Cómo ser cocinero de tu felicidad.

En este artículo quiero hablar sobre la búsqueda de la felicidad. Menudo reto, ¿eh? Y para ello te propongo que hagamos como si la búsqueda de la felicidad fuera la búsqueda y preparación de nuestro plato preferido.

Porque hay gente que me dice, “mira, yo soy feliz porque hago esto, y aquello, y vivo mi vida de esta forma y bla bla bla ….. ” y me lo cuenta con tanta convicción y pasión que decido probarlo, pero eso no me hace feliz. Es como si alguien que ha encontrado su plato favorito te cuenta con todo lujo de detalles sus excelencias pero cuando tú lo pruebas piensas que tampoco había para tanto.

Así que una opción que se me plantea es ir probando los platos que otros preparan para ver si encuentro el que me guste. Sin embargo, no me acaba de convencer eso de estar a la espera, así que he decidido convertirme en el cocinero de mi propia felicidad porque, ¿quien mejor que yo para prepararme un plato que me guste?

La cocina para ser feliz.

A continuación te doy las pautas que yo sigo para cocinar, a ver si te sirven.

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Me cuesta elegir. Estoy paralizado…

Quien no se ha encontrado alguna vez en dificultades para escoger. ¿Qué es lo que lo hace difícil? Después de darle algunas vueltas al asunto creo que hay dos cosas que influyen en eso. La primera es el miedo a equivocarse. ¿La opción elegida será la correcta? Sobre este aspecto ya he hablado en unos cuantos artículos (El miedo y las decisionesEquivocarse, una alternativa más allá de la culpaLa decisiones, el cuento de Tara¿Hay decisiones correctas e incorrectas? ) así que hoy no voy a ir por ahí.

Lo que te propongo hoy es que investiguemos lo siguiente. Si escojo, renuncio a otras muchas cosas y yo no quiero renunciar así que es mejor “no elegir“, al menos aparentemente. ¿Te apetece? Antes de continuar, lo que me gustaría hacer es romper dos mitos.

Mito número 1: Es imposible “no escoger”

Cuando, “no escojo” aparentemente me escapo de elegir. Sin embargo, el no escoger es lo mismo que escoger no hacer nada, es decir, no moverme de la situación actual. Como todas las elecciones, supone unas consecuencias, que en este caso significa renunciar a lo que podría suponer eso que no elijo.

Así que si elijo, elijo, y si no elijo, eso es también una elección.

Mito número 2: renunciar y elegir son la misma cosa

También podemos ver lo mismo de otra manera. A veces no elijo porque eso supone que renuncio a muchas cosas. Así que, la parte buena de no elegir es que evito renunciar a cosas que valoro. Así que es mejor no escoger.

Y también es cierto que si elijo algo significa que estoy valorando eso por encima de las cosas a las que renuncio. Así que es mejor elegir. Um… qué lío…. ¿En que quedamos?

Otra vez es una falacia. La elección es como una moneda con dos caras, una es la cara de lo que nos quedamos y en la otra está lo que renunciamos. La no elección también tiene dos caras. De nuevo en una cara hay lo que decido conservar y en la otra están las cosas a las que renuncio. Así que cuando elijo, renuncio y cuando renuncio, elijo. Siempre es la misma moneda con dos caras.

Quizás me esté equivocando de pregunta. La cuestión no es si elijo o no elijo, sino ¿cómo elijo?

Cómo elegir

Siguiendo el símil de la moneda, podríamos decir que elegir es lo mismo que tirar una moneda al aire. La moneda tiende a caer del lado que pesa más, es así de simple. Así que se trata de poner en una cara de la moneda los valores y las necesidades que se satisfacen al visualizar el mejor futuro una vez tomada esa decisión. Y poner en la otra cara, los valores y necesidades que se satisfacen al quedarme en el lugar en el que estoy.

