Las escenas temidas: haz como la protagonista de “Divergente” para superarlas.

Creo que es honesto reconocer que todos tenemos alguna escena temida, es decir, una situación que da miedo y  trato de evitar. Al menos a mi me pasa. Pues resulta que la semana pasada vi la película “Divergente” y se me ocurrió que el método que utiliza la protagonista para superar una de las pruebas, la puedo aplicar para encontrar soluciones eficaces a mis escenas temidas. Si te interesa saber en qué consiste este método para comprobar si lo puedes aplicar en tu propio caso, este artículo podría serte de utilidad. ¿Me acompañas?

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San Jorge y el dragón: un cuento sobre el miedo

La entrada de hoy es un relato que escribí para el día de Sant Jordi. La imagen de San Jorge matando el dragón es muy potente para mi. ¿Tuvo miedo antes de enfrentarse al dragón? ¿Cómo lo superó? Para responder a estas preguntas he inventado un cuento. A ver si te gusta.

P.S. Aquí tienes la versión escrita (San Jorge y el dragón llamado Miedo)

San Jorge y el dragón: un cuento sobre el miedo

La entrada de hoy es un relato que escribí para el día de Sant Jordi. La imagen de San Jorge matando el dragón es muy potente para mi. ¿Tuvo miedo antes de enfrentarse al dragón? ¿Cómo lo superó? Para responder a estas preguntas he inventado un cuento. A ver si te gusta.

P.S. Aquí tienes la versión escrita (San Jorge y el dragón llamado Miedo)

El miedo: de enemigo a aliado.

Estas vacaciones de verano mi familia y yo hemos ido de vacaciones con unos amigos. En una de la excursiones tomamos un teleférico hasta prácticamente la cota 3000 m. de una montaña de las Dolomitas, en Italia. Había bastante nieve y aunque no íbamos especialmente preparados para ello, decidimos subir por una ladera completamente nevada. La pendiente era suavemente pronunciada. Mientras ascendía, iba girando la vista hacia el camino recorrido. Observar toda esa pendiente me producía miedo. Me imaginaba que, en caso que resbalase no podría pararme y el final de esa pendiente no alcanzaba mi vista. Así que eso podría ser fatal para mi. Así que decidí no mirar muchas más veces: mejor subir sin mirar atrás.

La ascensión la hice acompañado de mi amigo y sus dos hijos, hasta que llegamos a un punto en el que decidimos parar. Nos hicimos unas fotos. El paisaje era espectacular y la vista de la bajada era impresionante. Entonces los hijos de mi amigo dijeron que iban a bajar corriendo. A mi me pareció una locura. Con semejante pendiente, ¿bajar corriendo? ¿Y si se caen? Pero no dije nada. Su padre estaba allí y él le pareció bien. Entonces empezaron a descender.

¡Cómo bajaban! Iban corriendo y saltando, clavando los pies en la nieve y, de vez en cuando, en vez de saltar, se deslizaban por la superficie de la nieve. Era espectacular y parecía muy divertido. Luego bajó mi amigo de la misma forma. Yo me quedé arriba mirando. Desde abajo me animaban a hacer lo mismo.

Yo tenía miedo. Sin embargo, ¿donde estaba el peligro que había imaginado? Efectivamente hacía mucha pendiente pero, si ocurría una caída el riesgo de bajar rodando de forma descontrolada era prácticamente nulo. Y por otra parte, lo que vi, ¡¡parecía tan divertido !! Así que pensé: me tiro. Y empecé la bajada corriendo y saltando. Mientras bajaba me daba cuenta que era seguro ¡y divertido! así que también probé de deslizarme por la superficie de la nieve. No era tan hábil como ellos pero en algunos breves momentos notaba la sensación de deslizarme sobre la nieve. ¡Qué sensación tan completa! Hasta que llegué al lugar de partida y comentamos juntos lo divertida que había sido la bajada.

Te explico esta anécdota para que pensemos juntos sobre el miedo. Lo que me ocurrió fue que me enfrenté a una situación que yo evalué como peligrosa. Mi miedo me decía: cuidado, eso que quieres hacer te pone en riesgo. No lo hagas. Luego, vi cómo otras personas hacían eso que yo temía de una forma totalmente segura, y además, se lo pasaban bien. Además esa actividad requería unas condiciones físicas y unas habilidades que yo juzgué que tenía. Así que mi evaluación del riesgo fue exagerada.

