Una forma de responder a los gritos: practicando el “aikido emocional”

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Ō-Sensei Morihei Ueshiba, maestro fundador del Aikido

Todas las personas tienen todo el derecho del mundo a ser como son y a comportarse como se comportan, independientemente que a mi me guste más o menos o me perjudique en mayor o menor forma. Por otra parte, yo también tengo todo el derecho del mundo a comportarme de la forma que a mi me parezca más adecuada teniendo en cuenta mis necesidades y mis valores.

Teniendo en cuenta esto, cuando alguien actúa de una forma que no me satisface y opto por quedarme y afrontar la situación, se me ocurre que puedo actuar de dos formas. Una, de forma reactiva, y la otra proactiva. ¿Te interesaría saber en qué consiste cada una y cual podría ser la mejor para ti? Si tu respuesta es afirmativa te recomiendo que continúes leyendo.

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¿Qué te podría pasar si te trataras con compasión?

Cuando una mujer de una tribu africana sabe que está embarazada, se adentra en la selva con otras mujeres y juntas rezan y meditan hasta que aparece la canción del bebé. Ellas saben que cada alma tiene su vibración, la que expresa su particularidad, unicidad y propósito. Las mujeres encuentran la canción, al entonan y cantan en voz alta. Después vuelven a la tribu y se la enseñan al resto.

Cuando el pequeño nace, la comunidad se junta y le canta la canción. Después, cuando el pequeño tiene que comenzar la educación, el pueblo se reúne y le canta su canción. Al iniciar la vida de adulto, vuelven a juntarse todos y se la cantan. Al llegar el momento de casarse la persona encuentra su canción expresada en la voz de su pueblo. Finalmente, cuando el alma ha de irse de este mundo, la familia y los amigos se acercan a su lecho y, tal como hicieron cuando nació, le cantan su canción para acompañarlo durante el viaje.

En esta tribu hay otra ocasión en la que los pobladores cantan la canción. Si en algún momento durante su vida, la persona comete un crimen o un acto social aberrante, lo llevan al centro del poblado y toda la gente de la comunidad forma un círculo a su alrededor. Entonces… le cantan su canción.

La tribu sabe que la corrección para las conductas antisociales no es el castigo, sino el amor y el recuerdo de su verdadera identidad. Cuando reconocemos nuestra canción ya no tenemos deseos ni necesidad de hacer nada que pueda hacer nada a los demás. Tus amigos saben tu canción y te la cantan cuando te has olvidado. Aquellos que te quieren no pueden ser engañados por los fallos que cometes o por las imágenes oscuras que, a veces, muestras a los otros.

Ellos recuerdan tu belleza cuando te sientes feo, tu totalidad cuando estás hecho pedazos, tu inocencia cuando te sientes culpable, tu propósito cuando estás confundido. No necesito ninguna garantía firmada para saber que la sangre de mis venas es de la tierra y me sopla al alma como el viento, me refresca el corazón como la lluvia y me limpia la mente como el humo del fuego sagrado.

Tolba Phanem

Me encanta este texto, porque presupone que las personas, cuando realizamos acciones socialmente aberrantes, lo hacemos porque nos hemos olvidado de nuestra verdadera naturaleza. Nos hemos olvidado que somos seres únicos, valiosos por nuestra singularidad y precisamente por ello, dignos de ser vistos, valorados y apreciados, con un propósito que sólo puede ser llevado a cabo de forma tan única y especial y que enriquece de forma singular la comunidad de la que formamos parte.

Me encanta porque me da esperanza que yo también puedo tratarme de esta forma y alejarme del modelo de la culpa y el castigo. Porque me da la oportunidad de verme de forma compasiva cuando mis actos han supuesto algún dolor a alguna persona. No hace falta que piense que he sido mala persona y que merezco un castigo, sino que puedo pensar que he actuado olvidando mi verdadera naturaleza que quiere cuidar y tener en cuenta a mi y a los demás. Y desde ahí puedo tratar de recuperar el bienestar de la otra persona. Y yo creo que dar empatía a la persona que ha sufrido por una acción mía, es una forma muy poderosa de hacerlo.