También hace falta ser muy honesto con el lado de la moneda “no moverse” porque es seguro que satisface necesidades y valores que son muy valiosos y es posible que haya la tendencia a no quererlo valorar de forma honesta. El “no moverse” acostumbra a ser la cruz de la moneda, y tiene tanto derecho a ser tenida en cuenta como la otra cara.  Recuerda que la moneda es una sola cosa, indivisible.

Si no estás seguro, lanza la moneda y verás que pasa. La moneda no miente, porque simplemente cae del lado que pesa más, sin importarle qué cara es. No hay opciones buenas ni malas, correctas ni incorrectas. Esa es la gracia de tirar la moneda.

Una vez que la hayas lanzado, puedes plantearte el cómo llegar a ese lugar o cómo quedarte en dónde estás, aunque esto ya no sería materia para este artículo.

Buen viaje.

Me cuesta elegir. Estoy paralizado…

Quien no se ha encontrado alguna vez en dificultades para escoger. ¿Qué es lo que lo hace difícil? Después de darle algunas vueltas al asunto creo que hay dos cosas que influyen en eso. La primera es el miedo a equivocarse. ¿La opción elegida será la correcta? Sobre este aspecto ya he hablado en unos cuantos artículos (El miedo y las decisionesEquivocarse, una alternativa más allá de la culpaLa decisiones, el cuento de Tara¿Hay decisiones correctas e incorrectas? ) así que hoy no voy a ir por ahí.

Lo que te propongo hoy es que investiguemos lo siguiente. Si escojo, renuncio a otras muchas cosas y yo no quiero renunciar así que es mejor “no elegir“, al menos aparentemente. ¿Te apetece? Antes de continuar, lo que me gustaría hacer es romper dos mitos.

Mito número 1: Es imposible “no escoger”

Cuando, “no escojo” aparentemente me escapo de elegir. Sin embargo, el no escoger es lo mismo que escoger no hacer nada, es decir, no moverme de la situación actual. Como todas las elecciones, supone unas consecuencias, que en este caso significa renunciar a lo que podría suponer eso que no elijo.

Así que si elijo, elijo, y si no elijo, eso es también una elección.

Mito número 2: renunciar y elegir son la misma cosa

También podemos ver lo mismo de otra manera. A veces no elijo porque eso supone que renuncio a muchas cosas. Así que, la parte buena de no elegir es que evito renunciar a cosas que valoro. Así que es mejor no escoger.

Y también es cierto que si elijo algo significa que estoy valorando eso por encima de las cosas a las que renuncio. Así que es mejor elegir. Um… qué lío…. ¿En que quedamos?

Otra vez es una falacia. La elección es como una moneda con dos caras, una es la cara de lo que nos quedamos y en la otra está lo que renunciamos. La no elección también tiene dos caras. De nuevo en una cara hay lo que decido conservar y en la otra están las cosas a las que renuncio. Así que cuando elijo, renuncio y cuando renuncio, elijo. Siempre es la misma moneda con dos caras.

Quizás me esté equivocando de pregunta. La cuestión no es si elijo o no elijo, sino ¿cómo elijo?

Cómo elegir

Siguiendo el símil de la moneda, podríamos decir que elegir es lo mismo que tirar una moneda al aire. La moneda tiende a caer del lado que pesa más, es así de simple. Así que se trata de poner en una cara de la moneda los valores y las necesidades que se satisfacen al visualizar el mejor futuro una vez tomada esa decisión. Y poner en la otra cara, los valores y necesidades que se satisfacen al quedarme en el lugar en el que estoy.

También hace falta ser muy honesto con el lado de la moneda “no moverse” porque es seguro que satisface necesidades y valores que son muy valiosos y es posible que haya la tendencia a no quererlo valorar de forma honesta. El “no moverse” acostumbra a ser la cruz de la moneda, y tiene tanto derecho a ser tenida en cuenta como la otra cara.  Recuerda que la moneda es una sola cosa, indivisible.

Si no estás seguro, lanza la moneda y verás que pasa. La moneda no miente, porque simplemente cae del lado que pesa más, sin importarle qué cara es. No hay opciones buenas ni malas, correctas ni incorrectas. Esa es la gracia de tirar la moneda.

