso.
– Exacto. Pero si te desvías de tu rumbo, es decir, te fijas un objetivo que no busca el desarrollo personal, entonces ya no te funcionará. Así que tan importante es el rumbo con el destino. Lo importante es no confundir una cosa con la otra.
– Me parece que ya lo entiendo. Hasto pronto

FIN

y… ¡Buen Viaje!

Es imposible que te falten al respeto

Vale, ya sé que esta frase es una provocación. Efectivamente cuando alguien me insulta o emite un juicio sobre mi utilizando palabras que considero poco respetuosas entonces me están faltando al respeto. Cuando eso ocurre es muy normal que reaccione con otro ataque o me quede a la defensiva sin saber qué decir y maldiciendo en secreto a mi interlocutor. Cuando pienso que me atacan, puedo entrar fácilmente en el modo ataque/huida, un lugar de pocos recursos que me lleva a reaccionar y no a elegir una respuesta desde la libertad de acción. Me gustaría no caer en la provocación que supone reaccionar al insulto contraatacando y a la vez me hacerme valer. ¿Cómo se consigue eso?

Esta pregunta conecta con el título del artículo. Porque, si fuera imposible que los demás te faltaran al respeto, ¿cómo sería tu respuesta cuando alguien te insultara o te dijera algo que se supone es una falta de respeto? ¿Cómo te podrías hacer valer cuando es imposible que, aunque te insulten, eso no suponga una falta de respeto hacia ti?

Antes de continuar, hay un pequeño relato que me gustaría compartir contigo. Dice algo así:

(cuento zen)

Una vez vivió un gran guerrero, que aunque era bastante viejo aún podía derrotar a cualquier contrincante. Su reputación se extendía a lo largo y ancho del país, y ese prestigio hacía que tuviera siempre a su lado muchos aprendices.

Un día, un joven guerrero llegó a la aldea del guerrero, determinado a ser el primer hombre en derrotar al gran maestro. Junto con su fuerza, tenía una increíble habilidad para descubrir y explotar cualquier debilidad de su adversario. Nunca nadie había durado en un combate con él más allá del primer movimiento. Provocaba a su oponente y su respuesta era fulminante.

Muy en contra del consejo de sus preocupados aprendices, el viejo maestro aceptó el desafío del joven guerrero. Cuando los dos estuvieron preparados para la lucha, el joven guerrero comenzó a lanzarle insultos, sin embargo el maestro permanecía inmóvil. Probó de tirarle barro, le escupió a la cara, pero el maestro no respondió. Durante horas lo maldijo y lo insultó gravemente, pero el maestro simplemente permanecía parado, aparentemente tranquilo, sin responder a las provocaciones del joven guerrero.

Finalmente, incapaz de conseguir que el maestro entrara en el combate, el joven guerrero se marchó diciéndole que era un cobarde por no querer luchar contra él. Sus discípulos, algo decepcionados porque no había luchado contra el joven guerrero, se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
“¿Cómo pudo usted aguantar tal indignidad? ¿cómo permitió que le faltara al respeto de esa forma?”.
El maestro respondió:
“Si alguien viene a darles un regalo y ustedes no lo reciben , ¿a quién pertenece el regalo?”.
“Si alguien les insulta y ustedes no acogen esos insultos, ¿ a quién pertenecen esos insultos ?”.

Fin

¿Cómo se podría conseguir una actitud similar a la del maestro Zen? Permíteme que te de mi respuesta a eso.

Podríamos decir que cuando alguien insulta o falta al respeto a otra persona tiene una voluntad de lastimar u ofender. Un insulto es un juicio u opinión sobre otra persona que tiene una carga de agresividad. En esto último es donde creo que está la clave del asunto: que el insulto es un juicio u opinión, y los juicios y las opiniones nunca pueden ser ni ciertos ni falsos.

