El origen de los conflictos: ¿sabes la diferencia entre necesidad y estrategia?

Peter van der Sluijs.
Peter van der Sluijs.

En algunos artículos ya hemos visto que lo que nos mueve a hacer las cosas son las necesidades y valores universales. También hemos visto que las necesidades son todo aquello que es esencial en nuestras vidas. Así hay necesidades vitales cómo son el respirar, comer, beber, dormir, evacuar; también existen las necesidades de seguridad tanto material como afectiva; finalmente también se incluyen las necesidades de desarrollo del ser humano como son las contribución a la vida, la de dar sentido, etcétera.

También hemos visto juntos en otros artículos que todo lo que hacemos es un intento más o menos exitoso o más o menos «ecológico» para ir al encuentro de una o varias necesidades que están vivas en ese momento.

Quizás te puedas estar preguntando por qué estoy otra vez repitiendo todo esto. La cuestión es que muchas veces confundimos una necesidad con la estrategia que son las acciones que llevamos a cabo para satisfacer esa necesidad y eso tiene una consecuencia que puede llegar a tener mucho impacto. ¿Quieres saber porqué?

Leer más

Cómo ser el protagonista de mi vida: La diferencia entre dolor y sufrimiento

Hoy quiero empezar por comentar un episodio de una serie de televisión. Se trata de «Cómo conocí a vuestra madre» Concretamente hay un episodio en el que dos amigos, Barney y Marshall hacen una apuesta. El que la pierda recibirá 10 bofetadas del que haya ganado.

La cuestión es que Barney pierde y su amigo Marshall, le da a elegir entre dos opciones: podrá recibir las 10 bofetadas seguidas o bien sólo 5, pero se las podrá dar en cualquier momento que elija Marshall, sin avisar. Se lo piensa un rato y al final al elije la modalidad de las 5 bofetadas. En los siguientes capítulos se puede ver el sufrimiento de Barney, porque cada pequeño gesto de Marshall lo interpreta como el preludio de una bofetada, aunque al final no acaba por llegar.

Vamos a ver, entre recibir 10 bofetadas o «sólo» 5 mi elección está clara: prefiero la segunda opción. Lo que ocurre es que en este caso concreto mi elección no sería tan clara porque 5 bofetadas es menos desagradable que 10 sólo si tengo en cuenta el dolor. Ahora bien, si además del dolor considero el sufrimiento, 5 bofetadas pueden llegar a ser peor que 10. ¿Quieres saber porqué?

Leer más

Atacar o huir, ¿y si hubiera algo más?

Estimad@ lector. En este post te propongo que pensemos juntos acerca de las estrategias que utilizamos cuando nos afrontamos a una dificultad, ni importa cuál sea su envergadura, ni de qué tipo sea. En mi opinión, nos movemos en el paradigma de la lucha o la huída. Supongo qué te preguntas que tiene que ver esto con la forma que encaramos las dificultades.

Permítime que te lo explique con un ejemplo. Supón que tengo la siguiente dificultad. Hay una persona en que me trata de una forma desconsiderada y yo creo que a las personas hay que tratarlas con respeto así que no me gusta su manera de proceder. El planteamiento sobre la cuestión es que «debería» tratarme con consideración porque eso es lo «correcto». Así que debe de cambiar de actitud y para conseguirlo se me ocurren sólo dos maneras que están basadas en el ataque o la huida.  ¿O quizás haya más?

La estrategia del ataque.

Llamo estrategia del ataque cuando quiero obligar al otro a actuar de una forma diferente a como lo está haciendo. Según mi juicio, hay una forma de actuar correcta y otra incorrecta y como opino que el otro lo hace mal entonces es el otro el que debe cambiar. Si te fijas, es una imposición basada en un juicio sobre lo que es correcto e incorrecto.

Resultados que se obtienen al aplicar la estrategia del ataque.

Supongamos que consigo imponer a los demás una forma de actuar. La primera reflexión es que si yo me impongo significa que el otro pierde. Si el otro pierde lo más probable es que esté resentido conmigo. Es decir, que a la próxima que pueda va a ir contra mi. Como dice el dicho «arrieros somos y en el camino nos encontraremos«.

Este es el mejor de los casos, porque, muchas veces, simplemente no consigo imponer mi manera de entender cómo se deben comportar los demás. El motivo es muy simple: a nadie le gusta que le digamos cómo debe comportarse. O sea, que he perdido mucha energía tratando de imponer algo y, además, no lo he conseguido y me siento frustrado.

