Cómo transformar los pensamientos perturbadores: el mensaje oculto de las «tormentas mentales»

Hola, si leíste la última entrada (Tormentas imaginadas) entonces creo que te diste cuenta que quizás me sea útil dejar de huir de esos momentos en los que tengo pensamientos perturbadores y decidida afrontarlos para averiguar ese mensaje que se supone puede ser tan valioso para mi. Supongo que también quiero cerrar lo antes posible esos momentos de crisis, ya sea porque se han convertido en pensamientos circulares (Los pensamientos tipo «Rueda de Hamster») que no solucionan nada, o bien porque son pensamientos que vuelven a aparecer al cabo de un tiempo de forma más intensa todavía.

Por otra parte, si no has leído mi post anterior quizás te apetezca saber cómo encontrar cual es ese mensaje valioso que hay en los pensamientos perturbadores. Sin embargo, antes de continuar quiero hacerte una advertencia: si lo que esperas as algún método para evitarlos o eliminarlos, ya no hace falta que continúes leyendo. En mi opinión, cuando no les hago frente lo que consigo es una tormenta posterior de mayor intensidad. Por el contrario mi propuesta es que atravesemos juntos la tormenta sin evitarla, porque la clave para superarla está precisamente en la tormenta. Supongo que hay otros caminos, y me encantaría que fueran más fáciles, pero yo no los conozco. A pesar de esto, ¿quieres acompañarme?

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Tormentas imaginadas

Imagina la siguiente situación. Salgo de un local y está cayendo una tormenta tan fuerte que ni con paraguas me atrevo a salir. Me pongo ansioso porque tengo una cita en otro lugar y no quiero llegar tarde. Entonces miro al cielo esperanzado de ver algún indicio de que la tormenta va a amainar, pero no, y me invade un pensamiento pesimista: «nunca va a parar de llover«.

Entonces me quedo ahí, esperando, con la sensación que estoy atrapado. Entonces ocurre algo inesperado: la tormenta amaina y puedo salir. Entonces me pregunto cómo es que no he tenido más confianza en que iba a parar, cuando es eso lo que siempre me acaba ocurriendo. Es como si tuviera una tendencia a pensar que cuando está oscuro y cae una tormenta, se va a prolongar para siempre. En cambio los hechos son testaduros y mi experiencia me dice que siempre acaba por amainar. Como dice el refrán

No hay mal que cien años dure

¿A ti nunca te ha pasado algo parecido? Te lo digo porque a menudo tengo esa misma sensación cuando me asaltan pensamientos negativos (5 pasos para romper el círculo vicioso de los pensamientos y sentimientos desagradables) que son como una tormenta, pero que vive en mi mente. Al igual que me ocurre con las tormentas naturales, también pienso que nunca acabarán. Así que, a mi me iría bien que alguien me recordara que igual que empiezan, acaban. No hay excepción. Saber eso me daría tranquilidad.

Entonces, ¿porque no hacer lo mismo con mis tormentas mentales? ¿Porqué no dejo que descarguen y se vayan? Si quisiera hacer esto ¿Cómo se haría?

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El miedo: de enemigo a aliado.

Estas vacaciones de verano mi familia y yo hemos ido de vacaciones con unos amigos. En una de la excursiones tomamos un teleférico hasta prácticamente la cota 3000 m. de una montaña de las Dolomitas, en Italia. Había bastante nieve y aunque no íbamos especialmente preparados para ello, decidimos subir por una ladera completamente nevada. La pendiente era suavemente pronunciada. Mientras ascendía, iba girando la vista hacia el camino recorrido. Observar toda esa pendiente me producía miedo. Me imaginaba que, en caso que resbalase no podría pararme y el final de esa pendiente no alcanzaba mi vista. Así que eso podría ser fatal para mi. Así que decidí no mirar muchas más veces: mejor subir sin mirar atrás.

La ascensión la hice acompañado de mi amigo y sus dos hijos, hasta que llegamos a un punto en el que decidimos parar. Nos hicimos unas fotos. El paisaje era espectacular y la vista de la bajada era impresionante. Entonces los hijos de mi amigo dijeron que iban a bajar corriendo. A mi me pareció una locura. Con semejante pendiente, ¿bajar corriendo? ¿Y si se caen? Pero no dije nada. Su padre estaba allí y él le pareció bien. Entonces empezaron a descender.

