Las consecuencias de culpabilizar a los demás de nuestros sentimientos

En muchas ocasiones oigo decir cosas similares a “él me ha hecho sentir mal” o “Me has hecho llorar“… Estos son ejemplos que demuestran de qué forma hacemos responsables a los demás nuestros sentimientos. La lógica que hay detrás de esto es algo parecido a lo siguiente: La otra persona hace algo, yo me siento mal (aunque no sea muy consciente de ello), así que la otra persona es culpable que yo me sienta mal.

Hoy quisiera hablar de esto porque esta forma de pensar tiene grandes inconvenientes y me gustaría aportarte una alternativa a la ya conocida de culpabilizar a los otros o a ti mismo, por sentirte como te sientes. Lo que se trata de estar o no en lo cierto, sino de ampliar tu campo de posibilidades para que tú elijas qué hacer ¿te apetece?

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Eres un inútil, 2ª parte. El enfoque de la CNV

En la entrada anterior vimos juntos lo que ocurría cuando alguien nos decía algo parecido a “Eres un inútil“, nos sentíamos molestos por ello y queríamos disponer de alguna respuesta diferente a las ya conocidas. La primera que repasamos fue la de responder al “ataque” con un contraataque, como por ejemplo “Pues mira que tu !“. La segunda que vimos fue, atacarse a uno mismo, por ejemplo decir “Sí, es verdad, soy un desastre, todo lo hago mal“. La tercera que vimos fue la de huir, es decir, irse sin decir nada.

Lo que planteamos en el último post fue, ¿hay alguna otra forma de responder que no sea, atacar, contra atacar o huir? ¿Hay alguna manera de responder que suponga que yo sea tenido en cuenta sin que ello suponga responder de alguna de estas formas? Yo creo que sí y si me acompañas lo veremos juntos tal y como te prometí en mi último post.

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¡Eres un inútil!

Es posible que alguien te haya dicho alguna vez “eres un inútil“. Habrá casos que eso no te haya molestado, aunque yo estoy interesado en aquellos casos en los cuales eso sí que te ha afectado.

¿Recuerdas algún caso en concreto? ¿Esta situación te ha bloqueado de alguna manera o ha provocado una escalada de violencia verbal que no te ha llevado a ningún sitio? ¿Te gustaría ver alguna alternativa que te permita ser más flexible y eficaz para otras veces que ese repita? Si tu respuesta es afirmativa entonces te podría resultar de utilidad acompañarme en este artículo, ¿Te apetece?

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Gritar “en jirafa”: una forma diferente de enfadarte

En otras ocasiones he tenido la oportunidad de compartir contigo maneras para entender y afrontar el enfado: Enfádate de una forma diferenteEcologia emocional: cómo transformar la basura emocional en abonoEcologia emocional: cómo transformar la basura emocional en abono2a-parte, son artículos que hemos tratado este asunto.

Así que mi propuesta de hoy para ti con respecto a este tema es que grites “en jirafa“. ¿Sabes lo que significa esto? Pues es una forma diferente de gritar más ecológica y eficaz. Si tienes curiosidad por saber más detalles y en cómo se diferencia de la forma de gritar a la que estamos acostumbrados, te invito a que escuches el 10º episodio de Conecta 3, un programa en formato podcast que realizamos Alicia Mánuel, Dani Muxi y yo mismo.

Como en todos los episodios de Conecta 3, tratamos de combinar los contenidos para difundir la Comunicación Noviolenta (CNV), con secciones más livianas como Ojos que ven corazón que siente, o incluso divertidas, como la sección, la llamada del público (en este episodio no te puedes perder la llamada de Ernesto con su “sonotone CNV”)

Puedes escucharnos mientras paseas, vas de camino al trabajo, preparas la cena… Es una invitación a enriquecerte de una forma entretenida, ¿te apetece?

¡Buen Viaje!

Las expectativas y el resentimiento.

En ocasiones hacemos cosas para los demás que no obtienen el reconocimiento que esperamos. Entonces decimos cosas como”son unos desagradecidos” “no se merecen todo lo que he hecho por ellos“. ¿Te ha ocurrido a ti alguna vez? Si es así, me gustaría reflexionar contigo algunas cosas que me parecen útiles para gestionar situaciones como éstas, ¿me acompañas?.

Las expectativas y el resentimiento

Muchas veces hago cosas para los demás. Me refiero que mis acciones buscan un fruto que beneficia a los demás y, a veces, la respuesta que obtengo no es la esperada. En esto hay una variedad de matices infinita.

Para poner un ejemplo, imagina que preparo una cena para mis amigos la cena con todo el cariño del mundo y lo que recibo es una indiferencia absoluta, es decir, que se toman la cena y no dicen nada sobre si les gusta o no les gusta.