Ahora quisiera detenerme en el momento justo antes de lanzarme. Por un lado me daba cuenta que eso no era tan arriesgado y que estaba a mi alcance hacerlo. Sin embargo mi corazón no parecía muy convencido con esos argumentos y seguía latiendo con fuerza. Y me lancé. ¿Qué me impulsó a hacerlo? A primera vista parece que fueron los argumentos racionales de que no había tanto peligro. ¿Tu crees que fue eso?

Pues no, o al menos, en mi caso creo que no fue eso lo que más pesó. Desde luego que evaluar que eso tenía un riesgo mínimo es una condición necesaria, pero ese pensamiento no fue suficiente para vencer el miedo. Dar el salto supone un cambio abrupto: estoy en un sitio y en el instante siguiente, ya estoy bajando. Para vencer esa barrera debe haber algo poderoso, y creo que tiene que ver con algo emocional, más que racional, porque la evaluación de los riegos ya estaba hecha: “sólo” había que saltar. Vivía una lucha entre una fuerza que me retenía, el miedo, y otra que me movía a lanzarme: el anhelo de diversión y libertad. Cuando esa sensación fue más poderosa que la del miedo, entonces pude saltar.

3 pasos para abordar un cambio

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Necesito controlar.

La necesidad de control es un tema recurrente, tanto en el ámbito de las organizaciones como a nivel personal. La primera pregunta que me viene es ¿para qué controlo? porque estoy seguro que, si quiero controlar, necesariamente hay algo valioso en ello. Por otra parte, la necesidad de control tiene efectos no deseados, lo cual nos lleva muchas veces al dilema sobre si hay que controlar o es mejor dejarse llevar. Así que, en este artículo vamos a ver en qué consiste el control, para qué lo hacemos y cuáles son sus efectos secundarios. Finalmente trataremos de encontrar estrategias que nos aporten los beneficios del control evitando sus inconvenientes. ¿Me acompañas?

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San Jorge y el dragón llamado Miedo

El miércoles pasado, 23 de abril fue el día de San Jorge, e inspirado en la vida de este santo he escrito un cuento sobre el miedo. Espero que te guste. Ya me dices…

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La fama de San Jorge se había extendido por todo el mundo gracias a su habilidad para matar dragones y no era extraño que tuviera encargos por todo el mundo de gente que tenía este tipo de problemas. Así fue como un día le llamaron de un pueblo que estaba aterrorizado por un dragón. Ellos decían que era el más terrible que se podía encontrar.

Cuando San Jorge oía esto pensaba que la gente siempre piensa que su dragón es el más grande y terrible de todos los dragones que puedan existir. Sin embargo su experiencia le decía que un dragón, es un dragón y punto. La cuestión es que decidió entrevistarse con las autoridades del pueblo. El alcalde le dijo:

– Nos enfrentamos a un dragón de dimensiones descomunales. Toda la población está completamente aterrorizada. Sus gritos y rugidos son suficientes para dejarnos la sangre helada.

San Jorge y el dragón. Rubens

– ¿Cómo se llama vuestro dragón? – Preguntó San Jorge

(Permíteme una pequeña interrupción en el relato porque quizás esta pregunta te pueda parecer extraña o inútil, sobre todo si no estás familiarizado con el mundo de los dragones. Te comento, todos los dragones tienen nombre y sin él perderían todo su poder. Con esta aclaración podemos volver a la historia)

– Nuestro dragón se llama MIEDO. – le dijo el alcalde

Al mencionar ese nombre San Jorge sintió una presión en el estómago y se le erizó la piel. Se había enfrentado a muchos dragones pero nunca le había sentido antes esa sensación. Qué extraño…

– Decidme por donde vive y lo iré a buscar.

– Vive al otro lado de esas montañas, por donde se pone el sol.

– De acuerdo, mañana iré.

Durante el resto del día preparó sus armaduras y material de guerra, alimentó bien a su caballo y lo dejó descansar.

– A ver que nos encontramos mañana– dijo mientras cepillaba las crines de su caballo.

Al día siguiente se dirigió a las montañas que escondían al dragón. No tardó mucho en encontrarlo. Lo que se encontró superaba todas sus expectativas. Era un dragón de dimensiones increíbles. Tenía una piel llena de gruesas escamas que le daban un aspecto invencible. Su sola visión le paralizó. Sólo pensaba en alejarse de semejante peligro, así que se apartó para pensar con un poco más de calma.