¡Cómo bajaban! Iban corriendo y saltando, clavando los pies en la nieve y, de vez en cuando, en vez de saltar, se deslizaban por la superficie de la nieve. Era espectacular y parecía muy divertido. Luego bajó mi amigo de la misma forma. Yo me quedé arriba mirando. Desde abajo me animaban a hacer lo mismo.

Yo tenía miedo. Sin embargo, ¿donde estaba el peligro que había imaginado? Efectivamente hacía mucha pendiente pero, si ocurría una caída el riesgo de bajar rodando de forma descontrolada era prácticamente nulo. Y por otra parte, lo que vi, ¡¡parecía tan divertido !! Así que pensé: me tiro. Y empecé la bajada corriendo y saltando. Mientras bajaba me daba cuenta que era seguro ¡y divertido! así que también probé de deslizarme por la superficie de la nieve. No era tan hábil como ellos pero en algunos breves momentos notaba la sensación de deslizarme sobre la nieve. ¡Qué sensación tan completa! Hasta que llegué al lugar de partida y comentamos juntos lo divertida que había sido la bajada.

Te explico esta anécdota para que pensemos juntos sobre el miedo. Lo que me ocurrió fue que me enfrenté a una situación que yo evalué como peligrosa. Mi miedo me decía: cuidado, eso que quieres hacer te pone en riesgo. No lo hagas. Luego, vi cómo otras personas hacían eso que yo temía de una forma totalmente segura, y además, se lo pasaban bien. Además esa actividad requería unas condiciones físicas y unas habilidades que yo juzgué que tenía. Así que mi evaluación del riesgo fue exagerada.

Ahora quisiera detenerme en el momento justo antes de lanzarme. Por un lado me daba cuenta que eso no era tan arriesgado y que estaba a mi alcance hacerlo. Sin embargo mi corazón no parecía muy convencido con esos argumentos y seguía latiendo con fuerza. Y me lancé. ¿Qué me impulsó a hacerlo? A primera vista parece que fueron los argumentos racionales de que no había tanto peligro. ¿Tu crees que fue eso?

Pues no, o al menos, en mi caso creo que no fue eso lo que más pesó. Desde luego que evaluar que eso tenía un riesgo mínimo es una condición necesaria, pero ese pensamiento no fue suficiente para vencer el miedo. Dar el salto supone un cambio abrupto: estoy en un sitio y en el instante siguiente, ya estoy bajando. Para vencer esa barrera debe haber algo poderoso, y creo que tiene que ver con algo emocional, más que racional, porque la evaluación de los riegos ya estaba hecha: «sólo» había que saltar. Vivía una lucha entre una fuerza que me retenía, el miedo, y otra que me movía a lanzarme: el anhelo de diversión y libertad. Cuando esa sensación fue más poderosa que la del miedo, entonces pude saltar.

3 pasos para abordar un cambio

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La crueldad y la compasión, dos caras de la misma moneda.

¿Puede una persona ser compasiva  y cruel al mismo tiempo? ¿Cómo alguien compasivo puede cometer actos crueles? Voy a tratar de responder a estas preguntas, pero en esta entrada voy a cambiar de formato. Hasta ahora siempre me he dirigido a ti por escrito, así que, ¿porque no probamos otra forma? Ya me dirás que … Leer más

Toma las riendas de tu vida y … vívela !

En el pasado artículo, 5 pasos para romper el círculo vicioso de los pensamientos y los sentimientos desagradables te propuse un método para romper ese círculo vicioso. Pues en el artículo de hoy quiero tratar el mismo tema desde otra perspectiva.

Ya vimos, y creo que estaremos de acuerdo, que ante los mismos hechos, mi realidad vivida, es decir, los sentimientos que experimento, pueden ser radicalmente diferentes en función de mis opiniones y juicios sobre lo que me acaba de ocurrir.

También vimos que los juicios y opiniones sobre algo que me acaba de ocurrir no forman parte de lo que llamé la realidad real si no de la realidad pensada. Emitimos juicios y opiniones en función de lo que somos y de lo que hemos vivido. Sin embargo, no forman parte de la realidad real. Y si no, ¿cuántas veces te ha ocurrido algo en tu vida que opinabas que iba a suponer tu ruina o que creías que era absolutamente perjudicial para ti y, transcurridos los años te has dado cuenta que ha sido algo positivo e incluso algo necesario en tu vida?

Yo no pretendo decir que mis juicios sobre el futuro siempre estén equivocados, pero tampoco son siempre acertados. Una predicción es sólo eso, una predicción y hace falta que los hechos confirmen si fue acertada o no.