Ante esta respuesta, o mejor, ante esta no respuesta yo me podría sentir molesto. ¿Cómo lo hago para sentirme molesto con este hecho? Pues pensar cosas como “con todo el cariño que he puesto y no se dignan ni a decirme lo buena que está la cena. Con el cariño que le he puesto. Son unos desagradecidos

Como puedes comprobar, aquí hay resentimiento hacia los receptores de aquello que yo he preparado. ¿Porqué estoy resentido? Yo creo que es por mis expectativas, es decir, porque yo espero o, mas bien, exijo una respuesta de ellos que no obtengo y por eso me enfado. Me enfado porque ellos “deberían” agradecer mi trabajo, así que en realidad lo que tengo es una exigencia hacia como deberían de comportarse ante mi acto de “generosidad”. Así que la pregunta que podría hacerme es “¿Para qué estoy preparando esta cena tan maravillosa?

Esta pregunta se merece una respuesta lo más honesta posible porque podría responder, a bote pronto, que hago la cena para que la disfruten los demás. Ahora bien, ¿sólo eso? porque si estoy resentido porque no lo agradecen significa que exijo que me lo agradezcan, porque, sino fuera así, yo no me enfadaría, ¿no crees? Así que, si soy honesto conmigo mismo, me podré dar cuenta que si hay enfado o resentimiento hacia los demás porque no me agradecen la cena significa que al menos hay una parte de exigencia en que me reconozcan mi esfuerzo y mi dedicación. Por lo tanto, si bien es una acción altruista, en el fondo no lo es del todo. Hago la cena para que la disfruten, es cierto, y también la hago para que me lo reconozcan. Hay una parte mía que exige ser visto y cuando no lo consigue se enfada. ¿Estás de acuerdo conmigo?

Me gustaría mostrarte este mismo hecho pero con una actitud diferente. Supón que voy a preparar una cena para mis amigos y quiero que la disfruten. Sin embargo, antes de empezar me hago la siguiente pregunta. ¿Quiero preparar la cena para que la disfruten mis amigos? y contesto que sí. Luego me hago la siguiente pregunta. ¿Me enfadaré si no me lo agradecen o si no me dicen que les gusta? Es decir, ¿hasta qué punto dependo o exijo la aprobación de los demás? Llevar conciencia a esa parte mía que espera aprobación, o más bien, la exige, me parece muy importante.

Supón que mi respuesta es la siguiente: “Quiero hacer la cena para que la disfruten porque les tengo estima y por eso pondré cariño y tiempo. Deseo que mi esfuerzo sea visto y me encantaría que les guste y que me lo hagan saber y al mismo tiempo, quiero liberarme de la exigencia de tener que recibir un agradecimiento. Quiero dejar la puerta abierta para que respondan de la forma más honesta posible porque quiero que sea un regalo y se lo tomen desde mi ofrecimiento y no como algo para que yo obtenga reconocimiento. Quiero honestidad aunque pueda recibir algo que me entristezca.”

Mientras cenamos veo que las personas hablan y comen de forma animada y entonces pienso. “No me dicen nada y no sé si les está gustando la cena. Me encantaría saber si les gusta o si, por el contrario, no la están disfrutando. ¿Qué pasa si me dicen que no les gusta? Pues que me sentiré triste porque me encantaría que les guste, pero no estaré enfadado con ellos. Es más, si me dicen que no les ha gustado, la próxima vez podré hacerlo diferente para que sí que lo puedan disfrutar. Y si me dicen que les ha gustado me podré muy contento porque me satisface saber que he contribuido a su bienestar.

Entonces les preguntaría “¿Qué tal os parece la cena?” …

Lo que hace la diferencia

Me gustaría señalar que en los dos casos el estímulo era el mismo (nadie decía nada respecto a la cena) y mi voluntad de contribuir al bienestar de los demás también. Sin embargo las expectativas respecto a los demás son diferentes. En el primer caso también hay una parte de mi que quiere, o en realidad, exige reconocimiento y como no lo recibo me enfado. Sin embargo en el segundo caso no hay expectativas. Hay una voluntad de regalar y no de exigir nada a cambio. Eso no significa que no haya un deseo de reconocimiento, pero no hay una exigencia. Así que me alegraré si les gusta y me entristeceré si ocurre lo contrario pero no habrá nunca enfado ni resentimiento hacia ellos, ¿ves la diferencia?

Precisamente este “detalle” hace que en el segundo caso me mueva a hacer una pregunta para saber si les está gustando o no la cena, mientras que en el primer caso me he quedado callado, resentido y enfadado con ellos porque no me han reconocido el esfuerzo.