Sólo si no me siento culpable, puedo escuchar de forma empática el dolor que he estimulado en otra persona. Sólo si no me siento culpable, puedo escuchar de forma profunda a la persona que sufre, sin tratar de defenderme y de excusarme. Creo que cuando escucho con empatía, estoy contribuyendo a reparar el dolor que he estimulado, porque cuando sufro con el que sufre, cuando acompaño y soy capaz de ver y sentir el dolor del otro, ayudo a transformarlo y esto no puede hacerse desde un sentimiento de culpa.

Quizás puedas pensar que esto que te estoy contando no es eficaz, así que te propongo que recuerdes un caso en el que tu has sufrido mucho por la acción de otra persona. Ahora me gustaría que te imagines qué te hubiera pasado si esa persona, se hubiese sentado delante tuyo y te hubiese dicho:

– He venido porque quiero escucharte. Quiero que me expliques todo lo que sientes después después de que yo haya actuado de la forma en que lo he hecho. Te prometo que te escucharé y que no trataré de justificarme. Sólo quiero estar contigo y escuchar lo que quieras explicarme.

Y entonces tu le explicarías cómo te sientes cuando el otro ha actuado de esa forma, y podrías expresar a esa persona toda tu rabia y tu dolor. Y la otra persona te escucharía en silencio, mirándote a los ojos, sin hacer nada más que eso, verte y escucharte de verdad. Y podrías notar cómo esa persona siente lo que tú estás sintiendo. ¿Te lo imaginas?

Y después de haber explicado todo tu sufrimiento el tiempo que tu necesitaras, es posible que alguna cosa cambiara en tí, porque por fin podrías sentir el descanso que supone liberarse de las cadenas de la rabia y el resentimiento hacia esa persona. Por fin dejar todo ese peso que tanto tiempo has llevado tu solo sin que nadie te ayudara a llevarlo,…

“Sólo” porque, la persona que estimuló tu dolor, ha tenido la valentía de escucharte de forma profunda y auténtica, sintiendo contigo tu dolor, sin pretender cambiarlo, sin querer defenderse ni excusarse. ¿Te lo imaginas?

Así que, mi propuesta de hoy para ti es que seas compasivo contigo mismo cuando tus acciones hayan podido estimular algún dolor en otra persona. Permítete recordar, tal y como dice el texto,

“… tu belleza cuando te sientes feo, tu totalidad cuando estás hecho pedazos, tu inocencia cuando te sientes culpable, tu propósito cuando estás confundido…”

Que estas palabras te liberen del sentimiento de culpa, aceptando que lo hecho, hecho está. Y, al mismo tiempo, tengas la determinación de restaurar en la medida de lo posible, eso que se haya dañado. Porque sólo libre del sentimiento de culpa y determinado a restaurar el bienestar de la otra persona, podrás escuchar con auténtica empatía el dolor que has estimulado. Eso es curativo.

Desde luego es un camino que necesita mucha más valentía y entereza que la de presentarte ante el otro lleno de culpa y arrepentimiento esperando que te absuelvan y te liberen de la carga de la culpa. ¿No crees que eso es pedir demasiado? Porque la persona, además de soportar el dolor que tu has estimulado, tiene que sobreponerse y hacer un ejercicio de generosidad para perdonarte. No, por favor, eso es pedir demasiado. En mi opinión, sentirse culpable es un camino fácil para ti, pero no para el que ha sufrido tu acción. Quizás nuestra responsabilidad esté, no en cambiar el pasado, sino es hacer que nuestro futuro y el de las personas que nos rodean, sea el mejor posible.

¡Buen viaje!

¿Las cosas tienen sentido?

Un terremoto o una catástrofe natural, ¿pueden tener sentido? Que un niño pequeño muera por una enfermedad, ¿tiene sentido? Que una persona que pasea tranquilamente por la acera de una ciudad, sea atropellada por un coche y muera, ¿tiene eso sentido? En general, las cosas que pasan, ¿tienen sentido?

Cuando nos ocurren cosas desagradables o terribles buscamos desesperadamente que eso tenga algún sentido. Es como si que para que las cosas pasen tuviera que haber una explicación.No sé qué es lo que tu opinas al respecto. Yo creo que las cosas que pasan pueden ser los efectos de unas causas, y que suceden independientemente de que tengan sentido o no lo tengan para mí.