Si eres un lector habitual de mi blog, recordarás que ya hemos visto algunas veces la diferencia entre juicio y observación. Los primeros no pueden ser nunca ciertos o falsos porque sólo los hechos pueden clasificarse de esa forma. Un juicio sólo puede estar bien o mal fundamentado, pero incluso un juicio compartido por muchas personas y bien fundamentado, nunca podrá considerarse una verdad o algo cierto.

Tener presente esta distinción es fundamental porque si alguien te insulta y lo tomas como un hecho cuando sólo es un juicio, lo que estás haciendo es aceptarlo como una verdad y no como una opinión. Entonces el insulto consigue el objetivo de hacer daño porque afecta a tu identidad, algo que siempre queremos proteger. Esto me recuerda lo que dice el maestro zen con respecto a cómo tomar el regalo que te ofrecen.

Teniendo en cuenta que el insulto está en la categoría de las opiniones y no en la de las verdades, siempre puedes decidir tomar en consideración esa opinión, quizás porque consideres que puedes aprender alguna cosa. También puedes decidir que esa opionión no te es útil y rechazarla. En este sentido es como un regalo: lo abres, decides si te es útil y entonces te lo quedas o bien al abrirlo te das cuentas que no te va servir de nada y lo rechazas. El otro no te obliga a que te quedes su regalo, sólo tu decides si te lo quedas o lo devuelves.

Ahora quisiera volver al título del artículo, “Es imposible que me falten al respeto”. ¿Ves ahora lo que quería decir? Si tu tienes presente esto que hemos hablado, es imposible que nadie te falte al respeto sin tu permiso. El darse cuenta que el juicio o el comentario irrespetuoso está en el terreno de las opiniones y no en el de las certezas te da la libertad de aceptarlo o rechazarlo. Darse cuenta de esto y tenerlo presente puede ser muy poderoso porque te da libertad, ¿no crees?

Para acabar decirte que verlo de esta forma no te convertirá en un ser inmune a los insultos. Las opiniones de los demás, aunque son sólo opiniones, aunque hablan del que las emite, también puede ayudarte a descubrir cosas en ti y esos hallazgos pueden ser fuente de goce o de tristeza. Sin embargo, ser conscientes que habitamos en el terreno de las opiniones nos previene de sentir ira, y por lo tanto de la necesidad de castigar, de atacar o defenderse y eso nos da espacio para hacer uso de nuestra libertad personal.

¡Buen viaje!

No compres su película: la diferencia entre simpatía y empatía

Quiero explicarte esta distinción a través de una conversación entre un jefe y su colaborador, que entra el despacho de su jefe para explicarle una dificultad que tiene con una persona que participa en el mismo proyecto.

-( Colaborador) Durante las últimas dos reuniones la persona que dejó el proyecto y que acaba de regresar se ha dedicado a criticar el trabajo que he hecho durante el tiempo que ha estado fuera. Ha sido muy cansado porque he tenido que responder a esas críticas y me ha costado mucho avanzar. Entorpece el ritmo de avance del proyecto y estoy harto que me critique contínuamente. Además no entiendo porqué antes de irse era muy buen colaborador y ahora no para de criticar.

-(Jefa) ¿Puede ser que hayas comprado su película?

-No sé qué quieres decir

-Digo que has comprado su película, en el sentido que has confundido críticas, que son juicios y opiniones sobre tu trabajo, con la realidad de los hechos. Lo que quiero decir es que has creído como una verdad algo que es un juicio y los juicios no pueden ser nunca ciertos o falsos sino que sólo pueden estar bien o mal fundamentados. Pero incluso una opinión que esté muy bien fundamentada sobre hechos observables, nunca lo convertirá en una verdad. Sólo los hechos pueden ser ciertos o falsos y la frontera entre hechos y opiniones a veces muy difícil de encontrar. Puedes entrar a rebatir su opinión sobre si está bien o mal, lo que ocurre es que cuando hay confusión sobre si estamos hablando de hecho o de opiniones, entonces es muy fácil entar en la dinámica de saber quien tiene y quien no tiene la razón. Eso es significa jugar al juego de ser simpáticos (tienes y de doy la razón) o antipáticos (no tienes razón y la razón la tengo yo, claro). Es un juego en que siempre hay uno que gana pero a costa del resentimiento del que pierde. 