Estrategia de la huida.

Vayamos a la segunda forma de reaccionar que es la que llamo la huida. La primera parte del razonamiento se comparte con la estrategia del ataque. Se basa en que yo tengo la razón y el otro está equivocado. La diferencia está en que no pretendo que el otro cambie, ya sea porque ya lo he intentado antes con todas mis fuerzas y de mil maneras diferentes y no lo he conseguido o porque juzgo que no voy a poderlo conseguir.

Ante esto, simplemente me rindo y dejo que continúe ocurriendo porque simplemente no puedo hacer nada para evitarlo. Como mucho, de vez en cuando me quejo de lo mala que es la otra persona y busco la simpatía en otras personas contándoles lo mal que se porta. Al explicarlo busco que me den la razón, porque la tengo, claro. Si son mis amigos me dan la razón y así me quedo tan tranquilito en mi no hacer nada. Jodido pero tranquilo, al menos aparentemente.

Si lo bajamos al ejemplo de antes, sería dejar que esa persona continúe actuando de la manera que lo hace y cada vez que ocurre quejarme amargamente de lo «mala persona» que es. Esta opción tiene la ventaja de consumir mucha menos energía que la del ataque. Busca la supuesta paz que da una retirada aunque a costa de quedarnos en la queja.

La vía de la aceptación.

¿Hay una estrategia diferente a la del ataque y la huida? Yo creo que sí. ¿Te apetece que te la explique?

Leer más

Pasos para ser asertivo de forma no violenta.

El otro día escuchaba como alguien explicaba que estaba enfadada con la persona que le hacía la limpieza en casa porque no limpiaba los cristales.

– Fíjate lo que me pasa, viene a casa y se deja por limpiar los cristales. Es que no hay derecho…

Todo el mundo al que se lo contaba le decía:

– Claro, tienes razón, es algo básico, debería saberlo,….

¿Te suena esta situación? Seguro que en tu lugar de trabajo puedes encontrar algún ejemplo parecido cuando alguien se queja amargamente porque otra persona debería hacer algo que no hace o lo hace de una forma que no es la forma «correcta» . ¿Porqué pasa tan a menudo? A mi modo de ver hay dos tipos de causas. Unas tienen que ver con que no sabemos cómo pedir.  (Cómo pedir con eficacia)

Por ejemplo ¿No tenéis calor? cuando quería decir, ¿puedes abrir la ventana?. Otra posibilidad es que ni yo mismo sepa muy bien qué necesito. Así espero que el otro lo adivine y si no acierta me puedo enfadar porque ¡no es lo que yo quería !

El otro tipo de causas se refieren a que simplemente no pido. Pedir significa que me falta algo que no tengo y que hay otra persona que me puede dar. Eso significa que pedir me muestra como alguien vulnerable ante la persona que pido. ¿Estoy dispuesto a mostrar mi vulnerabilidad? (Ser vulnerable no es lo mismo que ser débil ). Otra razón para no pedir es que tenga miedo a que me digan no. (Saber decir no )

Finalmente  hay otra razón para no pedir que tiene que ver con el ejemplo del principio: no lo hago porque simplemente «debería saberlo». Esta respuesta me lleva al delicado terreno de los juicios porque cuando digo que alguien debería hacer alguna cosa lo que estoy haciendo en realidad es juzgar que la otra persona hace algo mal. Así que asumo el rol de juez que dictamina y que debe castigar porque debería hacerlo bien. Desde luego, los «deberías…» generan violencia y resentimiento.

Si volvemos al ejemplo de la persona que debería limpiar los cristales, lo que estoy diciendo en realidad es que su comportamiento es incorrecto y por lo tanto, merece un castigo.  Es más, mi forma de castigar ese comportamiento incorrecto es enfadarme con esa persona y además no se lo digo (ya debería saber porqué estoy enfadado, claro). Al castigar de esta forma me comporto como aquel niño que cuando se enfadaba con sus padres les decía:

– Vale, pues ahora dejo de respirar.

Puede parecer un castigo absurdo, pero no lo es tanto si piensas que esta forma de actuar proviene del resentimiento (El resentimiento, la emoción del esclavo). Cuando estoy resentido con otra persona es porque juzgo que no ha actuado correctamente conmigo y por lo tanto merece un castigo. Ahora bien, hay que tener muy en cuenta cuáles son los efectos secundarios cuando yo estoy resentido con alguien.