Entonces se acordó de Merlín y pensó que iría a hablar con él para exponerle el asunto. En otras ocasiones ya lo había hecho y siempre le había resultado de ayuda. Fue a palacio y le expuso todo el asunto. Merlín se quedó un rato pensando, en silencio. Aspiró su pipa y de su boca salió un humo que dibujó en el aire unas formas sugerentes. Al final le dijo lo siguiente.

– Tienes que dejarte matar por el dragón.

San Jorge se quedó atónito.

– Cómo puedes decirme semejante cosa. ¿Me estás diciendo que me deje matar por el dragón? ¿Lo he entendido bien?

– Lo has entendido perfectamente. Te has de dejar matar por el dragón. Repitió Merlín y continuó de la siguiente forma.

– La vida es una rueda que no para nunca: para que haya un nuevo principio debe haber un final. Así que tienes que morir tal como eres ahora para que otro San Jorge, más fuerte vuelva a nacer y pueda enfrentarse a este dragón llamado MIEDO. Yo no conozco otro camino. Y ahora me tendrás que disculpar, pero otros asuntos reclaman mi atención. Que tengas buen viaje.

San Jorge montó su caballo y inició el camino de vuelta completamente desconcertado por las palabras de Merlín. Durante el viaje estuvo dándole vueltas al asunto hasta que al final, decidió que cuando llegara, decidiría qué iba a hacer. El camino se hizo más corto de lo que hubiera deseado. Cuando llegó a la guarida del dragón, lo encontró dormido y pensó.

– No tengo ni idea de cómo matarlo así que, lo que voy a hacer es lo que me dijo Merlín porque yo soy San Jorge y mi misión es acabar con los dragones, sea como sea.

Entonces empezó a gritar y hacer ruido golpeando la espada contra su armadura hasta que lo despertó. Entonces el dragón empezó a caminar hacia él. Sus miradas se cruzaron y se quedó helado. Era enorme aunque eso no le impedía moverse con la elegancia de los movimientos de un felino. Se fue acercando lentamente. Parecía que disfrutara con su sufrimiento. De vez en cuando lanzaba por su boca una llamarada y el calor y el hedor a azufre llegaban a él de una forma insoportable.

Estaba aterrado, pensando cómo iba a ser su final. Sólo tenía ganas de salir corriendo y salvar su vida. Sin embargo se quedó quieto, sintiendo en su cuerpo las sensaciones que le producían esos pensamientos. Entonces hubo un momento en que dejó de pensar y sólo sentía, nada más. Mientras, el dragón avanzaba inexorable, hacia él.

Ya estaba delante suyo y entonces, abrió su enorme boca que mostraba unas filas de dientes perfectamente alineados, afilados y brillantes, listos para devorarle. Cerró los ojos y pudo sentir como nacía la oscuridad mientras el dragón cerraba su boca sobre él y esperó…

… pero sorprendentemente no pasó nada. Entonces abrió los ojos y el dragón se había desvanecido. Bueno, en realidad, se había reducido a la mínima expresión y correteaba entre las patas de su caballo, con un aspecto que recordaba el pasado terrorífico que había tenido aunque ahora fuera inofensivo. Por un momento pensó en acabar con él definitivamente, pero una extraña sensación de compasión, compresión y amor invadió su cuerpo y no lo hizo. Cuanto más lo miraba, más se reconocía en él. Matarlo significaría matar algo de si mismo y así que decidió acogerlo para escucharlo y entenderlo. También pensó en Merlín y decidió ir a verlo enseguida para explicarle lo que le había sucedido. Cuando al día siguiente llegó a palacio le estaba esperando.

– Te veo diferente, así que estoy seguro que te dejaste devorar por el dragón, ¿no es así?

– Sí, ¿cómo sabías que iba a sobrevivir?

– Mira, el dragón era real, pero su tamaño y su ferocidad, era una ilusión que se alimentaba de la energía de tu MIEDO. Cuanto más miedo tenías, más grande y terrible se hacía. Eso hacía que le tuvieras más miedo lo cual le daba más energía para crecer y así sucesivamente. Habías entrado en un círculo vicioso muy difícil de romper. De nada hubiera servido que te hubiera dicho que el dragón no era real porque para ti lo era, y eso es lo que importa cuando tienes que afrontarlo. Merlín continuó.