Me parece un poco pretencioso por mi parte esperar que las cosas pasen o dejen de pasar, esperando que haya alguien como yo que dé el visto bueno para que eso suceda. Un terremoto que arrasa ciudades y pueblos y mata a miles de personas tiene unas causas geológicas, y ocurre independientemente que tenga o no tenga sentido para mí. Esto me trae a la memoria una cita que tiene que ver con el sentido de justicia en la vida. En palabras de Mordecai Kaplan,

Esperar que el mundo te trate bien porque eres una persona honesta es como esperar que el toro no te embista porque eres vegetariano.

Lo que yo creo es que las cosas no tienen intrínsecamente sentido, aunque sí creo que las personas buscamos y podemos encontrar un sentido a las cosas que nos pasan. Así que de lo que se trata es de poner el foco en nosotros y no en las cosas que suceden. Con todo esto, la pregunta que ahora me viene es: ¿Qué es lo que me impulsa a buscar sentido a las cosas? ¿Para qué busco un sentido a las desgracias que me acontecen en la vida?

Si te parece podemos buscarlo juntos. Lo que se me ocurre es que recordemos algo que nos haya pasado en la vida que no tenga sentido. Yo ya tengo el mío, ¿tienes tú el tuyo? Me espero… Ahora te pido algo (o mucho) de imaginación. Supón que por arte de magia, ya has encontrado el sentido a ese suceso. Golpe de varita mágica y … ¡zas! Ahora lo ves claro. Todo lo que pasó, ves que tiene todo el sentido del mundo.

¿Cómo te sientes ahora que todo tiene sentido? ¿Cómo ha cambiado la forma en que estás viviendo esas circunstancias? Quédate un rato ahí para experimentarlo.

….

Me encantaría que me pudieras explicar qué te ha sucedido. Lo que a mí me ha ocurrido es que tengo una gran sensación de tranquilidad. Eso no me ha quitado la sensación de tristeza pero es una tristeza tranquila, podría decir que es dulcemente amarga. Cuando las cosas dolorosas que nos pasan tienen sentido, se produce algo que hace posible que los sentimientos se transformen. ¿Porqué?

Cuando encuentro sentido a algo, eso me ayuda a aceptar las circunstancias por penosas que éstas puedan ser. Al aceptar dejo de resistirme y de vivir peleado con lo que me ha ocurrido y eso me permite trascender la rabia. El aceptar es como un poderoso disolvente que me “des-a-pega” de una realidad dolorosa que ya no puedo cambiar. Es entonces cuando dejo de preguntarme ¿Cómo ha podido pasarme esto a mí? Esto es poderoso porque es el paso necesario para poder hacer el siguiente paso.

Cuando encuentro sentido a algo que me ha pasado y lo he aceptado, entonces es posible encontrar un “para qué” y eso hace que mire hacia adelante. Un “para qué” me impulsa a moverme hacia un futuro mejor a partir de lo que es, y me da la energía para hacer cosas, o “simplemente” me da la energía suficiente para continuar. Esto me recuerda una cita de Nietzsche que dice:

«Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo»

El ejemplo de Viktor Frankl

Este psiquiatra Austríaco pasó por la dolorosa experiencia de los campos de concentración nazis. Viktor Frankl sobrevivió al Holocausto, pero tanto su esposa como sus padres fallecieron en los campos de concentración. A su regreso escribió el libro “El hombre en busca de sentido“, (por cierto te recomiendo encarecidamente su lectura). En esta obra expone que, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre puede encontrar una razón para vivir.

Las personas que buscaron y encontraron un sentido a todo esa locura, tuvieron una energía vital suplementaria que les permitió aumentar sus probabilidades de supervivencia. Quizás te estés preguntando, ¿qué razones para vivir podrían encontrar personas que vivieron situaciones tan “sin sentido” como los prisioneros de los campos de concentración? Cada una tuvo que encontrar su propio sentido y habitualmente eran motivaciones que iban más allá de su propia persona. El propio Viktor Frankl encontró en el amor que sentía por su familia y por su esposa la fuerza para continuar luchando. Así, escribiría después

“[…] la salvación del hombre sólo es posible en el amor y a través del amor”.