Una vez que la hayas lanzado, puedes plantearte el cómo llegar a ese lugar o cómo quedarte en dónde estás, aunque esto ya no sería materia para este artículo.

Buen viaje.

San Jorge y el dragón: un cuento sobre el miedo

La entrada de hoy es un relato que escribí para el día de Sant Jordi. La imagen de San Jorge matando el dragón es muy potente para mi. ¿Tuvo miedo antes de enfrentarse al dragón? ¿Cómo lo superó? Para responder a estas preguntas he inventado un cuento. A ver si te gusta.

P.S. Aquí tienes la versión escrita (San Jorge y el dragón llamado Miedo)

San Jorge y el dragón: un cuento sobre el miedo

La entrada de hoy es un relato que escribí para el día de Sant Jordi. La imagen de San Jorge matando el dragón es muy potente para mi. ¿Tuvo miedo antes de enfrentarse al dragón? ¿Cómo lo superó? Para responder a estas preguntas he inventado un cuento. A ver si te gusta.

P.S. Aquí tienes la versión escrita (San Jorge y el dragón llamado Miedo)

El miedo: de enemigo a aliado.

Estas vacaciones de verano mi familia y yo hemos ido de vacaciones con unos amigos. En una de la excursiones tomamos un teleférico hasta prácticamente la cota 3000 m. de una montaña de las Dolomitas, en Italia. Había bastante nieve y aunque no íbamos especialmente preparados para ello, decidimos subir por una ladera completamente nevada. La pendiente era suavemente pronunciada. Mientras ascendía, iba girando la vista hacia el camino recorrido. Observar toda esa pendiente me producía miedo. Me imaginaba que, en caso que resbalase no podría pararme y el final de esa pendiente no alcanzaba mi vista. Así que eso podría ser fatal para mi. Así que decidí no mirar muchas más veces: mejor subir sin mirar atrás.

La ascensión la hice acompañado de mi amigo y sus dos hijos, hasta que llegamos a un punto en el que decidimos parar. Nos hicimos unas fotos. El paisaje era espectacular y la vista de la bajada era impresionante. Entonces los hijos de mi amigo dijeron que iban a bajar corriendo. A mi me pareció una locura. Con semejante pendiente, ¿bajar corriendo? ¿Y si se caen? Pero no dije nada. Su padre estaba allí y él le pareció bien. Entonces empezaron a descender.

¡Cómo bajaban! Iban corriendo y saltando, clavando los pies en la nieve y, de vez en cuando, en vez de saltar, se deslizaban por la superficie de la nieve. Era espectacular y parecía muy divertido. Luego bajó mi amigo de la misma forma. Yo me quedé arriba mirando. Desde abajo me animaban a hacer lo mismo.

Yo tenía miedo. Sin embargo, ¿donde estaba el peligro que había imaginado? Efectivamente hacía mucha pendiente pero, si ocurría una caída el riesgo de bajar rodando de forma descontrolada era prácticamente nulo. Y por otra parte, lo que vi, ¡¡parecía tan divertido !! Así que pensé: me tiro. Y empecé la bajada corriendo y saltando. Mientras bajaba me daba cuenta que era seguro ¡y divertido! así que también probé de deslizarme por la superficie de la nieve. No era tan hábil como ellos pero en algunos breves momentos notaba la sensación de deslizarme sobre la nieve. ¡Qué sensación tan completa! Hasta que llegué al lugar de partida y comentamos juntos lo divertida que había sido la bajada.

Te explico esta anécdota para que pensemos juntos sobre el miedo. Lo que me ocurrió fue que me enfrenté a una situación que yo evalué como peligrosa. Mi miedo me decía: cuidado, eso que quieres hacer te pone en riesgo. No lo hagas. Luego, vi cómo otras personas hacían eso que yo temía de una forma totalmente segura, y además, se lo pasaban bien. Además esa actividad requería unas condiciones físicas y unas habilidades que yo juzgué que tenía. Así que mi evaluación del riesgo fue exagerada.