Conclusiones

Así que lo que hace la diferencia es que en la expectativa hay una componente de exigencia y eso sólo puede llevar al enfado o al resentimiento si lo que obtengo no es lo que quiero. Por lo tanto, mi propuesta de hoy para ti es que, cuando hagas algo para los demás, lleves conciencia para darte cuenta si tienes alguna expectativa. Si es así, revisítala para ver si te puedes desapegar de ella. Hacer eso significa abrirse a la posibilidad de alegrarse o de entristecerse, es decir, abrirse a la vida y además te podrás liberar de algo que puede ser tóxico para tí: el resentimiento y el pensar que eres víctima del comportamiento de los demás.

¡Buen viaje!

Dar y recibir feedback

Dar y recibir feedback es una parte esencial tanto en mundo de las empresas como en el personal. Las personas interactúan con nosotros y eso no impacta. Unas veces esa influencia es positiva, nos enriquece y por lo tanto nos gustaría que eso efecto se incrementara. Sin embargo, otras veces esa interacción disminuye nuestro bienestar, por lo que preferiríamos reducir o eliminar ese efecto negativo. Así que la necesidad de explicar a los demás que nos ocurre y darles feedback se convierte en un elemento esencial para cuidar de nuestro bienestar.

En relación a esto y antes de continuar con el tema de feedback, me parece importante señalar que los demás son sólo un estímulo de lo que me pasa pero no son su causa. Lo que quiero decir con esto es que, ante un mismo estímulo las personas podemos responder de forma totalmente diferente. Sino piensa en alguna situación en la cual, una acción tuya haya sido vivida por las personas de tu entorno de forma muy diferente. Si lo que hacemos fuera la causa de lo que sienten los demás, todo el mundo reaccionaria de la misma forma ante el mismo estímulo y la experiencia nos demuestra que no es así. Es más, incluso nosotros mismos podemos sentir cosas diferentes ante el mismo estímulo dependiendo del momento vital en el que estemos o de nuestro estado físico o emocional. Así que lo que hacen los demás influyen en mis sentimientos pero no los determinan.

Entonces, si esto es así, significa que los demás dejan de ser los culpables cuando hacen algo que disminuye mi bienestar. Asumir eso supone entrar en un nuevo mundo en el que ya no hay culpables y dejan de estar justificadas las amenazas y los castigos que pretenden forzar a los demás para que “depongan su actitud”. En este nuevo mundo ya no hay buenos ni malos, víctimas ni verdugos y yo dejo de tener TODA la razón.

Pero entonces se me abre una pregunta, ¿qué hago con lo que siento cuando los demás hacen alguna cosa que disminuye mi bienestar si ya no son ni los causantes ni los responsables? Si no hay nadie a quien echar la culpa de cómo me siento, ¿qué hago para cuidar de mi bienestar? Porque darme cuenta de esto no hace que el mundo sea mejor para mi…

Mi respuesta es que, lo que me gustaría es que los demás cambiasen su forma de comportarse, pero sólo si lo hacen de forma voluntaria porque quieren contribuir a mi bienestar y eso es más probable que lo hagan si pido desde lo que yo necesito admitiendo que soy vulnerable en vez de exigir a los demás cómo deben de comportarse para que yo me sienta bien. Porque cuando exijo, los demás sólo tienen dos alternativas: o se someten o se rebelan y yo no quiero ninguna de las dos cosas. No quiero que cambien su forma de actuar por miedo a mis amenazas, porque los castigue o porque los manipule haciéndoles sentir culpables de cómo yo me siento. Ese es un juego en el que a la larga todos perdemos.

Darme cuenta de que cuando interactúo con los demás soy vulnerable y tengo necesidades y valores que quiero respetar y cuidar me ayuda a darme cuenta que mi bienestar está en mis manos. Así que, siempre puedo pedir desde lo que necesito y si los demás no quieren contribuir desde el corazón a mi bienestar siempre puedo encontrar otras alternativas y estrategias, porque ya sé cuales son las necesidades y los valores universales que son valiosas para mi en ese momento.

Darme cuenta de esto me da a mi y a los demás apertura de posibilidades y también algo que yo valoro muuuucho: libertad.

¡Buen viaje!

Es imposible que te falten al respeto

Vale, ya sé que esta frase es una provocación. Efectivamente cuando alguien me insulta o emite un juicio sobre mi utilizando palabras que considero poco respetuosas entonces me están faltando al respeto. Cuando eso ocurre es muy normal que reaccione con otro ataque o me quede a la defensiva sin saber qué decir y maldiciendo en secreto a mi interlocutor. Cuando pienso que me atacan, puedo entrar fácilmente en el modo ataque/huida, un lugar de pocos recursos que me lleva a reaccionar y no a elegir una respuesta desde la libertad de acción. Me gustaría no caer en la provocación que supone reaccionar al insulto contraatacando y a la vez me hacerme valer. ¿Cómo se consigue eso?