– La única manera que conozco de romper ese círculo vicioso es que dejes sentir en ti la sensación cuando evocas el MIEDO, sin juzgarla, sin tan siquiera tratar de nombrarla. Se trata que la puedas observar de tal forma que tu y el miedo seáis la misma cosa. En ese momento ya no hay la necesidad de llamar eso de ninguna forma. Se trata de dejar que sea lo que ya es. ¿Entiendes lo que te estoy diciendo? – Entonces continuó.

-El dragón sólo puede vivir a través de ti porque en realidad tú y el dragón sois la misma cosa. Si puedes permanecer mirando de frente eso, sintiéndolo profundamente con absoluta presencia, entonces podrás cortar la energía con la que se alimenta. En cambio, si al observar y sentir esa sensación tratas de escaparte, vuelves a pensar en ella y la reconoces y dices, mira, tengo MIEDO, entonces vuelve a recobrar energía y el dragón vuelve a crecer. Es una forma muy sutil de estar con lo que es.

– Creo que ahora entiendo lo que me ha ocurrido. Me doy cuenta que mientras esperaba a ser devorado he tenido la sensación que el dragón cambiaba de tamaño, y unas veces se hacía más pequeño mientras que otras veces se hacía más terrible. Ahora que entiendo y veo porqué me ocurría eso creo que voy a entrenar mi capacidad de observar y sentir sin juzgar ni etiquetar. Ahora entiendo eso de me dijiste de “dejarte morir para volver a nacer”.

Sólo cuando me rindo y me dejo sentir la sensación del MIEDO, sólo cuando puedo estar presente con ella sin más, sólo en ese momento en que acepto lo que es y “muero” es cuando vuelvo a la vida transformado. Morir para renacer renovado y fortalecido. Aceptar lo inaceptable para comprender lo incomprensible. No es fácil pero sé que es posible. De nuevo gracias Merlín, por abrirme este nuevo camino.

Francesc Bonada

 

¿Realmente crees que hay decisiones correctas e incorrectas?

¿Tienes que tomar una decisión y estás sufriendo por ello? En el proceso de tomar una decisión importante pasamos por momentos de dolor y sufrimiento. Por cierto, quizás hayas escuchado alguna vez la frase siguiente:

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional

¿Qué es lo que quiere decir? ¿Porqué puede ser importante entender cual es la diferencia entre ambas?

A bote pronto, si cuando tenemos que tomar una decisión hay dolor y sufrimiento todo mezclado y lo segundo es opcional, a mi me gustaría poder ahorrármelo. ¿A ti también? La segunda cosa es que si no sé diferenciarlos, ¿cómo puedo deshacerme del sufrimiento? Así que, si a la hora de tomar decisiones, quieres saber un poco más sobre cómo puede beneficiarte distinguir entre dolor y sufrimiento , entonces este artículo puede serte de utilidad.

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Obediencia o valores; las dos cosas a la vez no es posible.

Hoy lo que te propongo es que reflexionemos juntos acerca de la utilidad de los premios y de los castigos. La primera pregunta que se me ocurre es, ¿porqué premiamos algunos comportamientos y castigamos otros? Si miramos las empresas premian a los trabajadores para que hagan ciertas cosas que se supone benefician a la empresa y castigan para que no hagan otras. Los educadores, ya sean los maestros o los padres en su rol de educadores, premian y castigan para que las personas actúen de una determinada forma. Así que se castiga y se premia porque así las personas hacen lo que queremos que hagan.

Una segunda razón que se me ocurre es que premiar un comportamiento es una manera muy eficaz de desarrollar una costumbre. Ya sabes que las costumbres son aquellas cosas que hacemos sin pensarlas, así que, con la estrategia de premiar y castigar, se consigue condicionar de forma eficaz el comportamiento de las personas. Es como en el famoso experimento de Pávlov. La segunda pregunta que se me ocurre es, ¿para qué premiamos y castigamos? Fíjate que ahora te pregunto por el sentido finalista de los premios y los castigos.

La responsabilidad del que premia y castiga

Hemos quedado que premiar y castigar condiciona comportamientos en las personas. Así que depende de la ética del que dicta los premios y los castigos se consigue que la gente actúe de una forma ética o no ética. Esto supone que hay alguien que juzga lo que es bueno para otras personas y esto es lo que me inquieta de todo este asunto porque hay alguien que decide sobre lo que es bueno y malo sin contar conmigo.