-No sé si te entiendo muy bien. Entonces, ¿cómo sería dejar de jugar a este juego?

-Bueno, lo que hace falta primero es darse cuenta de que estamos hablando de opiniones y no de hechos, lo cual no es cosa fácil. Pero si tienes la habilidad de darte cuenta de eso, entonces mi propuesta es que dejes de jugar al “¿Quien tiene la razón?” y que hables y escuches de un lugar diferente: la empatía.

-Eso es muy abstracto. ¿Cómo se hace?

-Una forma es traducir el lenguaje de las opiniones y los juicios al lenguaje de las Necesidades Universales

-Estoy perdido

-Primero déjame explicarte lo que son las Necesidades Universales

-Vale

-Es aquello que tenemos en común todos los seres humanos y que es indispensable en nuestras vidas. Engloba las necesidades vitales (respirar, beber, comer,…) las de seguridad (material y afectiva) y las necesidades de desarrollo del ser humano (contribución, sentido, libertad,…)

-Entendido. Ahora, ¿cómo continúo?

-Vamos a ver. Dime algo que te haya dicho que te molestó.

-Dijo que lo que habíamos hecho el último año estaba todo mal. ¡TO-DO!

-Dijo “todo”…

-SÍ!

-Supongo que estás molesto porque se cargó de un plumazo tu trabajo desde que se fue hasta ahora. Así que supongo que es muy importante para ti ser visto y reconocido por el esfuerzo realizado durante ese año, con todas las dificultades que eso te ha supuesto, ¿no?

-Sí, exacto.

-Así que es muy valioso para tí ser visto. Por eso te sentiste molesto. Si no necesitaras ser visto y reconocido por el trabajo que has hecho, no te hubieras molestado en absoluto.

-Sí…

-Quizás te parezca extraño pero ahora te propongo que te quedes un rato para darte cuenta de lo importante que es para tí ser visto y reconocido. 

(silencio)

-Ahora que sabes cuales son tus Necesidades no satisfechas y te has dado cuenta de lo importantes que son para ti, me pregunto si estarías dispuesto a indagar sobre sus Necesidades, es decir, te propongo traducir sus juicios en Necesidades Universales. Cuando dijo que todo está mal quizás esperaba encontrar el proyecto en un estado diferente en el que está. ¿Qué crees tu que son las Necesidades que le están faltando?

-Que no le cambien aquello que dejó cuando tuvo que irse del proyecto.

-Vale, necesita estabilidad. ¿Qué más?

-No lo sé.

-Te ayudo. Te critica porque quizás necesita …

-No lo sé.

-Quizás decir que está mal es una forma de expresar que lo de antes estaba bien. ¿Qué necesidad hay ahí?

…. (silencio)

-Puede ser que necesite reconocimiento por el trabajo que hizo antes de irse. 

-Si eso es así, significa que los dos necesitáis reconocimiento, es decir, ser vistos por el trabajo que habéis hecho.

-Quizás sea eso, sí. … ¡Ufff! …

-Con esto que has visto, ¿se te ocurre alguna manera diferente de relacionarte con él?

-Desde luego que sí. La próxima vez quizás empiece por interesarme por el trabajo que hizo antes de irse… y también le explicaré todo lo que yo he hecho durante el tiempo que ha estado fuera. Quizás eso sirva.

-Yo creo que sí servirá.

Conclusiones

Bien, después de éste diálogo espero que haya podido explicarte la diferencia entre escuchar desde el tener o no tener la razón (simpatí o antipatía) y escuchar desde la empatía. Desde la empatía no hay uno que gana y otro que pierde, sino que se escuchan las necesidades que hay tras cualquier juicio y opinión. ESo permite que las personas se vean y se reconozcan como seres humanos vulnerables, con necesidades que esperan ser reconocidas íntimamente y recíprocamente. Entonces el conflicto se disuelve y las dos partes pueden ganar, ¿no te parece?

¡Buen viaje!