Amaneceres perdidos.

El otro día, cuando iba de camino al trabajo, me detuve en un semáforo. Mientras esperaba que se pusiera verde pensaba en las cosas que tenía que hacer esa mañana y planificaba mentalmente lo que haría al llegar la oficina. Inmerso en esos pensaminetos, levanté la cabeza y vi que el semáforo ya estaba en verde. Me lancé con mi bicicleta a cruzar rápidamente la calzada cuando al levantar la vista del asfalto me encontré con la siguiente imagen.

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¿Hay personas buenas y malas? Una conversación con una adolescente.

Hace unas semanas, la hija de un amigo mío que es adolescente me hizo esta pregunta y me dijo que podría ser un tema para mi blog. Todo un reto. Le he estado dando vueltas y no sabía muy bien cómo podría tratarlo. Al final me he decidido por escribir cómo podría ser un diálogo con una adolescente que me hiciera esa pregunta. Este es el resultado.

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¿Cómo te proteges de un entorno inseguro?. Un breve relato.

No podemos negar que las circunstancias actuales son de todo menos seguras. Pasamos por tiempos de incertidumbre. ¿Cómo haces haces frente a ello? Para hablarte de esto he escrito este breve relato. ¿Te apetece leerlo? (tiempo de lectura aproximado 3 min.)

Había una vez un pueblo que vivía en la pradera. Habían sobrevivido a toda clase de circunstancias adversas por lo que estaban acostumbrados a hacer frente a las dificultades con eficacia. Hasta que un día sufrieron el saqueo de un pueblo nómada.

Después de un cierto tiempo, cuando se habían recuperado, se sentaron a parlamentar sobre lo que les había sucedido, como siempre hacían cuando ocurrían circunstancias importantes en la comunidad. En la asamblea un miembro del consejo propuso construir una muralla que les protegiera de los invasiones de pueblos invasores. La idea fue ampliamente aceptada y se pusieron manos a la obra.

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El caballo y el pozo: Las críticas destructivas.

Cuando nos hacen una crítica destructiva nos duele y por ello la rechazamos y nos ponemos a la defensiva. Además, no tenemos ningún control sobre lo que hacen los demás. Vamos, que no podemos evitar que los demás nos hagan críticas destructivas. Entonces, ¿qué podemos hacer con esto? Esta situación me recuerda la historia del caballo que cayó en el pozo.

Cuenta la historia que había un campesino que tenía unos caballos que le ayudaban en los trabajos de su hacienda. Un día, su capataz le avisó que uno de sus caballos había caído en el fondo de un viejo pozo abandonado. Rápidamente, fue a ver qué había pasado. Se encontró que el caballo estaba bien, sin embargo, era viejo y los recursos que había que movilizar para rescatarlo eran muchos. Así que, muy a su pesar, decidió renunciar a su rescate. Lo que sí ordenó fue que sacrificase al animal tirando tierra en el pozo hasta enterrarlo.

Así se hizo y empezaron a lanzar tierra para cubrir al caballo y tapar el pozo. Pero entonces ocurrió algo curioso. El caballo, con cada palada de tierra que recibía, lo que hacía era sacudírsela de encima y utilizarla para subir un poco más el nivel del fondo del pozo. Y con cada palada hacía lo mismo. Hasta que llegó un momento que el fondo del pozo quedó a una altura suficiente que permitió al caballo saltar y salir de su trampa.

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El impacto de lo que pensamos con un chiste.

El otro día estaba esperando a que mi hija saliera del entrenamiento del fútbol cuando me llamó la atención una persona que iba caminando sola y gesticulando ostensiblemente. Hoy en día es habitual porque en muchos casos se habla por teléfono móvil través de unos auriculares con micrófono. El caso es que la persona de la que os hablo no llevaba ningún auricular ni estaba hablando por teléfono.

Muchas veces, a éstas personas se las dice que no están muy cuerdas. ¿Porqué? Pues supongo que están tan metidos en sus diálogos internos que no se dan ni cuenta que son eso, internos, y que por lo tanto no tiene ningún sentido ni hablar en voz alta o gesticular, que son acciones hacia el exterior. Si consideramos sólo este aspecto para decir que estamos cuerdos o locos, entonces la linea que separa unos de otros es muy delgada. Ahora os explico mi interpretación.

Los supuestamente cuerdos nos damos cuenta (me vais a permitir que me incluya en esta categoría) cuándo lo que nos decimos es sólo nuestro y tenemos esa consciencia para no exteriorizarlo. Ahora bien, ¿cuantos de nosotros podemos estar seguros que nuestros diálogos internos, especialmente si hay en ellos fuertes emociones, no se manifiestan en el exterior sin que nos demos cuenta de ello? ¿Cómo podéis estar seguros que exteriormente no se manifiesta aquello que estáis pensando?

Os propongo que observéis a la gente en el metro, un lunes por la mañana. Las personas vivimos tan absortos en nuestros pensamientos que no vemos al que tenemos delante. Y sino, fijaros en las miradas de la gente, perdidas en el infinito, o mirando al suelo, o jugando con su smartphone compulsivamente como una forma de escapar al no saber estar con uno mismo.

