Un cuento para ti: Juan con Miedo

por | 15/06/2016

Hoy quiero compartido un pequeño relato sobre el miedo. Acabo de sacarlo del horno. Espero que lo disfrutes.

Erase una vez Juan Sin Miedo que encontró el miedo. Podrías pensar que como era algo deseado, estaría feliz con su nuevo hallazgo. Sin embargo, no ha dejado de maldecir el día en que encontró aquello que con tanta ansia buscaba. Desde entonces que intenta librarse de él, pero no hay manera: ironías de la vida.

Tan desesperado estaba que decidió acabar con ello batiéndose en duelo. Sólo uno de los dos debía salir vivo, e hizo todos los preparativos hasta que llegó el gran día. Se habían citado en un lugar desierto. Juan no quiso ni padrinos ni testigos. Sólo debían estar él y su miedo.

Los dos fueron puntuales y llegaron justo en el mismo momento. Curiosa sincronicidad, pensó Juan. Estaban uno delante del otro, mirándose. El miedo se parecía en cierta manera a Juan, pero con un aspecto más terrorífico. Con pinchos que le salían por todo su cuerpo. Sin embargo eso no hacía que se perdiera ese parecido a él tan inquietante. Se miraron fijamente.

– He venido a devorarte -dijo el miedo

Lo dijo con la seguridad que le da es saberse más grande y mucho más fuerte. Juan, al escuchar esto y viendo las dimensiones y fortaleza de su enemigo pensó que nunca podría vencerle. Hiciera lo que hiciera, acabaría por tragárselo así que, decidió acabar lo antes posible.

– Muy bien, ven aquí, te estoy esperando – Dijo Juan

El miedo empezó a avanzar decididamente hacia Juan. Sentía un gran vacío en su interior y pensó que si se lo comía podría aliviar esa sensación tan hondamente desagradable. Ese hambre le daba mucha fuerza y eso le gustaba. Le gustaba ese poder y, al mismo tiempo, quería saciarse y acabar con ese sufrimiento.

Cuando estuvo delante de Juan se sorprendió que no huyera. Quería tragárselo de un sólo bocado pero el estaba ahí quieto, casi parecía desafiarlo. Entonces el miedo decidió que se tragaría a Juan como hacen las boas constrictor con sus víctimas. Lo abrazaría hasta romperle todos los huesos y luego se lo tragaría.

Así empezó, sin ninguna oposición de Juan, con su abrazo constrictor. Y entonces ocurrió que cuanto más apretaba, su sensación de vacío disminuía y con ello iba perdiendo su energía. El miedo sentía cómo su vacío se iba llenando y se iba sintiendo cada vez mejor. De la misma forma, Juan tenía la sensación que algo suyo se escapaba a través de ese abrazo e iba a forma parte del Miedo.

El miedo estaba cada vez más saciado y tranquilo al mismo tiempo que Juan permanecía ahí, menos rígido y curiosamente, más vivo que antes. Hasta que llegó un momento que el miedo se sorprendió al darse cuenta que ya no abrazaba a Juan y su sensación de vacío había desaparecido completamente.

Cuando Juan abrió los ojos comprobó que aún estaba vivo y que su Miedo ya no era ni tan grande ni tan poderoso y aunque conservaba gran parte de su aspecto terrorífico, sintió un atisbo de empatía hacia él. Nunca lo había sentido antes así. Entonces entendió que en realidad eran dos entes separados, pero también eran una misma cosa, porque en cada uno había una parte del otro. Eran dos pero también uno.

Juan también se dio cuenta que en el miedo también hay amor, porque el miedo tenía un deseo inconmensurable de fundirse con él. Pudo ver que el miedo y el amor son en realidad la misma energía, no se pueden separar. Y cuando alguien las separa no pueden evitar recordar que siempre han sido la misma cosa y cuanta más fuerza pongan para separarlas más deseos tendrán de volver a unirse. Como una especie de big bang cósmico que inicia su proceso de contracción al llegar a su máxima expansión, para volver otra vez al origen, a ser una sola cosa, infinitamente completa.

Juan descubrió eso y decidió convertir a su Miedo en compañero de viaje. Quizás no fuera el más amable, pero no quería renunciar a él porque quería volver a sentirse un ser completo.

¡Buen viaje Juan!

P.D. Gracias a Jorge Cuervo y a Júlia Martínez por vuestra ayuda.

Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar formas de comunicarse para que las relaciones sean eficaces, satisfactorias, saludables y sostenibles.

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