«Estar resentido es como tomar un veneno y esperar que se muera el otro»

Me permitirás que te diga que castigar al otro evitando explicarle lo que necesito que haga es como «tomar veneno y esperar que se muera el otro». Llegados a este punto supongo que pensarás. ¿Entonces, que pasa conmigo cuando hay algo que hacen y me perjudica? ¿Se supone que me tengo que dejar pisar?

Desde luego que no. Lo que te propongo es algo diferente: no se trata de eliminar el juicio sobre si está actuando bien o mal sino de transformarlo en algo que me pueda ser más útil para que no me lleve al resentimiento y por consiguiente a estrategias tan poco útiles como las que hemos visto antes y que tenga presente lo que yo necesito. Yo creo que es posible. ¿Quieres saber cómo?

Leer más

¡Me haces enfadar! 2ª parte: Cómo transformar la ira.

En el último artículo «Tú me haces enfadar: cuidado con las relaciones causa-efecto» expliqué la diferencia entre causa y estímulo, una distinción que resulta clave para poder gestionar las emociones. Al final del artículo prometí que en la siguiente entrada pondría algún ejemplo para ilustrar el proceso que te permitiría poder elegir tu respuesta cuando te enfadaras con alguien. Así que, primero expondré una situación y luego volveré a reproducir la misma situación pero esta vez aplicando los pasos del proceso para transformar la ira, para puedas ver la diferencia. ¡Vamos allá!

La situación es la siguiente:

Hoy tengo una reunión a primera hora de la mañana. Para llegar a tiempo tengo que levantarme especialmente temprano y la verdad es que, a parte del esfuerzo que ello me supone, no puedo despedirme de mi familia y eso no me gusta nada. Pues bien, como hay reunión me levanto temprano y al salir para ir a buscar el tren me encuentro unas obras que me retrasan. Después de mucho correr consigo pillar el tren que quería. ¡Menos mal! Llego al trabajo acalorado justo a la hora de comienzo de la reunión. Entro en la sala de reuniones y no hay nadie. Entonces pregunto por Miguel, el que convocó la reunión.

– ¿Donde está Miguel? Hoy teníamos reunión.

– No creo que haya reunión porque Miguel está de viaje. 

-¿Cómo dices? 

Entonces exploté de rabia gritando:

– ¡ Es que no hay derecho. Qué falta de respeto. Anulan una reunión y ni avisan. La gente no piensa en los demás ! 

Leer más

¡Tú me haces enfadar! Ten cuidado con las relaciones causa efecto

El post de hoy voy a hablar sobre las relaciones causa-efecto. Quizás sea algo poco claro así que voy a tratar de explicarme lo mejor posible. Para ello voy a empezar poniendo algunos ejemplos que ilustren lo que son para mi.

1- Como en exceso. Me engordo. La causa que me engorde es comer en exceso.
2- Me insultas. Me enfado. La causa de mi enfado es tu insulto.
3- Estoy triste. Como chocolate. Ya no estoy triste. La causa que ya no esté triste es comer chocolate.
4- Haces algo que no me gusta. Me siento infeliz. La causa de mi infelicidad eres tú.

¿Sigo?

Creo que no hace falta. El mecanismo para hacer estos razonamientos causa-efecto es que hay cosas que pasan unas después de otras y que nos hacen deducir que las primeras son la causa de las segundas. La verdad es que viendo estos ejemplos está claro que lo primero alguna cosa tiene que ver (o mucho) para que se desencadene lo segundo. Ahora bien, cuando decimos que lo primero es la causa de lo segundo no dejamos ningún resquicio a la posibilidad que no se produzca lo segundo cuando pasa lo primero. Aquí es cuando digo que hay que tener mucho cuidado. Y cuando digo mucho, es mucho. Como decía Jack el Destripador, vayamos por partes ( ;-)) y analicemos algunos de los ejemplos que he puesto.

Leer más

El poder de la empatía: cómo responder a una pregunta incómoda

El otro día leí un artículo en un blog sobre psicologia que decía lo siguiente «20 respuestas ingeniosas a la pregunta ¿me estás analizando?« El autor explica que ésta es una de las preguntas a las que un psicólogo o estudiante de psicología se debe enfrentar cuando revela su identidad a los demás. Las respuestas son realmente ingeniosas. Os pongo alguna de ellas:

«Yo no trabajo gratis.