Otros prisioneros la encontraron reconfortando a los demás, … Cada persona tuvo que encontrar la suya. (Puedes leer más en: Monografías: El hombre en busca de sentido)

Nuestra responsabilidad

Así que, quizás, ante cualquier situación dolorosa nos encontramos ante la responsabilidad de buscar dentro de nosotros, un sentido a todo eso que nos está pasando, un sentido que, a su vez, lo encontramos curiosamente fuera de nuestro ego, cuando hay un para qué que nos trasciende. En palabras de Frankl:

«Todo puede serle arrebatado a un hombre, menos la última de las libertades humanas: el elegir su actitud en una serie dada de circunstancias, de elegir su propio camino. ¿No podemos cambiar la situación? Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento.»

Te deseo que siempre puedas encontrar un “buen sentido” y …

¡Buen Viaje!

¿Cambiar el mundo?

En el momento de empezar el nuevo año todos tenemos los mejores deseos. Algo que se acostumbra a desear el que el año que ha de venir sea mejor que el anterior. También es ese mi deseo. ¿Hay que esperar que eso suceda o puedo hacer algo yo? ¿Puedo cambiar el mundo para que sea mejor? Cambiar el mundo, quizás eso sea algo muy pretencioso. Esto es lo que he escrito para el 2015.

¡Feliz año y buen viaje!

αααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααααα

Quiero cambiar el mundo

¿Tengo miedo al cambio?
…o quizás tenga miedo a no ser capaz de cambiar.

¿Tengo miedo a perder el trabajo?
… o quizás tenga miedo a no saber encontrar otro.

¿Tengo miedo a envejecer?
… o quizás tenga miedo a no saber vivir la vejez con plenitud.

¿Tengo miedo de la muerte?
… o quizás tengo miedo cuando pienso que no hay nada más.

¿Tengo miedo a no tener la razón?
… o quizás sólo tengo miedo a que no me escuchen.

¿Tengo miedo al conflicto?
… o quizás tengo miedo a no saber recuperar la conexión y la tranquilidad.

¿Tengo miedo a la soledad?
… o quizás tengo miedo a no vivir conectado.

¿Tengo miedo a perderme?
… o quizás sólo tengo miedo a no saber volver.

¿Tengo miedo a lo desconocido?
… o quizás sólo tengo miedo a no saber.

¿Las cosas hacen miedo?
… o quizás sólo soy yo el que tiene miedo a las cosas.

¿El miedo está ahí fuera?
… o quizás sólo vive en mi interior.

Y me digo

¿Tiene que cambiar el mundo para que yo no tenga miedo?
…o quizás sólo basta con que yo cambie.

Cuando yo cambio, El mundo cambia…

Así que

Si quiero cambiar el mundo
Quizás sólo baste que yo cambie.

Yo decido.
Tú decides

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Quiero una barra de cuarto.

Hoy quiero explicarte una cosa que me pasó el otro día cuando fui a comprar el pan. Entré a la panadería y no había gente esperando. Dos dependientas estaban hablando entre ellas y yo me quedé delante del mostrador mirándolas esperando que acabaran su conversación. No sabía de qué hablaban aunque sí me pareció que era algo que las importaba porque no se dieron cuenta que yo estaba delante suyo esperando hasta al cabo de un ratito. Entonces una de ellas se dió cuenta me miró y me dijo.

– ¿Qué desea?

Se giró de nuevo a su compañera diciéndole algo, como si la conversación continuara. Yo le respondí.

– Una barra de cuarto.

Ella se quedó parada con la mirada perdida y me volvió a preguntar.

– ¿Qué desea?

Entonces yo la volví a contestar.

– Una barra de cuarto.

La dependienta seguía con esa mirada perdida. ¿Os podéis imaginar qué me preguntó otra vez?

– ¿Qué desea?

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“¿Quieres ser feliz o tener la razón? Las dos cosas a la vez es imposible”.

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Freskenzyklus der Brancacci-Kapelle in Santa Maria del Carmine in Florenz, Szene: Hl. Petrus und Hl Paulus im Disput mit dem Magier Simon vor Nero

En el artículo de hoy quiero hablarte de tener la razón, especialmente en una situación de conflicto. Así que supón que he discutido con alguien, estoy enfadado y en conflicto con esa persona y además yo tengo la razón. Fíjate que digo que tengo “la razón” y no “mis razones” lo cual significa que razón sólo hay una, y además la tengo yo. Y si la tengo yo no la puede tener la otra parte, así que el otro está equivocado.