Ahora quisiera detenerme en el momento justo antes de lanzarme. Por un lado me daba cuenta que eso no era tan arriesgado y que estaba a mi alcance hacerlo. Sin embargo mi corazón no parecía muy convencido con esos argumentos y seguía latiendo con fuerza. Y me lancé. ¿Qué me impulsó a hacerlo? A primera vista parece que fueron los argumentos racionales de que no había tanto peligro. ¿Tu crees que fue eso?

Pues no, o al menos, en mi caso creo que no fue eso lo que más pesó. Desde luego que evaluar que eso tenía un riesgo mínimo es una condición necesaria, pero ese pensamiento no fue suficiente para vencer el miedo. Dar el salto supone un cambio abrupto: estoy en un sitio y en el instante siguiente, ya estoy bajando. Para vencer esa barrera debe haber algo poderoso, y creo que tiene que ver con algo emocional, más que racional, porque la evaluación de los riegos ya estaba hecha: “sólo” había que saltar. Vivía una lucha entre una fuerza que me retenía, el miedo, y otra que me movía a lanzarme: el anhelo de diversión y libertad. Cuando esa sensación fue más poderosa que la del miedo, entonces pude saltar.

3 pasos para abordar un cambio

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Toma las riendas de tu vida y … vívela !

En el pasado artículo, 5 pasos para romper el círculo vicioso de los pensamientos y los sentimientos desagradables te propuse un método para romper ese círculo vicioso. Pues en el artículo de hoy quiero tratar el mismo tema desde otra perspectiva.

Ya vimos, y creo que estaremos de acuerdo, que ante los mismos hechos, mi realidad vivida, es decir, los sentimientos que experimento, pueden ser radicalmente diferentes en función de mis opiniones y juicios sobre lo que me acaba de ocurrir.

También vimos que los juicios y opiniones sobre algo que me acaba de ocurrir no forman parte de lo que llamé la realidad real si no de la realidad pensada. Emitimos juicios y opiniones en función de lo que somos y de lo que hemos vivido. Sin embargo, no forman parte de la realidad real. Y si no, ¿cuántas veces te ha ocurrido algo en tu vida que opinabas que iba a suponer tu ruina o que creías que era absolutamente perjudicial para ti y, transcurridos los años te has dado cuenta que ha sido algo positivo e incluso algo necesario en tu vida?

Yo no pretendo decir que mis juicios sobre el futuro siempre estén equivocados, pero tampoco son siempre acertados. Una predicción es sólo eso, una predicción y hace falta que los hechos confirmen si fue acertada o no.

Por otra parte creo importante señalar la diferencia entre una predicción sobre el futuro y una profecía, que es una predicción pero que se va a cumplir de forma irremediable.

¿Porqué te digo esto? Porque muchas veces me olvido que una predicción sobre el futuro es sólo eso, una juicio u opinión, más o menos fundamentada sobre lo que me ocurrirá en el futuro. Y cuando me olvido que es un juicio u opinión y lo convierto en un hecho entonces lo que hago es convertir una predicción en una profecía. ¿Te das cuenta de la importancia que tiene darse cuenta de esto? Creer ciegamente que mis juicios y predicciones sobre el futuro van a convertirse inexorablemente en realidad, significa que mi futuro queda ya determinado y el resto de posibles futuros posibles queda eliminado de un plumazo. Me explico mejor con un ejemplo.

Imagina que ocurre algo en mi vida que considero que será para mí muy perjudicial. Cuando pienso eso se desencadenan en mi una serie de sentimientos y emociones que no son agradables. Este tipo de sentimientos seguramente determinarán unos pensamientos que seguro no me abren posibilidades. Cuando no veo posibilidades se incrementan mis sentimientos de tristeza y depresión, lo cual vuelve a estimular en mi sentimientos de tristeza. Como puedes ver ya he conseguido meterme en un magnífico círculo vicioso de pensamientos y sentimientos desagradables.