Sí, te estoy analizando; pero la verdad es que no te quiero preocupar.

El diagnóstico es reservado.

¿Y tú crees que no tengo nada mejor que hacer? …»

Lo que me pasó al cabo de un rato de leerlas es que me quedó una sensación extraña. Las respuestas me hicieron sonreir pero con una cierta sensación agridulce. Detrás de ellas percibí una cierta agresividad, pero no gratuita, sino aquella que utilizamos cuando percibimos que nos atacan. Supongo que a un psicólogo o estudiante de psicología no le debe sentar muy bien que le hagan esta pregunta y para defenderse utiliza la ironía. Si lo único que pretende es mostrarse ingenioso creo que es una respuesta eficaz.Ahora, si lo que quiere es que los demás entiendan que no le ha gustado para nada la pregunta, que está harto u ofendido y quiere que le comprendan, la verdad es que no me parece que estas respuestas vayan a ser muy eficaces.

¿Alguna vez te has sentido molesto ante una pregunta y no has sabido cómo responderla? ¿Te gustaría poder explicar a los demás tu incomodidad sin que ello conlleve una respuesta agresiva? ¿O simplemente quieras responder con ironía ácida, pero no desde la reactividad, sino desde la libertad de hacerlo, porque crees que es la mejor opción entre varias disponibles? Si has respondido afirmativamente a alguna de estas preguntas te propongo un método en 4 pasos que te puede ser de utilidad.

Leer más

¿Porqué nos resulta tan difícil pedir? Cómo hacerlo con eficacia

En algun otro artículo te he hablado sobre cómo hacer peticiones como uno de los 4 pasos de la Comunicación Noviolenta (CNV). Como recuerdas, primero se trata de hacer la observación sobre algo que ocurre, dejando momentáneamente a un lado los juicios sobre los hechos. El segundo paso era encontrar que es lo que sientes cuando ocurren los hechos descritos. En el paso tercero identificamos lo que sentimos como un indicador de necesidades no satisfechas (sentimientos desagradables) de las satisfechas (sentimientos agradables). Ahora llegamos al último paso: el de la petición. Pides a alguien alguna cosa que te ayude a satisfacer esa necesidad. Por lo tanto, situar la petición como el último paso me parece muy lógico, ¿no crees?. Entonces, ¿porqué no pedimos cosas que puedan enriquecer nuestras vidas?

Aquello que dificulta el pedir: ¿Qué te pasa cuando pides?

Una primera dificultad tiene que ver con lo que te decía referente a lógica de pedir después de saber qué es lo que necesitas. Puede ocurrir que estés acostumbrado a que los demás adivinen lo que necesitas antes incluso de que tu mismo lo sepas. Así que cuando no aciertan, te enfadas y piensas cosas como: ¡debería tratarme mejor! ¡No hay derecho! ¡Es que hay que explicárselo todo! Entonces te propongo que te hagas las siguientes preguntas: ¿Cómo sería para mi el que me traten mejor? ¿Qué se supone que es lo que debería haber hecho la otra persona? ¿Cómo podía saber el otro lo que yo necesito? y quizás descubras que estás esperando, o más bien, exigiendo que los demás adivinen lo que necesitas. Pedir cuando ni tu mismo sabes muy bien lo que necesitas tiene muchas posibilidades de no funcionar y descargas la responsabilidad sobre algo tuyo en los demás. Así que es mejor aclararse antes de pedir.

Otra posible dificultad tiene que ver con que pedir supone reconocer delante de otra persona que algo nos falta o que no sabemos alguna cosa. Quizás te asalten preguntas como «Si le pido esto ¿qué pensará de mi? Si le pregunto eso ¿pensará que soy tonto?». Pedir o preguntar muestra que somos vulnerables, que somos personas de carne y hueso y que ni lo sabemos todo ni lo podemos todo. Reconocerlo puede resultar difícil porque confundimos ser vulnerables con ser débiles. Aquí tienes un enlace a Ser vulnerable no es lo mismo que ser débil que trata precisamente de esta distinción.

También pudiera ser que no pidas porque tienes miedo a que te digan que no. Cuando alguien te dice no, ¿a qué están diciendo que no? Fíjate bien que te digo a qué y no a quien, porque  precisamente aquí está la clave del asunto. En ocasiones confundimos un no a alguna cosa como un no a la persona y la diferencia es sustancial. Una manera de no perderte en esta confusión es tener en cuenta que cuando alguien dice que no a algo está diciendo que si a alguna otra cosa. Si tratas de averiguar a qué está diciendo que sí con esa negativa evitarás este malentendido que dificulta hacer peticiones. Aquí te dejo enlaces a los artículos Saber decir no y Sé egoísta, por favor que están relacionados precisamente con esto.