¿Qué diferencia hay entonces entre cualquier persona perdida en sus pensamientos y la persona que vi el otro día que hablaba sola? La única diferencia es que una exterioriza su estado interno y la otra no pero, en lo esencial, están igual de perdidas en sus pensamientos.

Alguno de vosotros se podría preguntar, ¿hay algo de malo en ello?. La cuestión no es que sea bueno ni malo. Lo único que os planteo es que ésto hace que perdamos de vista que una cosa es lo que pasa y otra muy diferente es lo que pensamos al respecto de lo que está pasando. Lo segundo es una producción propia fruto de cómo somos, de nuestros valores, de nuestras vivencias personales. Desde luego que tiene que ver con lo que está pasando pero que NO es lo que pasa. (Podéis ver ->  El mapa no es el territorio). Ante la misma cosa pueden haber tantos diálogos internos como gente hay que mira la misma cosa y confundirlo con la realidad puede llevarnos graves consecuencias (podéis ver la primera parte del artículo ->Etiquetar a las personas)

Para ilustrar esto mismo de otra forma menos trágica os voy a explicar un chiste.

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Reduce la marcha que viene una subida…

Vas circulando por la carretera manejando tu vehículo. Circulas por un llano. No hay baches, todo funciona con normalidad. Entonces aparece un repecho en el camino. Tu no haces nada y continúas tu marcha. El repecho se convierte en una fuerte subida. Tu continúas sin hacer nada. Las revoluciones del motor bajan, y bajan. El motor renquea, la velocidad disminuye hasta que el motor se cala y el vehículo se detiene. Bajas del coche y te lamentas de tu mala suerte. ¿Porqué demonios tendría que haber aparecido ese repechón en mi camino? Con lo bien y feliz que estaba yo… Te dices. Mira que es mala suerte.

Para los que conducir un vehículo con cambio manual sea una cosa habitual esta historia quizás os parezca un poco absurda. Todo el mundo sabe que cuando uno lleva una marcha demasiado larga el motor se cala. Y aunque te gustaría llegar lo más rápido posible a tu destino, si encuentras una subida, lo más natural del mundo es reducir la marcha y por lo tanto, la velocidad. Parece un contrasentido, pero sabes muy bien que no reducir la marcha supone algo peor: pararte del todo con la consecuente pérdida de tiempo. El buen conductor sabe adaptar la marcha a las circunstancias del terreno y no se queja continuamente que la carretera tenga subidas y bajadas, curvas y rectas. Simplemente es así e incluso puede llegar a ser placentero: una carretera llana y sin curvas sería profundamente aburrida.

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Una noche muy oscura, sin luna …

Es una noche muy oscura, sin luna. Estás conduciendo por una carretera solitaria. Entras en una recta y pones las luces largas. No hay nadie más que tú, la carretera y las sombras que se crean con la luz de los faros. El final de la recta se acerca y aparece otro vehículo en dirección … Leer más

El naufragio del submarino o cuando las emociones nos inundan. 6 pasos para evitarlo

 

Un día visité un submarino por dentro. Fue bastante impactante ya que se explicaban las circunstancias extremadamente duras que suponía estar en un lugar como ese. Sin embargo, hubo un aspecto que, en ese momento, no me pareció muy relevante pero con el tiempo he vuelto a recordar. Se trata que los submarinos están organizados en compartimentos que se pueden cerrar y aislar del resto de la nave. La idea es que si hay una fuga de agua que no se puede reparar entonces cierran la parte afectada y sólo se inunda esa parte de la nave  salvaguardando el resto y así evitan que se hunda.

Alguno de vosotros supongo que se preguntará porqué explico este tipo de cosas en un blog como este. Me explico. Todos experimentamos sentimientos que aparecen cuando nuestras necesidades no están satisfechas: la rabia, la tristeza, la preocupación, el miedo,…En otras ocasiones ya he explicado que desde la CNV (Comunicación No Violenta) preferimos no dar juicios de valor sobre los sentimientos y no se clasifican en sentimientos buenos o malos porque todos son legítimos.

Pues bien, la cuestión es que en ocasiones, un acontecimiento en nuestra vida nos produce un sentimiento que invade por  completo nuestro ser y, por lo tanto, influye en cómo vemos el resto de nuestra vida. Es como si se produjera una vía de agua en un submarino que no tuviera compartimentos estancos. El agua va llenando la totalidad de la nave hasta que al final se hunde. ¿Porqué no tomar la solución que los ingenieros aplican al diseño de los submarinos?

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La zona de confort

La zona de confort es aquel espacio en el cual nos sentimos cómodos, seguros en lo que hacemos. Es por lo tanto, una zona en la que nos sentimos muy bien. Es un buen sitio si donde estamos es donde queremos estar. Sin embargo, podría ser que queramos alcanzar un objetivo que sea para nosotros muy importante. En ese caso, quedarse en la zona cómoda supone quedarse en donde estamos, y por lo tanto, renunciar a nuestro objetivo. Moverse hacia aquello que queremos y vale la pena supone salir de nuestra zona de confort, de aquello que conocemos, de aquello que sabemos hacer bien y adentrarnos en terrenos desconocidos, que no controlamos ni conocemos.

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