Además, cuando me quedo en ese círculo vicioso lo que ocurre es que esa profecía finalmente se hace realidad porque soy yo mismo el que cierra el resto de los futuros posibles. Convertir una predicción en una profecía tiene este efecto ¿Crees que debo cerrar mis posibilidades de futuro a una previsión que haga de él en un cierto momento?

Tomar las riendas de mi vida

En el post de hoy te propongo una forma de tomar las riendas de nuestra vida y no dejarnos llevar por los pensamientos y sentimientos negativos. ¿Quieres conocerlo?
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El cambio eficaz: saber leer y respetar el ritmo.

El otro día estaba en un museo mirando un montaje sobre los glaciares a lo largo de la historia de la tierra. En su avance erosionan el terreno, modifican paisajes y crean valles en forma de U. De hecho ya sabía que tienen movimiento pero me llamó mucho la atención el poder transformador de algo tan lento como una masa de hielo desplazándose entre las montañas.

Glaciar de pie de monteLa cuestión es que esto me ha hecho pensar sobre el hecho que cada cosa tiene su propio “tempo” o ritmo y que para evaluar los resultados ayuda el tener claro cuál es ese ritmo. Permíteme que me explique mejor. Si quiero valorar la transformación que produce un glaciar, tengo que tomar una escala temporal de cientos o miles de años, que es muy diferente a la que estoy acostumbrado a utilizar. De hecho, los estudiosos dicen que los glaciares tienen un “ritmo geológico” para indicar que los cambios en geología se producen en la escala de los miles de años. Así que no tendría mucho sentido evaluar el cambio teniendo en cuenta sólo un año, aunque a mi pueda parecerme mucho tiempo.

Así que cada sistema tiene su propio “tempo” o ritmo y saber leerlo puede ser de gran importancia cuando quiera producir algún cambio sobre él. Pretender modificar algo por encima de su ritmo natural puede provocar un desgaste de energía que me haga abandonar, quemado por haber invertido una gran cantidad de energía sin obtener ningún resultado. Hay un dicho en castellano que refleja esta idea:

No por mucho madrugar amanece más temprano.

Permíteme que te ponga otro ejemplo para explicar esta última idea. ¿Alguna vez has visto cómo se amarra un barco en un puerto? Un barco puede ser algo muy pesado y, por lo tanto con mucha inercia. Acercarlo al muelle para amarrarlo puede ser muy fácil o imposible, todo depende de la habilidad del marinero. Me explico mejor.

Una sola persona puede amarrar un barco pequeño, si aplica una fuerza adecuada y que sea constante. La clave está ahí, en el ritmo más que en la intensidad. Si el marinero aplicara la misma cantidad de esfuerzo o uno muy superior pero en tan sólo unos pocos segundos, no conseguiría que el barco se moviera lo más mínimo. Pero el marinero sabe cuál es el ritmo que requiere la maniobra y actúa conforme a él, sin violentarlo ni pretender que sea diferente. Así es como consigue acercar el barco empleando el esfuerzo justo y necesario.

¿Qué ocurre cuando quiero realizar un cambio en mi vida, o en mi vecindario, o en mi empresa? Mi vecindario tiene un ritmo de cambio natural que puede ser distinto al de mi empresa, y muy distinto al que ritmo de cambios que puedo asumir yo mismo. Así que si deseo cambiar sería bueno conocer cual es el ritmo de cambio natural del sistema que deseo cambiar. Si pretendo ir demasiado deprisa lo único que conseguiré es derrochar energía sin conseguir ningún resultado, de la misma forma que le ocurriría a un marinero inexperto. Así que puede resultar crítico evaluar el ritmo de cambio y aplicar la fuerza justa al ritmo adecuado.

Supongo que podrías preguntarte, ¿qué ocurre si el ritmo de cambio natural no es el que yo quiero o necesito? ¿Debo renunciar al cambio? Yo creo que no. Te lanzaré dos ideas a ver qué te parecen. Para explicarlas te propongo continuar con la misma metáfora.