Otra cosa que quiero tener en cuenta es cómo me está afectando la situación conflictiva. En hecho que yo esté en conflicto con la otra persona, ¿me incomoda o me hace sufrir de alguna forma? Para responder a esta pregunta vale la pena ser muy honesto con uno mismo. Yo no sé qué te pasa a ti, pero a mi, los conflictos con las personas me incomodan mucho, y especialmente si el conflicto es con alguna persona que es importante y valiosa para mi. Pero el hecho que me me haga sufrir no hace cambiar el hecho que yo tengo razón y el otro no. Eso yo no puedo cambiarlo, así que, aunque me resulte incómodo me tendré que acostumbrar a eso.

¿Te das cuenta de lo que me está pasando? La única manera que el conflicto se solucione es que la otra persona reconozca su error. Mientras eso no pase, yo no podré hacer nada y por lo tanto, yo continuaré sufriendo por ello. Tener la razón supone dejar en manos del otro que yo deje de sufrir. Así que, tener la razón me encadena a la situación problemática o lo deja en manos de otro. Así que se me plantea el siguiente dilema: ¿quiero tener razón o seguir sufriendo?, o como dice el título del post “¿Quiero tener razón o ser feliz? porque las dos cosas al mismo tiempo es imposible”.

Ahora es tu turno. Recuerda una situación conflictiva con alguien importante, ya sea en el entorno laboral como en el personal. ¿Que elijes, tener razón o ser feliz?

Si has escogido ser feliz, te animo a que continúes leyendo el artículo. Y también puede ser que hayas pensado algo así como: – Claro que quiero ser feliz,  pero también tengo unos principios y una dignidad. Así que elijo seguir teniendo razón a costa de mi felicidad. Si éste es tu caso entonces también te sugiero que continúes leyendo porque, a continuación, podrás encontrar el tesoro que se esconde tras la actitud de tener la razón y eso te permitirá encontrar alternativas que te permitirán ser feliz. ¿Me acompañas?

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Lo digo o no lo digo, esta es la cuestión: 3 pasos para resolver un conflicto interno

https://i0.wp.com/upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/2/2a/Face_Off.jpg?resize=388%2C258En alguna ocasión me he encontrado ante el dilema de si tengo que expresar  algo que es importante para mi aunque eso pueda incomodar a otra persona que me importa, o es mejor callarme y no decirlo, para tratar de preservar el “buen rollo ” de la relación ya sea en el entorno de las relaciones personales como las profesionales.

Lo que me ocurre es que cualquiera de las dos opciones que escoja no me satisface porque, expresar mis necesidades y inquietudes es  a costa de provocar un daño en la otra persona con lo que puede significar eso en la relación. Pero si escojo callarme, cuido la relación a costa de expresar mis propias necesidades.

Lo que me pregunto es, ¿habría alguna manera de actuar que no signifique que tenga que perder algo valioso? Yo creo que sí es posible. ¿Te apetecería saberla?

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San Jorge y el dragón: un cuento sobre el miedo

La entrada de hoy es un relato que escribí para el día de Sant Jordi. La imagen de San Jorge matando el dragón es muy potente para mi. ¿Tuvo miedo antes de enfrentarse al dragón? ¿Cómo lo superó? Para responder a estas preguntas he inventado un cuento. A ver si te gusta.

P.S. Aquí tienes la versión escrita (San Jorge y el dragón llamado Miedo)

El miedo: de enemigo a aliado.

Estas vacaciones de verano mi familia y yo hemos ido de vacaciones con unos amigos. En una de la excursiones tomamos un teleférico hasta prácticamente la cota 3000 m. de una montaña de las Dolomitas, en Italia. Había bastante nieve y aunque no íbamos especialmente preparados para ello, decidimos subir por una ladera completamente nevada. La pendiente era suavemente pronunciada. Mientras ascendía, iba girando la vista hacia el camino recorrido. Observar toda esa pendiente me producía miedo. Me imaginaba que, en caso que resbalase no podría pararme y el final de esa pendiente no alcanzaba mi vista. Así que eso podría ser fatal para mi. Así que decidí no mirar muchas más veces: mejor subir sin mirar atrás.

