¿Cómo pones límites?

Hoy quisiera hablarte de cómo poner límites, pero antes de ir directo al tema quiero dar un rodeo que me parece necesario y que al final nos llevará a nuestro asunto. ¿Quieres acompañarme?

Los botones que nos disparan las emociones

Hay cosas que nos pasan que nos disparan emociones y sentimientos. El mundo en el que vivimos es una fuente de estímulos que no podemos controlar y ante un mismo estímulo las personas podemos sentir cosas diferentes y por lo tanto reaccionar de forma diferente. También puede ocurrir que una misma persona ante un mismo estímulo sienta cosas diferentes en función del momento en el que se encuentre.

Lo que te quiero decir con esto es que lo que pasa en el mundo y lo que hacen los otros nos influye de alguna manera, pero no puede ser la causa única y directa de nuestras emociones y de nuestras reacciones. Porque, si fuera así, antes el mismo estímulo todas las personas responderíamos de la misma forma, o nosotros mismos siempre responderíamos igual ante un mismo estímulo, cosa que no ocurre. Así que tiene que haber algo más.

Para explicar esto a mi me gusta imaginarme que las personas tenemos unos botones que nos estimulan emociones. Como a cada persona sentimos y reaccionamos ante cosas diferentes entonces es como si cada persona tuviera unos botones que son diferentes de los de los demás, que son fruto de su propia biología, educación, cultura, familia y vivencias y del momento vital que está viviendo en cada momento y por lo tanto lo hacen único.

Esta imagen me resulta útil, por ejemplo cuando veo un comportamiento de una persona y me digo “no puedo entender eso que está haciendo esa persona“. Cuando pienso esto significa que estoy mirándola sin darme cuenta que tiene una “configuración de botones” totalmente particular, compleja y, por supuesto, diferente a la mía. Mi incomprensión surge de mirarla pensando que tiene los mismos botones que los míos, pero ya sé que eso es imposible. Me olvido que todos somos legítimamente diferentes.

Esta imagen de los botones también me ayuda cuando alguien hace algo que me afecta, porque me recuerda que los botones no se disparan solos y también, que si no hay un botón no se puede disparar nada. Así que siempre que yo siento algo tiene que haber algo que hace alguien (el estímulo no depende de mi y viene de fuera) y también tiene que existir un botón, que es sólo mío, y del cual los demás no tienen ninguna responsabilidad. Es decir, hacen falta las dos cosas simultáneamente.

Los botones y las Necesidades y Valores Universales

Las personas interactuamos continuamente y la posibilidad de que nos aprieten un botón o que nosotros apretemos el botón de alguna persona es muy alta. Conocer cuáles son los botones de los demás y de uno mismo puede ser es un trabajo inmenso. Sino piensa en alguna persona que conoces bien. Quizás ya sabes qué le molesta y qué no, e incluso cuales son las circunstancias en que es más o menos irritable. Eso quiere decir que conoces o intuyes cual es la configuración de botones que tiene esa persona. Pero para llegar a ese grado de conocimiento hace falta tiempo e interés.

Sin embargo hay ocasiones que no disponemos de ese tiempo. La buena noticia es que hay un mecanismo mucho más sencillo para entender mejor los botones que estimulan emociones y pedir a los demás que contribuyan a nuestro bienestar y de esta manera tener más comprensión y empatía. Quizás te pueda parecer que esto es imposible, sin embargo la Comunicación Noviolenta (CNV) ha encontrado una forma simple y poderosa de hacer este trabajo. Se trata de lo siguiente: en la raíz cualquier botón que estimula sentimientos hay siempre necesidades y valores universales. Trataré de ponerte un ejemplo de algo que me pasó el otro día.

Iba paseando por la calle y al tratar de acercarme a un perro para acariciarlo me ladró. Eso me disparó una sensación de incomodidad, así que el comportamiento de ese perro es como si me hubiera disparado un botón. Hemos dicho que los botones tienen su raíz en algún valor o necesidad universal que es importante y que no está satisfecho. Así que, si indago sobre ello me doy cuenta que en este caso las necesidades que hay en la raíz de ese botón son las de conexión, de confianza y de comprensión de mis intenciones. Efectivamente, esas necesidades y valores universales son importantes y valiosos para mi y por eso se disparó algo en mi. Si no lo fueran a mi no me hubiera pasado nada. ¿Te das cuenta que hacen falta las dos cosas, un estímulo, que es algo externo y un botón que tiene que ver conmigo y que está conectado con mis necesidades?