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¿Cual es tu actitud cuando visitas una ciudad?

Estos días de vacaciones he tenido la oportunidad de viajar y he podido visitar algunas ciudades y pueblos. Se me ocurren dos posibles formas diferentes de viajar y visitar lugares.

La primera consiste en tener previamente una lista de cosas que quiero visitar y plantear la visita como si fuera un “check list” que voy completando a medida que voy visitando las cosas que tenía en la lista.

El segundo planteamiento es totalmente diferente puesto que de lo que se trata es de olvidarse de listas de “cosas a visitar” y abandonarse a deambular sin ningún rumbo fijo, dejando que sea el lugar que me sorprenda con lo que voy viendo y sintiendo. Cada estilo tiene sus ventajas e inconvenientes.

La primera forma de viajar se basa en el hecho de que antes han habido otras personas nos recomiendan unos lugares que son especialmente característicos o que se consideran representativos. Se me ocurre que un paseo por las Ramblas o visitar la Sagrada Familia son ejemplos de este tipo de lugares que si vas Barcelona tienes que visitar. Plantear la visita con una lista de lugares tiene la ventaja que me aseguro que voy a visitar lo que realmente vale la pena y aseguro utilizar el tiempo de la forma más fructífera posible.

El segundo estilo puede parecer a primera vista, que no tiene ninguna ventaja. Sin embargo, visitar un lugar sin una lista ni un rumbo predeterminado, tiene algo que no tiene la primera opción: el factor sorpresa. Por un lado se abre la posibilidad de pueda visitar sitios que no aparecen “la lista” y que  nunca habría visitado. Por otra parte, esta forma de visitar proporciona una forma de mirar totalmente diferente a la primera puesto que, como no hay cosas que visitar, cada lugar y cada paso se convierte en el lugar objeto de visita por sí mismo, lo cual permite gozar de cada cosa por insignificante que parezca.

Así que tengo dos formas aparentemente contrapuestas de visitar un lugar. Lo que se me plantea con todo esto es la siguiente pregunta. ¿Cuál es la mejor forma de hacerlo?

Antes de darte mi opinión al respecto quisiera hacerte la siguiente pregunta. ¿Para qué visitas un lugar? No me contestes rápidamente y quédate un ratito pensando en las necesidades que cubres cuando visitas un lugar. Para ello te puede resultar de utilidad el listado que te proporciono en el siguiente enlace (Listado de necesidades y valores universales). Las puedes leer lentamente y anotar aquellas que te resuenen más.

¿Cuales te han salido a ti? Si quieres, te digo las mías: entretenimiento, diversión, reponer energía, compartir, aprendizaje y descubrimiento. Es posible que hayamos coincidido en alguna, aunque, lo que va a resultarte realmente útil es tu propia respuesta. Así que, lamento decirte que no hay una respuesta correcta, o mejor, hay tantas respuestas correctas como personas.

En mi caso, de todas las necesidades universales que busco satisfacer cuando viajo, hay una que me resuena especialmente: la de descubrimiento. La forma en que puedo descubrir más cosas cuando visito un lugar es teniendo la actitud que he descrito cuando no tengo una lista de lugares que tengo que visitar. Aunque también me gusta tener un cierto plan que me ayude a empezar la visita pero que no se convierta en un corsé que me impida fluir con lo que pueda ir surgiendo.

Así que, mi opción preferida podría decirse que es una mezcla entre las dos formas: quiero tener una lista de lugares a visitar y, a la vez, quiero tener la actitud que uno tiene cuando no tiene nada que visitar y se deja sorprender por lo que uno puede ver y sentir.

Así, el “check list” actúa como una guía orientativa que utilizo para empezar o para transitar de un lugar a otro, pero durante la visita, me olvido de la lista y trato de disfrutar de lo que veo, y sobre todo, estoy muy abierto a cambiar el plan. Porque para mí, por encima de tener una lista con un montón de lugares visitados, lo que me importa más es disfrutar del placer que me produce descubrir cosas nuevas.