Leer más

Asertividad: cómo afrontar diálogos difíciles, 2ª parte

En la pasada entrada te hablé sobre cómo afrontar diálogos en situaciones que nos resultan complicadas por la carga emocional que puedan tener. Si recuerdas, también te expliqué cuales son los dos factores clave que facilitan o dificultan que se produzca una comunicación efectiva. El primero era que hay un tipo de lenguaje que hace que se levanten murallas que impiden la comunicación eficaz que son el lenguaje evaluativo y los juicios sobre la otra parte. El segundo, ser consciente de nuestras emociones y saberlas gestionar. Pero no nos quedamos aquí sino que te expliqué el método de 4 pasos de la CNV que te pueden ayudar en las dos cosas: a utilizar un lenguaje que elimine barreras y a gestionar tus propias emociones y a ser consciente de la de los demás. Finalmente puse un ejemplo de una situación cotidiana para ilustrar cómo aplicar el método.

Si recuerdas, el ejemplo tenía un final que suponía que la otra parte accedería a nuestra petición ya que el lenguaje utilizado era no evaluativo y seguía estrictamente el método de los 4 pasos. También te dije que te daría una respuesta para el caso en que hagamos una petición y no haya una respuesta positiva a la demanda.

Leer más

Cómo afrontar diálogos difíciles.

En este artículo te explicaré las claves que has de tener en cuenta cuando necesites mantener una conversación en una situación difícil y un método en cuatro pasos que te ayudará a que sea una conversación eficaz.

Antes de nada me gustaría explicarte lo que es una comunicación eficaz. A mi modo de ver surge cuando dos personas dialogan e interactúan. Cuando el diálogo es eficaz hay una cierta transferencia de información entre las dos partes y hay una respuesta que se construye a partir de eso que se ha compartido. A mi me gusta imaginarmelo como un baile: uno hace un movimiento que el otro lee y el otro, al recibir esa respuesta, hace otra cosa, todo ello, de una forma armoniosa. En definitiva dialogar es como bailar.

Ahora bien, los diálogos no siempre funcionan de esta forma, ¿verdad? En multitud de ocasiones se quedan en un simple intercambio de monólogos. Pudiera parecer que es un diálogo porque primero habla uno y luego otro, pero no es armonioso porque las respuestas de uno no surgen de la comprensión de la otra parte. Es como si se hubieran enganchado un conjunto de monólogos sin relación entre ellos.

Gestionar una comunicación difícil: Lo que facilita y lo que impide la comunicación eficaz

La comunicación eficaz se produce en muchos momentos de nuestras vidas. Una conversación tranquila con un amigo es un ejemplo de ello. Sin embargo hay momentos en que deseamos que esa comunicación se produzca pero ocurre todo lo contrario. ¿Porqué? En mi opinión hay dos factores clave para que haya una comunicación eficaz.

El primero es el tipo de lenguaje que se utiliza. Cuando se utilizan reproches y juicios sobre la otra persona la respuesta más lógica es que se ponga a la defensiva. Levanta las «murallas» y ya sólo está pendiente de cómo defenderse de lo que se interpreta como un ataque y no a escuchar lo que se le dice. Por lo tanto, el lenguaje evaluativo y los juicios impiden una comunicación eficaz. La buena noticia es que ahora ya sabes que este tipo de lenguaje no es el más adecuado para conseguir comunicarte eficazmente. La mala noticia es que esta forma de comunicarnos basada en juicios y evaluaciones sobre los demás es la que hemos aprendido desde pequeños y es nuestra forma habitual de comunicarnos en situaciones de dificultad.

Otro aspecto que es clave en todo el proceso es la gestión de las emociones. Vamos, que podemos tener las mejores intenciones el mundo, conocer la manera más eficaz para comunicarnos y estar perfectamente entrenados y habituados para hacerlo pero cuando entran en luego las emociones, sobretodo si son intensas, se puede ir al traste todo el proceso en un instante.

Bien, ahora que ya sabes cuales son los dos factores clave para conseguir una comunicación eficaz supongo que te estarás preguntando, ¿y cómo se consigue esto?

Leer más