Así que los botones tienen siempre en su raíz necesidades y valores universales y ésta es precisamente la clave del asunto, porque todos los seres humanos, al compartir las mismas necesidades y valores, podemos reconocerlas en los demás y en uno mismo. Quizás no podamos entender un comportamiento de una persona, o que una acción nuestra pueda estimular algo inesperado en alguien. Pero no hace falta entenderlo mientras podamos conectar el comportamiento con las necesidades y los valores universales que hay en su raíz. Cualquier comportamiento humano es un intento más o menos exitoso de cubrir necesidades y valores universales. Descubrirlas nos una comprensión que va más allá del porqué hacemos lo que hacemos los seres humanos.

Poner límites

Por fin hemos llegado al asunto de los límites y te agradezco que hayas tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Poner límites puede resultarnos difícil por múltiples razones, no obstante, en este artículo quisiera centrarme en aquellos casos en los que poner un límite a alguien es vivido como algo violento hacia el otro. A mi me gustaría que vieras el poner un límite desde la perspectiva de los botones que nos estimulan cosas. Permíteme que me explique con un ejemplo.

Supón que en una reunión me interrumpen repetidamente y eso me dispara un sentimiento de ira, porque pienso que no me respetan ni me tienen en cuenta. Ante eso podría poner un límite de dos formas. La primera podría ser interrumpir a la otra persona diciendo algo así.

– Estoy harto que me me faltes al respeto interrumpiéndome continuamente, así que cállate porque ahora me toca hablar a mi.

Esto, desde luego que es una forma de poner un límite, aunque a mi no me satisface porque supone responder a lo que vivo como un ataque con otro ataque. Si quiero mantener una relación cordial con esa persona y pongo un límite de esta manera entonces es probable que esa relación quede dañada y eso quizás no me interese. Por otra parte tampoco quiero dejar pasar por alto el asunto para evitar el conflicto, porque eso supone que el otro pasa por encima mío y eso tampoco lo quiero. Así que me pregunto, ¿podría poner un límite de una forma que no sea ni atacar ni dejarme pisar? La respuesta la podemos encontrar poniendo límite desde lo que a mi me dispara y yo necesito, y hacerlo sin acusar, juzgar ni hacer responsable al otro de mis sentimientos. Podría ser algo así.

– En lo que llevamos de reunión me has interrumpido tres veces. Estoy molesto porque cuando me interrumpes necesito un respeto que no encuentro y para mi es muy importante el respeto entre las personas.  ¿Qué te parece esto que te estoy diciendo?

Si durante el transcurso de la reunión esa persona continúa interrumpiendo a pesar de nuestras peticiones, y eso me continuara molestando mucho, entonces podría decir algo así.

Durante la reunión me has interrumpido otras cuatro veces y ya te he dicho que eso me molesta mucho porque para mi es muy valioso el respeto. Quizás tú no puedas evitar interrumpirme y como yo necesito mantener la reunión con tranquilidad, creo que será mejor continuarla en otro momento.

Conclusiones

Al tomar conciencia y aceptar que cuando me interrumpen me disparan un botón, puedo poner un límite desde lo que yo necesito sin imponer al otro ninguna manera de comportarse. Al mostrar mi vulnerabilidad expresando que tengo necesidades, me responsabilizo de mis propios sentimientos sin culpabilizar a los demás por su comportamiento, a pesar que eso me haya estimulado (no causado) un sentimiento doloroso. Porque el comportamiento de los demás es un estímulo pero nunca la causa de nuestros sentimientos. Cuando no hago responsable a los demás de cómo cómo uno se siente, será más fácil que quiera contribuir a nuestro bienestar de una forma auténtica y desde un sentimiento de culpabilidad.

En definitiva, los demás no son culpables nuestros sentimientos aunque si pueden ser un estímulo. Así que podemos elegir tomar conciencia que somos seres humanos con necesidades, por lo tanto vulnerables, que quieren hacerse cargo de lo que sienten sin culpabilizar a los demás, tomando acciones para hacer peticiones y tratar de satisfacer esas necesidades y no desde la exigencia de lo que deben hacer los demás. Espero que te sirva.

¡Buen viaje!

Acompaño a personas y organizaciones a desarrollar formas de comunicarse para que las relaciones sean eficaces, satisfactorias, saludables y sostenibles.

Sobre nosotros Francesc Bonada

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