La ascensión la hice acompañado de mi amigo y sus dos hijos, hasta que llegamos a un punto en el que decidimos parar. Nos hicimos unas fotos. El paisaje era espectacular y la vista de la bajada era impresionante. Entonces los hijos de mi amigo dijeron que iban a bajar corriendo. A mi me pareció una locura. Con semejante pendiente, ¿bajar corriendo? ¿Y si se caen? Pero no dije nada. Su padre estaba allí y él le pareció bien. Entonces empezaron a descender.

¡Cómo bajaban! Iban corriendo y saltando, clavando los pies en la nieve y, de vez en cuando, en vez de saltar, se deslizaban por la superficie de la nieve. Era espectacular y parecía muy divertido. Luego bajó mi amigo de la misma forma. Yo me quedé arriba mirando. Desde abajo me animaban a hacer lo mismo.

Yo tenía miedo. Sin embargo, ¿donde estaba el peligro que había imaginado? Efectivamente hacía mucha pendiente pero, si ocurría una caída el riesgo de bajar rodando de forma descontrolada era prácticamente nulo. Y por otra parte, lo que vi, ¡¡parecía tan divertido !! Así que pensé: me tiro. Y empecé la bajada corriendo y saltando. Mientras bajaba me daba cuenta que era seguro ¡y divertido! así que también probé de deslizarme por la superficie de la nieve. No era tan hábil como ellos pero en algunos breves momentos notaba la sensación de deslizarme sobre la nieve. ¡Qué sensación tan completa! Hasta que llegué al lugar de partida y comentamos juntos lo divertida que había sido la bajada.

Te explico esta anécdota para que pensemos juntos sobre el miedo. Lo que me ocurrió fue que me enfrenté a una situación que yo evalué como peligrosa. Mi miedo me decía: cuidado, eso que quieres hacer te pone en riesgo. No lo hagas. Luego, vi cómo otras personas hacían eso que yo temía de una forma totalmente segura, y además, se lo pasaban bien. Además esa actividad requería unas condiciones físicas y unas habilidades que yo juzgué que tenía. Así que mi evaluación del riesgo fue exagerada.

Ahora quisiera detenerme en el momento justo antes de lanzarme. Por un lado me daba cuenta que eso no era tan arriesgado y que estaba a mi alcance hacerlo. Sin embargo mi corazón no parecía muy convencido con esos argumentos y seguía latiendo con fuerza. Y me lancé. ¿Qué me impulsó a hacerlo? A primera vista parece que fueron los argumentos racionales de que no había tanto peligro. ¿Tu crees que fue eso?

Pues no, o al menos, en mi caso creo que no fue eso lo que más pesó. Desde luego que evaluar que eso tenía un riesgo mínimo es una condición necesaria, pero ese pensamiento no fue suficiente para vencer el miedo. Dar el salto supone un cambio abrupto: estoy en un sitio y en el instante siguiente, ya estoy bajando. Para vencer esa barrera debe haber algo poderoso, y creo que tiene que ver con algo emocional, más que racional, porque la evaluación de los riegos ya estaba hecha: “sólo” había que saltar. Vivía una lucha entre una fuerza que me retenía, el miedo, y otra que me movía a lanzarme: el anhelo de diversión y libertad. Cuando esa sensación fue más poderosa que la del miedo, entonces pude saltar.

3 pasos para abordar un cambio

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5 pasos para romper el círculo vicioso de los pensamientos y los sentimientos desagradables.

Epicteto

En esta entrada quiero empezar con la siguiente cita:

«Los hombres no se perturban por las cosas,

sino por la opinión que tienen de éstas.»

Epicteto

Lo cierto es que esta cita la he oído muchas veces, infinidad, pero es ese tipo de frase que, a pesar de ser una vieja conocida, siempre me da nuevas perspectivas para aplicarla en mi vida. Me explico. Últimamente he recibido alguna noticia que no me ha gustado, o mejor dicho, que me disgustado profundamente. Entonces he pensado, “bien, así que estoy profundamente disgustado, no por el hecho en sí mismo, sino por la opinión y los juicios que me he formado de ellos.” Uff, ¿cómo es que ahora me cuesta aceptar esa frase que tan cierta veo en otras ocasiones? Antes de contestar a esta pregunta, me gustaría plantearte una cosa.