Por otra parte creo importante señalar la diferencia entre una predicción sobre el futuro y una profecía, que es una predicción pero que se va a cumplir de forma irremediable.

¿Porqué te digo esto? Porque muchas veces me olvido que una predicción sobre el futuro es sólo eso, una juicio u opinión, más o menos fundamentada sobre lo que me ocurrirá en el futuro. Y cuando me olvido que es un juicio u opinión y lo convierto en un hecho entonces lo que hago es convertir una predicción en una profecía. ¿Te das cuenta de la importancia que tiene darse cuenta de esto? Creer ciegamente que mis juicios y predicciones sobre el futuro van a convertirse inexorablemente en realidad, significa que mi futuro queda ya determinado y el resto de posibles futuros posibles queda eliminado de un plumazo. Me explico mejor con un ejemplo.

Imagina que ocurre algo en mi vida que considero que será para mí muy perjudicial. Cuando pienso eso se desencadenan en mi una serie de sentimientos y emociones que no son agradables. Este tipo de sentimientos seguramente determinarán unos pensamientos que seguro no me abren posibilidades. Cuando no veo posibilidades se incrementan mis sentimientos de tristeza y depresión, lo cual vuelve a estimular en mi sentimientos de tristeza. Como puedes ver ya he conseguido meterme en un magnífico círculo vicioso de pensamientos y sentimientos desagradables.

Además, cuando me quedo en ese círculo vicioso lo que ocurre es que esa profecía finalmente se hace realidad porque soy yo mismo el que cierra el resto de los futuros posibles. Convertir una predicción en una profecía tiene este efecto ¿Crees que debo cerrar mis posibilidades de futuro a una previsión que haga de él en un cierto momento?

Tomar las riendas de mi vida

En el post de hoy te propongo una forma de tomar las riendas de nuestra vida y no dejarnos llevar por los pensamientos y sentimientos negativos. ¿Quieres conocerlo?

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5 pasos para romper el círculo vicioso de los pensamientos y los sentimientos desagradables.

Epicteto

En esta entrada quiero empezar con la siguiente cita:

«Los hombres no se perturban por las cosas,

sino por la opinión que tienen de éstas.»

Epicteto

Lo cierto es que esta cita la he oído muchas veces, infinidad, pero es ese tipo de frase que, a pesar de ser una vieja conocida, siempre me da nuevas perspectivas para aplicarla en mi vida. Me explico. Últimamente he recibido alguna noticia que no me ha gustado, o mejor dicho, que me disgustado profundamente. Entonces he pensado, «bien, así que estoy profundamente disgustado, no por el hecho en sí mismo, sino por la opinión y los juicios que me he formado de ellos.» Uff, ¿cómo es que ahora me cuesta aceptar esa frase que tan cierta veo en otras ocasiones? Antes de contestar a esta pregunta, me gustaría plantearte una cosa.

Lo que pienso sobre los hechos, no son los hechos en sí mismos (¿Sabemos diferenciar hechos de opiniones?). Sin embargo, lo que estoy sintiendo ahora mismo cuando pienso lo que pienso, eso sí que es tan real como los hechos mismos. Así que veo dos categorías diferentes de cosas. Por una parte, tenemos los hechos y los sentimientos asociados a esos hechos, que forman parte de lo que yo llamo, la «realidad real«. Es lo tangible porque se puede tocar y experimentar. Por otra parte existen los pensamientos, juicios y opiniones, que para distinguirlos de los primeros lo voy a llamar «realidad pensada«. Digo que es «realidad» porque yo creo que esos pensamientos son ciertos y por lo tanto forman parte de mi realidad, y también digo que es «pensada«, porque habita en mi mente, no es algo tangible.

Algo que hay que tener en cuenta es que los hechos pueden ser ciertos o falsos, mientras que los pensamientos y opiniones, como pertenecen a otra categoría, no nunca pueden ser ni ciertos ni falsos, sino que sólo pueden estar bien o mal fundamentados.

Apliquemos esto con ejemplo. Si voy en el metro y una persona me pisa el pie (eso es un hecho y por lo tanto forma parte de la «realidad real»), yo podría pensar que lo ha hecho expresamente (eso es un pensamiento y por lo tanto forma parte de la «realidad pensada»). Y si pienso y creo que lo ha hecho expresamente entonces me puedo enfadar con esa persona (el enfado que yo siento es tan real como el hecho que me ha pisado).