Para mi juzgar supone jugar a ser alguien que todo lo sabe y todo lo conoce y desde ahí es muy fácil imponer cosas porque es lo “correcto”. Es como si dijera “yo sé mejor que tú mismo lo que te conviene” así que, condiciono tu comportamiento mediante los premios y los castigos para que hagas lo que yo quiero que hagas, porque yo se cuidar de ti mejor que tu mismo. No hace falta que pienses, yo lo hago por ti. Yo me hago cargo de tu responsabilidad. ¡Uf, qué miedo me da eso!

El otro asunto importante a tener en cuenta es el siguiente. Si las personas sólo actuamos por miedo al castigo y por ansias de conseguir un premio, ¿donde está nuestro pensamiento crítico sobre lo que estamos haciendo? ¿Donde están nuestros valores cuando hacemos lo que hacemos? El premio y el castigo lo que consiguen es obediencia. Ahora bien, ¿que ocurre si quien hace las leyes o el que dicta las normas que conceden premios y asignan castigos, no es consecuente con mis valores? Cuando nos dejamos llevar por el premio y el castigo sin preguntarnos que valores hay detrás de todo ello o qué se busca promover con esa norma, dejamos nuestro comportamiento en manos de alguien que decide por nosotros.

Obediencia o valores, las dos cosas a la vez no es posible.

Hemos visto que los premios y los castigos son efiaces para desarrollar costumbres y que, si se busca desarrollar costumbres sanas, puede ser muy beneficioso para las personas. Y también hay que tener en cuenta que hay alguien que tiene la responsabilidad de juzgar que es sano y lo que no lo es, lo cual supone una responsabilidad ética.

Ahora me gustaría que pensemos  en los premios y los castigos como una estrategia para conseguir que una norma se cumpla. Llegados a este punto, creo que vale la pena reflexionar sobre el elevado coste de aplicar los castigos. Cuando se aplican castigos y sanciones …

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Monstruos SA: ¿qué te impulsa hacia el cambio?

Cuando una persona o un sistema formado por personas quiere cambiar siempre podremos encontrar dos campos de fuerzas en oposición. Veamos cuales son.

Las fuerzas que dificultan el cambio

En este lado está normalmente el miedo a lo desconocido, ya que cualquier cambio supone alejarse de una zona que conocemos y que controlamos. Otras veces no es tan el miedo como la incomodidad que supone moverse de lo que conozco. A esta zona de lo conocido y lo que controlamos se le llama zona de confort aunque en muchas ocasiones no es en absoluto una zona confortable. Simplemente es donde estamos acostumbrados a estar, sea no no sea agradable.

Las fuerzas que favorecen el cambio

Estas son las fuerzas que favorecen que la persona o el sistema se muevan en dirección hacia el cambio deseado. A primera vista uno pudiera pensar que estas son las fuerzas impulsoras, las que nos mueven hacia un futuro esperanzador e ilusionante. Es cierto, aunque hay un pero. Lo que yo estoy más habituado a ver es que, cuando nos fijamos un objetivo lo hacemos diciendo lo que no queremos en vez de lo que queremos. Tendemos a formular un objetivo para corregir lo que está mal, para huir de una situación negativa. Así formulamos objetivos como los siguientes:

No quiero tener miedo…

No quiero una relación negativa con…

No quiero estar en el paro…

No quiero que mi departamento …

Fíjate que la fuerza impulsora del cambio es algo que no me gusta, incluso es el miedo a que algo negativo me pase. Muy positivo no es, ¿no te parece? Estoy de acuerdo que el miedo y el rechazo es una gran fuerza impulsora, pero ¿hay alguna cosa diferente que me acerque a lo que quiero desde otro lugar?

Otra forma de acercarte a lo que quieres

Mi propuesta es que rompas la tendencia que tenemos todos a huir de lo que no nos gusta y pasar a formular mi objetivo haciéndote otro tipo de preguntas:

¿Cuál es el lugar en el que quiero estar? ¿Cómo es ese lugar?¿Que me pasará cuando esté en ese lugar? ¿Cómo me sentiré? ¿Con quién estaré? ¿Qué habré conseguido? ¿Qué cosas me estaré diciendo?