Lo que pienso sobre los hechos, no son los hechos en sí mismos (¿Sabemos diferenciar hechos de opiniones?). Sin embargo, lo que estoy sintiendo ahora mismo cuando pienso lo que pienso, eso sí que es tan real como los hechos mismos. Así que veo dos categorías diferentes de cosas. Por una parte, tenemos los hechos y los sentimientos asociados a esos hechos, que forman parte de lo que yo llamo, la “realidad real“. Es lo tangible porque se puede tocar y experimentar. Por otra parte existen los pensamientos, juicios y opiniones, que para distinguirlos de los primeros lo voy a llamar “realidad pensada“. Digo que es “realidad” porque yo creo que esos pensamientos son ciertos y por lo tanto forman parte de mi realidad, y también digo que es “pensada“, porque habita en mi mente, no es algo tangible.

Algo que hay que tener en cuenta es que los hechos pueden ser ciertos o falsos, mientras que los pensamientos y opiniones, como pertenecen a otra categoría, no nunca pueden ser ni ciertos ni falsos, sino que sólo pueden estar bien o mal fundamentados.

Apliquemos esto con ejemplo. Si voy en el metro y una persona me pisa el pie (eso es un hecho y por lo tanto forma parte de la “realidad real”), yo podría pensar que lo ha hecho expresamente (eso es un pensamiento y por lo tanto forma parte de la “realidad pensada”). Y si pienso y creo que lo ha hecho expresamente entonces me puedo enfadar con esa persona (el enfado que yo siento es tan real como el hecho que me ha pisado).

Sin embargo, también podría pensar que lo ha hecho sin darse cuenta (realidad pensada) y entonces no estaría enfadado, sino tan sólo dolorido, y ese sensación es tan real como que me acaba de pisar. Así que, ante un mismo hecho mi realidad puede ser completamente diferente en función de mi “realidad pensada“. Esto me recuerda algún experimento de la física cuántica en el que el observador modifica lo observado Erwin Schrodinger- el observador modifica lo observado. ¡Epicteto ya había intuido algo parecido 2.000 años antes !

Ahora me gustaría volver a la pregunta que me hacía al principio, ¿cómo es que me cuesta tanto aceptar que estoy profundamente disgustado, no por el hecho en sí mismo, sino por la opinión y los juicios que me he formado de ellos? La clave está en los sentimientos.  Para explicártelo te propongo que pensemos juntos en un caso que haya estimulado uno o varios sentimientos desagradables. ¿Lo tienes ya? Si quieres te explico mi vivencia.

Cuando sucede algo que estimula en mí sentimientos desagradables lo que ocurre es que trato de evitarlos. Sin embargo estoy tratando de escapar de algo que existe de una forma tan contundente como los hechos. Son la otra cara de la realidad real, aunque eso no me guste. Por mucho que corra, continúan estando ahí, porque vaya al lugar que vaya, hay alguien que siempre esta ahí: yo mismo, y los sentimientos forman parte de mi.

Por cierto, yo tengo una cierta experiencia buscando estrategias para escapar de los sentimientos desagradables. Una que he utilizado mucho en una época de mi vida ha sido la de tratar de ignorarlos haciendo ver que no existen.  Otra cosa que he probado ha sido aplacar el “ruido” que me produce un sentimiento desagradable con otro “ruido” que sea más fuerte. Me explico: hacer alguna actividad emocionalmente intensa puede ahogar ese sentimiento desagradable … hasta que llega el silencio de la noche. También he probado otras cosas, sin embargo ninguna me ha resultado porque, si una cosa que tiene la realidad real es que es muy tozuda … y sigue estando ahí aunque la ignore.

Después de todo que te he explicado quizás te estés diciendo que, si de lo que se trata es de no escapar de los sentimientos desagradables, lo que tampoco quieres es estar todo el día triste y obsesionado con pensamientos que lo que hacen es aumentar y mantener esos sentimientos desagradables. Así que, ¿hay alguna solución a este lío? Yo creo que sí, ¿te apetece conocerlo?.

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