Sin embargo, también podría pensar que lo ha hecho sin darse cuenta (realidad pensada) y entonces no estaría enfadado, sino tan sólo dolorido, y ese sensación es tan real como que me acaba de pisar. Así que, ante un mismo hecho mi realidad puede ser completamente diferente en función de mi «realidad pensada«. Esto me recuerda algún experimento de la física cuántica en el que el observador modifica lo observado Erwin Schrodinger- el observador modifica lo observado. ¡Epicteto ya había intuido algo parecido 2.000 años antes !

Ahora me gustaría volver a la pregunta que me hacía al principio, ¿cómo es que me cuesta tanto aceptar que estoy profundamente disgustado, no por el hecho en sí mismo, sino por la opinión y los juicios que me he formado de ellos? La clave está en los sentimientos.  Para explicártelo te propongo que pensemos juntos en un caso que haya estimulado uno o varios sentimientos desagradables. ¿Lo tienes ya? Si quieres te explico mi vivencia.

Cuando sucede algo que estimula en mí sentimientos desagradables lo que ocurre es que trato de evitarlos. Sin embargo estoy tratando de escapar de algo que existe de una forma tan contundente como los hechos. Son la otra cara de la realidad real, aunque eso no me guste. Por mucho que corra, continúan estando ahí, porque vaya al lugar que vaya, hay alguien que siempre esta ahí: yo mismo, y los sentimientos forman parte de mi.

Por cierto, yo tengo una cierta experiencia buscando estrategias para escapar de los sentimientos desagradables. Una que he utilizado mucho en una época de mi vida ha sido la de tratar de ignorarlos haciendo ver que no existen.  Otra cosa que he probado ha sido aplacar el «ruido» que me produce un sentimiento desagradable con otro «ruido» que sea más fuerte. Me explico: hacer alguna actividad emocionalmente intensa puede ahogar ese sentimiento desagradable … hasta que llega el silencio de la noche. También he probado otras cosas, sin embargo ninguna me ha resultado porque, si una cosa que tiene la realidad real es que es muy tozuda … y sigue estando ahí aunque la ignore.

Después de todo que te he explicado quizás te estés diciendo que, si de lo que se trata es de no escapar de los sentimientos desagradables, lo que tampoco quieres es estar todo el día triste y obsesionado con pensamientos que lo que hacen es aumentar y mantener esos sentimientos desagradables. Así que, ¿hay alguna solución a este lío? Yo creo que sí, ¿te apetece conocerlo?.

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El cambio eficaz: saber leer y respetar el ritmo.

El otro día estaba en un museo mirando un montaje sobre los glaciares a lo largo de la historia de la tierra. En su avance erosionan el terreno, modifican paisajes y crean valles en forma de U. De hecho ya sabía que tienen movimiento pero me llamó mucho la atención el poder transformador de algo tan lento como una masa de hielo desplazándose entre las montañas.

Glaciar de pie de monteLa cuestión es que esto me ha hecho pensar sobre el hecho que cada cosa tiene su propio «tempo» o ritmo y que para evaluar los resultados ayuda el tener claro cuál es ese ritmo. Permíteme que me explique mejor. Si quiero valorar la transformación que produce un glaciar, tengo que tomar una escala temporal de cientos o miles de años, que es muy diferente a la que estoy acostumbrado a utilizar. De hecho, los estudiosos dicen que los glaciares tienen un «ritmo geológico» para indicar que los cambios en geología se producen en la escala de los miles de años. Así que no tendría mucho sentido evaluar el cambio teniendo en cuenta sólo un año, aunque a mi pueda parecerme mucho tiempo.

Así que cada sistema tiene su propio «tempo» o ritmo y saber leerlo puede ser de gran importancia cuando quiera producir algún cambio sobre él. Pretender modificar algo por encima de su ritmo natural puede provocar un desgaste de energía que me haga abandonar, quemado por haber invertido una gran cantidad de energía sin obtener ningún resultado. Hay un dicho en castellano que refleja esta idea:

No por mucho madrugar amanece más temprano.

Permíteme que te ponga otro ejemplo para explicar esta última idea. ¿Alguna vez has visto cómo se amarra un barco en un puerto? Un barco puede ser algo muy pesado y, por lo tanto con mucha inercia. Acercarlo al muelle para amarrarlo puede ser muy fácil o imposible, todo depende de la habilidad del marinero. Me explico mejor.

Una sola persona puede amarrar un barco pequeño, si aplica una fuerza adecuada y que sea constante. La clave está ahí, en el ritmo más que en la intensidad. Si el marinero aplicara la misma cantidad de esfuerzo o uno muy superior pero en tan sólo unos pocos segundos, no conseguiría que el barco se moviera lo más mínimo. Pero el marinero sabe cuál es el ritmo que requiere la maniobra y actúa conforme a él, sin violentarlo ni pretender que sea diferente. Así es como consigue acercar el barco empleando el esfuerzo justo y necesario.