Recrea ese lugar deseado y siéntelo. Cuanto más lo puedas ver, tocar y sentir más energía obtendrás que es lo que realmente necesitas para alcanzar los objetivos que te has marcado. Lo que quiero decirte con esto es que la energía que proviene de lo que quieres, de lo que deseas, lo que te proporciona sentir aquello que te has marcado como objetivo, tiene una energía mucho más poderosa que la que viene del miedo o de la incomodidad de la situación no deseada. Si te has marcado un objetivo retador vas a necesitar mucha energía para conseguirlo así que es muy recomendable que te centres en utilizar la energía positiva de tu objetivo en vez de centrarte en la negativa. Es una cuestión de probarlo para experimentar la diferencia.

Esto es lo que conecta precisamente con el título del post porque me trae a la memoria la película Monstruos S.A. ¿La recuerdas? El mundo de los monstruos es paralelo al de los humanos y los protagonistas van a trabajar a una fábrica donde los monstruos viajan al mundo de los niños a través de unas puertas mágicas. Una vez allí, obtienen la energía que su mundo necesita a partir de los gritos que hacen los niños cuando los monstruos les asustan. Cuanto más terrorífico sea el monstruo, más grita el niño y más energía capturan y guardan para su mundo.

Pasan un montón de cosas divertidas cuando una niña pasa accidentalmente al mundo de los monstruos. Pero lo que lo que me conecta con la película es el hecho que, por casualidad se dan cuenta que la energía que proporciona un niño cuando se ríe es  mucho más poderosa que la energía que proporcionan los gritos del miedo.

Para mi esto es algo parecido. La energía que necesitan tus objetivos para que se puedan convertir en realidad los puedes obtener de dos formas. Del miedo y rechazo que te proporciona aquello que no quieres (los gritos de los niños) o bien de aquello que viene de lo que somos capaces de imaginar y sentir cuando vivimos lo que queremos conseguir (las risas de los niños) . En la película se dan cuenta que la risa es 10 veces más energética que los gritos del miedo. Los gritos son poderosos y proporcionan energía pero son mucho más potentes las risas. Hay un cambio de paradigma y desde ese momento se reinventan para conseguir risas en vez de gritos de miedo.

¿Será igual de potente también en el caso de los objetivos? ¿Es realmente tan poderoso el  imaginar, sentir y vivirlo como si ya lo hubieras conseguido? ¿Te atreverías a imaginártelo? La única manera de saberlo es que lo pruebes. Ya me contarás…

¡Buen viaje!

 

El poder de la empatía: cómo responder a una pregunta incómoda

El otro día leí un artículo en un blog sobre psicologia que decía lo siguiente “20 respuestas ingeniosas a la pregunta ¿me estás analizando? El autor explica que ésta es una de las preguntas a las que un psicólogo o estudiante de psicología se debe enfrentar cuando revela su identidad a los demás. Las respuestas son realmente ingeniosas. Os pongo alguna de ellas:

“Yo no trabajo gratis.

Sí, te estoy analizando; pero la verdad es que no te quiero preocupar.

El diagnóstico es reservado.

¿Y tú crees que no tengo nada mejor que hacer? …”

Lo que me pasó al cabo de un rato de leerlas es que me quedó una sensación extraña. Las respuestas me hicieron sonreir pero con una cierta sensación agridulce. Detrás de ellas percibí una cierta agresividad, pero no gratuita, sino aquella que utilizamos cuando percibimos que nos atacan. Supongo que a un psicólogo o estudiante de psicología no le debe sentar muy bien que le hagan esta pregunta y para defenderse utiliza la ironía. Si lo único que pretende es mostrarse ingenioso creo que es una respuesta eficaz.Ahora, si lo que quiere es que los demás entiendan que no le ha gustado para nada la pregunta, que está harto u ofendido y quiere que le comprendan, la verdad es que no me parece que estas respuestas vayan a ser muy eficaces.

¿Alguna vez te has sentido molesto ante una pregunta y no has sabido cómo responderla? ¿Te gustaría poder explicar a los demás tu incomodidad sin que ello conlleve una respuesta agresiva? ¿O simplemente quieras responder con ironía ácida, pero no desde la reactividad, sino desde la libertad de hacerlo, porque crees que es la mejor opción entre varias disponibles? Si has respondido afirmativamente a alguna de estas preguntas te propongo un método en 4 pasos que te puede ser de utilidad.

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