¿Es posible transformar el sentimiento de culpa en algo enriquecedor para la vida?

¿Alguna vez os habéis sentido culpables por  algo? ¿Creéis que es algo que debemos sentir o por el contrario pensáis que es una carga inútil? Esta entrada la voy a dedicar al sentimiento de culpa para tratar de ver qué nos pueden aportar y proponeros una aproximación que creo puede servir más a la vida.

Primero decir que la culpa es quizás un sentimiento más íntimo que el de la vergüenza y que nos puede servir para ayudar a reconocer y rectificar algo que consideramos que no está alineado con nuestro sistema de valores, aun cuando no haya testigos externos de ello. La vergüenza, en cambio, conlleva una cierta indignación que proviene de algo que ocurre en el exterior. En cualquier caso, son sentimientos muy arraigados en nuestra cultura y que han ayudado a mantener unas normas sociales y a estructurar el sistema social. Ahora bien, ¿cual es el precio que se paga por ello?

Tras el sentimiento de culpa hay un juicio sobre algo que “debería” o “no debería” haber sido. Y como consecuencia, cuando se considera que no se ha actuado como se debería entonces “debe haber” un castigo. La culpa se convierte entonces en ese castigo por no haber actuado como se debería.

Esto para mi tiene una doble consideración. La primera es, ¿hasta cuando debemos mantener ese castigo? ¿Cuanto dolor nos debemos autoinflijir en forma de sentimiento de culpa? Supongo que hasta que la deuda se haya pagado, pero no sé muy bien cual debe ser el límite. El juez interior es muchas veces, muy severo, ¿verdad?

La otra cuestión es que la pena a cumplir en forma de sentimiento de culpa sirve de escarmiento para que no volvamos a actuar del mismo modo otra vez. En este sentido cumple el objetivo de evitar que se vuelva a repetir la conducta. Pero eso no significa que hayamos cambiado y nos hayamos convertido en mejores personas  por el hecho de haber pagado la deuda en forma de culpa. Además, esta forma de repartir justicia no tiene en cuenta a la persona que sufre las consecuencias de los actos ya que no se busca reparar el daño causado ya que sólo se castiga (autocastigo en forma de culpa) al que ha cometido el acto que disminuye el bienestar de la otra persona.

La CNV (Comunicación No Violenta) y la Justicia Restaurativa proponen otro acercamiento que, en mi opinión, es mucho más enriquecedor para nosotros y para los que nos rodean. ¿Os apetece saber de que trata? Veamos entonces cómo podrían ser los 3 pasos para transformar el sentimiento de culpa en algo más útil y “ecológico”.

Para ello vamos a seguir el proceso aplicándolo al siguiente ejemplo: supongamos que me he enfadado con alguien y le he dicho cosas han causado dolor a otra persona. Y por ello me siento culpable porque pienso que no debería haber actuado de esa manera y que me debería haber controlado.

1. Aprovechemos la parte positiva de la la culpa. Al principio del artículo ya hemos visto que la culpa nos aporta cosas positivas. Lo que se trata es de buscar cual fue la intención positiva del acto y de traducir los juicios acerca de ti mismo en necesidades universales (Listado de necesidades básicas ). En el ejemplo, la intención positiva, o dicho de otra manera, aquello que buscaba con ese comportamiento y que era bueno para mi, podría haber sido autoafirmarme o bien, defenderme de algo. Los juicios acerca de mi mismo que me provocan el sentimiento de culpa es que no he sido capaz de controlarme. Si lo hubiera hecho, no habría ofendido al otro por lo que podría decir que algo que valoro profundamente es la consideración y el respeto entre las personas y que tengo una gran necesidad de autodominio para no dejarme arrastrar por las emociones.

Lo importante de este fase es separar el comportamiento, es decir los actos concretos, de las intenciones positivas y las necesidades que he intentado servir con ese comportamiento y que son importantes para mi por lo que deben ser atendidas.

2. La alquimia del “darse cuenta que fui ciego”. Se trata de hacerse la siguiente pregunta. En el momento que lo hiciste, ¿sabías lo que sabes ahora? ¿Qué has aprendido? Si has aprendido algo, ya no eres la misma persona que fuiste en ese momento. ¿Qué sentido tiene castigar a alguien que ahora ya no existe? O dicho de otra forma. En el momento en que actuaste fuiste ciego en algún aspecto. ¿Te podrías enfadar con un ciego que tira una vaso al suelo porque no lo ha visto?

En nuestro ejemplo: ahora me doy cuenta que autoafirmarme faltando al respeto de la otra persona no es satisfactorio y la próxima vez buscaré una forma diferente de autoafirmarme que no vaya en contra de algo que yo valoro mucho como es el respeto y consideración del prójimo. Fuí ciego y ahora lo veo.

3. Buscar la reparación: ecología. Mi acto ha disminuido el bienestar de otra persona a pesar que el comportamiento tenía una “buena intención” o, como decíamos antes, tenía una intención positiva. Sin embargo, el que en ese momento fuera ciego no me salva de darme cuenta de las consecuencias de mi comportamiento sobre la otra persona y eso seguramente me causará pena pero no culpa.

Esta diferencia, que parece poca, es la verdadera clave del proceso. Porque cuando sientes culpa no puedes curar ese dolor y por lo tanto no te puedes ocupar de la otra persona. La culpa lleva a pedir perdón. Pero eso es demasiado fácil y además obliga a la otra persona a hacer un doble trabajo: por un lado el de sostener el dolor que ha estimulado tu acción (No es lo mismo causa que estímulo) y por otro, debe hacer el esfuerzo de ocuparse de tí para perdonarte.

Así, la primera parte de la reparación consiste en ser capaz de escuchar el sufrimiento de la otra persona con una actitud de ser su testigo. Eso significa que no hay que autojustificarse  sino que nos convertimos en testigos de su sufrimiento sin quererlo mitigar. Si consigues eso, la persona podrá hacer el  trabajo que sólo él puede hacer: sanar su dolor. En definitiva, lo que se trata es de ofrecer tu presencia y confiar en el poder curativo de ofrecer auténtica empatía (¿Sabes realmente qué es la empatía?).

Como os podéis imaginar, esto requiere más valentía y esfuerzo que una simple disculpa. Sin embargo es mucho más respetuoso con la vida y es el primer paso para tratar de encontrar alguna estrategia que trate de reparar, si es posible, el daño causado.

En el ejemplo que hemos seguido hasta ahora, esta reparación supondría verme con la persona afectada y ser testigo del dolor que ha sentido cuando actué dela forma en que lo hice, sin tratarme de justifcar. Y esto sólo seremos capaces de hacerlo si hemos hecho antes los pasos 1 y 2.

Sé que no es fácil pero sí que nos hace más humanos.

¡Buen Viaje!

 

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