¿Qué es lo que significa es ser valiente? Lo primero que me viene es alguien que no tiene miedo. Sin embargo, eso para mi no es ser valiente sino que es ser un inconsciente. El miedo, como cualquier sentimiento, es una señal que me indica que hay una o varias Necesidades Universales, que me están faltando. Así el miedo puede ser que me esté diciendo que me está faltando seguridad, así que lo que el miedo persigue es protegerme de los posibles peligros. Desde este punto de vista, el miedo es algo positivo para mi. Entonces, ¿cual es el problema de miedo?
El miedo se convierte en algo problemático cuando deja de actuar como una señal de aviso y pasa de ser algo que avisa para ser alguien que decide. El problema del miedo es que me suplante y decida por mi.
Algunas consideraciones sobre el miedo.
Antes de continuar quisiera hacer alguna consideración. El miedo es un sentimiento muy desagradable y las personas tenemos una tendencia natural a huir del dolor y de lo desagradable y buscar el placer y lo agradable. Así que, mi tendencia natural es evitar situaciones que me estimulen miedo.
Este mecanismo de huida ha sido algo muy útil para conservar nuestra especie, porque nos aleja de los peligros que podrían amenazar nuestra existencia. En nuestros inicios, vivíamos en lugares inhóspitos en los que estábamos el peligro de ser devorados por otras especies estaba muy presente. Así que el miedo ha sido un mecanismo indispensable para asegurar nuestra supervivencia como especie.
Sin embargo, ahora el lugar en el que vivimos la mayor parte de nosotros, es un lugar razonablemente seguro y no estamos expuestos a peligros que pongan en riesgo nuestra vida. Así que nuestro sistema de aviso, desarrollado para nuestra supervivencia durante miles de años, todavía no se ha adaptado a este cambio relativamente reciente, si tenemos en cuenta que el género humano tiene unos 2 millones de años de antigüedad. Esto supone que tenemos un sistema de aviso diseñado para vivir en la vida salvaje llena de peligros y no está adaptado a las nuevas circunstancias en las que vivimos en la sociedad moderna.
Por otra parte, me gustaría que pensáramos tu y yo, cuales son las situaciones que causan miedo. ¿Qué es lo que me causa miedo? Cada persona tienes sus propios miedo aunque hay un tipo de miedo que quiero tratar en este artículo: el miedo a lo desconocido. Culturalmente se nos ha enseñado a temerlo.
El dicho que dice: «Más vale malo conocido que bueno por conocer» es representativo de esta forma de pensar. Otras referencia podrían ser el «Non Terrae Plus Ultra» (‘No existe tierra más allá’) que se utilizaba para referirse Finisterre (España), y también la antigua advertencia de la mitología griega, según la cual Hércules había puesto dos pilares en el Estrecho de Gibraltar, para señalar el que se creía que era el límite del Mundo, la última frontera que los navegantes del Mediterráneo podían alcanzar. En definitiva, el miedo a lo desconocido es algo ancestral.
Si esto que te he explicado es cierto significa que el miedo, que es nuestro sistema de aviso, nos da alarmas con un nivel que está por encima de lo que corresponde con el peligro real. Eso quiere decir que vivimos como situaciones peligrosas para nuestra integridad personal, situaciones que en realidad no lo son.
Resumen.
Tenemos un mecanismo de aviso de peligro obsoleto porque nos indica situaciones que ponen en riesgo nuestra vida cuando de hecho, no es así. También tenemos otro mecanismo que nos impulsa a huir de lo desagradable. Finalmente, asociamos los desconocido a lo peligroso. Con todo esto, es posible que tengamos una tendencia a huir de las situaciones no conocidas. ¿A dónde nos lleva esto?
Más que llevarnos a ningún sitio, hace que nos quedemos en lo que se llama la «Zona de Confort«. A mi no me gusta llamarla así porque en la «Zona de Confort» aunque no hay miedo, no significa que sea un lugar agradable. Prefiero denominar este estado «la Zona Conocida» porque es un lugar en el que nos hemos acostumbrado a vivir, aunque sea un lugar en el que haya hastío, o esté viviendo el dolor más absoluto. Curioso, ¿no te parece?
Hay un episodio de la novela Tom Sawyer, de Mark Twain (1835-1910) que siempre me ha llamado la atención. Se trata de un momento en el que Tía Polly le pone como tarea doméstica el pintar una cerca y entonces convence o engaña, a sus amigos haciendo ver que esa es una actividad súper divertida y que, precisamente por eso, no quiere compartirlo con sus amigos. Esta estrategia despierta un interés cada vez mayor en sus amigos hasta que, al final les «permite» participar en esa actividad tan «divertida» librándose así de pintar la cerca.
La cuestión es que esto me ha hecho pensar sobre el hecho que cada cosa tiene su propio «tempo» o ritmo y que para evaluar los resultados ayuda el tener claro cuál es ese ritmo. Permíteme que me explique mejor. Si quiero valorar la transformación que produce un glaciar, tengo que tomar una escala temporal de cientos o miles de años, que es muy diferente a la que estoy acostumbrado a utilizar. De hecho, los estudiosos dicen que los glaciares tienen un «ritmo geológico» para indicar que los cambios en geología se producen en la escala de los miles de años. Así que no tendría mucho sentido evaluar el cambio teniendo en cuenta sólo un año, aunque a mi pueda parecerme mucho tiempo.
Una sola persona puede amarrar un barco pequeño, si aplica una fuerza adecuada y que sea constante. La clave está ahí, en el ritmo más que en la intensidad. Si el marinero aplicara la misma cantidad de esfuerzo o uno muy superior pero en tan sólo unos pocos segundos, no conseguiría que el barco se moviera lo más mínimo. Pero el marinero sabe cuál es el ritmo que requiere la maniobra y actúa conforme a él, sin violentarlo ni pretender que sea diferente. Así es como consigue acercar el barco empleando el esfuerzo justo y necesario.
A veces me plantean cosas como la siguiente. ¿Oye Francesc, cómo es que continúo haciendo cosas que sé que me perjudican? Veo claramente que eso que hago no me beneficia pero es como si estuviera atrapad@ porque continúo haciéndolo.
La reciente muerte de
Había una vez un pueblo que vivía en la pradera. Habían sobrevivido a toda clase de circunstancias adversas por lo que estaban acostumbrados a hacer frente a las dificultades con eficacia. Hasta que un día sufrieron el saqueo de un pueblo nómada.