¿Qué ocurre cuando quiero realizar un cambio en mi vida, o en mi vecindario, o en mi empresa? Mi vecindario tiene un ritmo de cambio natural que puede ser distinto al de mi empresa, y muy distinto al que ritmo de cambios que puedo asumir yo mismo. Así que si deseo cambiar sería bueno conocer cual es el ritmo de cambio natural del sistema que deseo cambiar. Si pretendo ir demasiado deprisa lo único que conseguiré es derrochar energía sin conseguir ningún resultado, de la misma forma que le ocurriría a un marinero inexperto. Así que puede resultar crítico evaluar el ritmo de cambio y aplicar la fuerza justa al ritmo adecuado.

Supongo que podrías preguntarte, ¿qué ocurre si el ritmo de cambio natural no es el que yo quiero o necesito? ¿Debo renunciar al cambio? Yo creo que no. Te lanzaré dos ideas a ver qué te parecen. Para explicarlas te propongo continuar con la misma metáfora.

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Los pensamientos tipo «Rueda de Hamster»: 4 pasos para romperlos

¿Te ha ocurrido alguna vez que te encuentras dando vueltas a un asunto y no sabes cómo salir? ¿Habría alguna manera de parar esta sensación de estar atrapado en pensamiento repetitivo? En el artículo de hoy vamos a tratar de ver juntos si es posible y cómo podríamos hacerlo.

Antes de nada lo que me gustaría es entender el mecanismo que hace que me quede atrapado en según qué clase de pensamientos, porque estoy pensando continuamente cosas y no siempre me quedo enganchado. Así que tiene que haber algo respecto al contenido de lo que pienso que hace que me quede atrapado.

Lo que yo he observado es que, es más probable que esto me ocurra cuando el pensamiento lleva asociado una carga de emoción, ya sea agradable o desagradable. La cuestión es que, al pensar alguna cosa determinada, este pensamiento me desencadena una emoción, y esa emoción a su vez alimenta la misma clase de pensamientos. Y otra vez, esa clase de pensamientos aumentan la emoción que ya existía o, al menos, la mantiene, por lo que me vuelve a asaltar la misma clase de pensamientos. Et voilà!, ya tenemos creado un precioso círculo vicioso.

Este mecanismo me recuerda una rueda de esas que se ponen en las jaulas para hamsters. Si te fijas, no se sabe muy bien si la rueda gira porque el hamster corre, o el hamster corre porque la rueda está girando. La cuestión es que no para de correr sin moverse del sitio. Además, curiosamente, correr más deprisa no soluciona la cuestión sino que más bien la empeora. El mismo patrón que hemos visto antes para los pensamientos, son los mismos una y otra vez pero no hay ninguna conclusión, no hay ningún avance. Después de darle muchas vueltas vuelvo a estar en el mismo sitio. Estoy atrapado en la «rueda de hamster».

Me parece importante que podamos entender el mecanismo que me lleva a esta clase de pensamientos circulares porque, si entiendo qué me pasa podré encontrar estrategias eficaces que me ayuden a salir de este círculo vicioso. Sabiendo esto, si te parece, continuemos investigando.

El mecanismo que me mantiene atrapado y cómo romperlo.

El ingrediente principal de todo esto tiene que ver con las emociones que me despiertan lo que pienso. Se trata de alguna cosa que, por la razón que sea, yo juzgo importante y que, por lo tanto, me moviliza en forma de emociones, sentimientos o sensaciones corporales como un aviso que me dice que eso es relevante para mi. Cuanto más importante sea para mi el asunto, más energía se moviliza y por lo tanto, las sensaciones y emociones son más intensas. Para salir de este círculo te propongo los siguientes pasos:

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La brújula de la felicidad: 2ª parte

Bienvenido a la segunda parte. Recordarás que en la primera parte del artículo la brújula de la felicidad te expliqué que para mí la vida es como transitar por un territorio desconocido y que lo único que podemos hacer es caminar desde un lugar para llegar a otro.

También llegamos a la conclusión que tenemos una brújula interior que se orienta hacia la felicidad. De la brújula puedo leer un rumbo y es muy importante diferenciar entre rumbo y destino para que no nos pase como aquel caminante que se pasó la vida buscando alcanzar el «oeste» sin llegar nunca a él. Así que, tal y como te prometí, lo que ahora toca es explicarte cómo leer el rumbo de nuestra brújula interior ya que esto nos ayudará a transitar por la vida y lo voy a hacer con un ejemplo.