Quizás te preguntes porqué te estoy explicando todo esto. La cuestión es que muchas veces se dice que la vida es como un viaje. Así que, ¿no crees que podría haber alguna relación entre la forma y actitud con la que viajo y visito lugares con la que tengo para viajar por la vida?

Si eso fuera así… quizás sea de los que se obsesiona en conseguir objetivos y completar listas de cosas conseguidas y se me haya olvidado de vivir el camino. O quizás sea de aquellos que no se fija ningún objetivo y prefiere fluir con lo que le ocurre en la vida, sin más. O quizás sea una mezcla de ambos. O quizás viaje de una forma que no es ninguna de las anteriores …

La cuestión que me gustaría plantearte es la siguiente: teniendo en cuenta las dos formas de viajar que te he explicado ¿cuál es el estilo que utilizas para transitar en tu viaje vital?  ¿Es la que te gustaría tener? Si no es así puedes indagar acerca de las necesidades y valores universales que quieres satisfacer en tu viajar por la vida. Eso te dará la pista sobre cual puede ser la forma más adecuada para tí. Si necesitas ayuda para descubrirlo, ya sabes dónde encontarme.

¡ Buen Viaje !

La brújula de la felicidad: 2ª parte

Bienvenido a la segunda parte. Recordarás que en la primera parte del artículo la brújula de la felicidad te expliqué que para mí la vida es como transitar por un territorio desconocido y que lo único que podemos hacer es caminar desde un lugar para llegar a otro.

También llegamos a la conclusión que tenemos una brújula interior que se orienta hacia la felicidad. De la brújula puedo leer un rumbo y es muy importante diferenciar entre rumbo y destino para que no nos pase como aquel caminante que se pasó la vida buscando alcanzar el “oeste” sin llegar nunca a él. Así que, tal y como te prometí, lo que ahora toca es explicarte cómo leer el rumbo de nuestra brújula interior ya que esto nos ayudará a transitar por la vida y lo voy a hacer con un ejemplo.

Supón que hoy he tenido un día duro en el trabajo y tengo ganas de distraerme y de olvidarlo. Entonces se me ocurre que podría ir contigo al cine a ver una película divertida. Estoy cansado y enfadado con lo que me ha pasado en el trabajo y si voy al cine lo olvidaré, me divertiré y así seré feliz. Entonces te digo.

– ¿Qué te parece si vamos al cine a ver una película divertida?

y entonces tú me contestas.

– Pues yo no tengo ganas. Quedémonos en casa a descansar.

:-(((

Ir al cine contigo a ver una película me hará feliz. Entonces, si no puedo ir contigo al cine entonces soy infeliz. Eso es lo que parece, pero no es así. Lo que me está pasando es que estoy confundiendo el destino con el rumbo, es decir, creo que la única manera de ser feliz es yendo al cine contigo. La manera de solucionar esta confusión es aprender a leer el rumbo de mi brújula interior, lo cual me permitirá encontrar otros caminos.

La BRÚJULA INTERIOR

Mira, yo estoy feliz si mis necesidades universales están satisfechas, y no lo estoy cuando no lo están. Así que, el rumbo que me indica la brújula interior son las necesidades y valores universales que están vivos en este momento. Cuando digo necesidades universales lo hago en el sentido que lo hace la CNV para significar todo aquello que es esencial en nuestras vidas. Así hay necesidades vitales cómo son el respirar, comer, beber, dormir, evacuar; también existen las necesidades de seguridad tanto material como afectiva; finalmente también se incluyen las necesidades de desarrollo del ser humano como son las contribución a la vida, la de dar sentido, etcétera.

Si lo aplico al ejemplo de ir al cine, de lo que se trata es de averiguar qué necesidades satisface el ir al cine contigo para ir a ver una película divertida. Esto me permitirá encontrar otras formas de ser igualmente feliz. Continuemos con el ejemplo.

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