Supón que hoy he tenido un día duro en el trabajo y tengo ganas de distraerme y de olvidarlo. Entonces se me ocurre que podría ir contigo al cine a ver una película divertida. Estoy cansado y enfadado con lo que me ha pasado en el trabajo y si voy al cine lo olvidaré, me divertiré y así seré feliz. Entonces te digo.

– ¿Qué te parece si vamos al cine a ver una película divertida?

y entonces tú me contestas.

– Pues yo no tengo ganas. Quedémonos en casa a descansar.

:-(((

Ir al cine contigo a ver una película me hará feliz. Entonces, si no puedo ir contigo al cine entonces soy infeliz. Eso es lo que parece, pero no es así. Lo que me está pasando es que estoy confundiendo el destino con el rumbo, es decir, creo que la única manera de ser feliz es yendo al cine contigo. La manera de solucionar esta confusión es aprender a leer el rumbo de mi brújula interior, lo cual me permitirá encontrar otros caminos.

La BRÚJULA INTERIOR

Mira, yo estoy feliz si mis necesidades universales están satisfechas, y no lo estoy cuando no lo están. Así que, el rumbo que me indica la brújula interior son las necesidades y valores universales que están vivos en este momento. Cuando digo necesidades universales lo hago en el sentido que lo hace la CNV para significar todo aquello que es esencial en nuestras vidas. Así hay necesidades vitales cómo son el respirar, comer, beber, dormir, evacuar; también existen las necesidades de seguridad tanto material como afectiva; finalmente también se incluyen las necesidades de desarrollo del ser humano como son las contribución a la vida, la de dar sentido, etcétera.

Si lo aplico al ejemplo de ir al cine, de lo que se trata es de averiguar qué necesidades satisface el ir al cine contigo para ir a ver una película divertida. Esto me permitirá encontrar otras formas de ser igualmente feliz. Continuemos con el ejemplo.

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La brújula de la felicidad

Creo que hay muchas cosas que tenemos en común los seres humanos. Entre ellas hay una en la que estoy seguro que vamos a coincidir. Todos queremos ser felices. ¿verdad que sí?

Bien, todos queremos ser felices aunque cada persona escoge su propio camino para tratar de serlo. Así que, quizás podríamos estar de acuerdo que la vida es un continuo movimiento guiado por la búsqueda de la felicidad. Los filósofos de oriente y occidente han tratado de dar sus respuestas a lo que es la felicidad y cómo llegar a ser feliz, aunque yo tengo la impresión que todavía nadie a encontrado la llave maestra de la felicidad o quizás todavía no hemos entendido cómo hacerlo.

Es por eso que cada uno de nosotros hacemos nuestros intentos. Vamos a un lugares y nos fijamos metas que se suponen nos harán felices y cuando las alcanzamos nos decimos «¡Encontré la felicidad!», pero eso no dura mucho. Como el agua que se escapa entre los dedos, la felicidad se pierde al cabo de un tiempo.

Podemos preguntar a las personas que se dicen felices y nos cuentan cómo lo han conseguido pero parece que su solución no sea la definitiva porque hay gente que haciendo lo que dicen los sabios encuentra la felicidad y en cambio, hay gente que haciendo lo mismo no la alcanza. Así que la felicidad parece que no puede estar en una manera concreta y universal de hacer las cosas.

Por otra parte, cuando pienso en las veces que he llegado a aquello que pensaba que me haría feliz, durante un cierto tiempo experimento felicidad. Así que, sí que tiene que haber alguna cosa en aquello que hago que me hace feliz.

Esto me hace pensar que la felicidad está relacionada de alguna forma con las cosas que hago pero no es una relación determinante del tipo causa efecto porque, si fuera así, cuando alcanzara aquello que me hace feliz, entonces lo sería siempre. Así que el factor personal seguramente es un factor determinante.

Después de darle muchas vueltas al asunto he llegado a una conclusión que quiero compartir contigo. Como la felicidad no puede estar en un lugar concreto, en un objetivo particular o en una manera de vivir determinada que sea universal a todas las personas he decidido que voy a dejar de buscarlo ¿Quiero decir esto renuncio a ser feliz? Sí pero no. Ya sé que es una contradicción, pero sólo en apariencia. Voy a tratar de explicarme mejor.

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