Esta pregunta conecta con el título del artículo. Porque, si fuera imposible que los demás te faltaran al respeto, ¿cómo sería tu respuesta cuando alguien te insultara o te dijera algo que se supone es una falta de respeto? ¿Cómo te podrías hacer valer cuando es imposible que, aunque te insulten, eso no suponga una falta de respeto hacia ti?

Antes de continuar, hay un pequeño relato que me gustaría compartir contigo. Dice algo así:

(cuento zen)

Una vez vivió un gran guerrero, que aunque era bastante viejo aún podía derrotar a cualquier contrincante. Su reputación se extendía a lo largo y ancho del país, y ese prestigio hacía que tuviera siempre a su lado muchos aprendices.

Un día, un joven guerrero llegó a la aldea del guerrero, determinado a ser el primer hombre en derrotar al gran maestro. Junto con su fuerza, tenía una increíble habilidad para descubrir y explotar cualquier debilidad de su adversario. Nunca nadie había durado en un combate con él más allá del primer movimiento. Provocaba a su oponente y su respuesta era fulminante.

Muy en contra del consejo de sus preocupados aprendices, el viejo maestro aceptó el desafío del joven guerrero. Cuando los dos estuvieron preparados para la lucha, el joven guerrero comenzó a lanzarle insultos, sin embargo el maestro permanecía inmóvil. Probó de tirarle barro, le escupió a la cara, pero el maestro no respondió. Durante horas lo maldijo y lo insultó gravemente, pero el maestro simplemente permanecía parado, aparentemente tranquilo, sin responder a las provocaciones del joven guerrero.

Finalmente, incapaz de conseguir que el maestro entrara en el combate, el joven guerrero se marchó diciéndole que era un cobarde por no querer luchar contra él. Sus discípulos, algo decepcionados porque no había luchado contra el joven guerrero, se reunieron alrededor del maestro y le preguntaron:
“¿Cómo pudo usted aguantar tal indignidad? ¿cómo permitió que le faltara al respeto de esa forma?”.
El maestro respondió:
“Si alguien viene a darles un regalo y ustedes no lo reciben , ¿a quién pertenece el regalo?”.
“Si alguien les insulta y ustedes no acogen esos insultos, ¿ a quién pertenecen esos insultos ?”.

Fin

¿Cómo se podría conseguir una actitud similar a la del maestro Zen? Permíteme que te de mi respuesta a eso.

Podríamos decir que cuando alguien insulta o falta al respeto a otra persona tiene una voluntad de lastimar u ofender. Un insulto es un juicio u opinión sobre otra persona que tiene una carga de agresividad. En esto último es donde creo que está la clave del asunto: que el insulto es un juicio u opinión, y los juicios y las opiniones nunca pueden ser ni ciertos ni falsos.

Si eres un lector habitual de mi blog, recordarás que ya hemos visto algunas veces la diferencia entre juicio y observación. Los primeros no pueden ser nunca ciertos o falsos porque sólo los hechos pueden clasificarse de esa forma. Un juicio sólo puede estar bien o mal fundamentado, pero incluso un juicio compartido por muchas personas y bien fundamentado, nunca podrá considerarse una verdad o algo cierto.

Tener presente esta distinción es fundamental porque si alguien te insulta y lo tomas como un hecho cuando sólo es un juicio, lo que estás haciendo es aceptarlo como una verdad y no como una opinión. Entonces el insulto consigue el objetivo de hacer daño porque afecta a tu identidad, algo que siempre queremos proteger. Esto me recuerda lo que dice el maestro zen con respecto a cómo tomar el regalo que te ofrecen.

Teniendo en cuenta que el insulto está en la categoría de las opiniones y no en la de las verdades, siempre puedes decidir tomar en consideración esa opinión, quizás porque consideres que puedes aprender alguna cosa. También puedes decidir que esa opionión no te es útil y rechazarla. En este sentido es como un regalo: lo abres, decides si te es útil y entonces te lo quedas o bien al abrirlo te das cuentas que no te va servir de nada y lo rechazas. El otro no te obliga a que te quedes su regalo, sólo tu decides si te lo quedas o lo devuelves.

Ahora quisiera volver al título del artículo, “Es imposible que me falten al respeto”. ¿Ves ahora lo que quería decir? Si tu tienes presente esto que hemos hablado, es imposible que nadie te falte al respeto sin tu permiso. El darse cuenta que el juicio o el comentario irrespetuoso está en el terreno de las opiniones y no en el de las certezas te da la libertad de aceptarlo o rechazarlo. Darse cuenta de esto y tenerlo presente puede ser muy poderoso porque te da libertad, ¿no crees?

Para acabar decirte que verlo de esta forma no te convertirá en un ser inmune a los insultos. Las opiniones de los demás, aunque son sólo opiniones, aunque hablan del que las emite, también puede ayudarte a descubrir cosas en ti y esos hallazgos pueden ser fuente de goce o de tristeza. Sin embargo, ser conscientes que habitamos en el terreno de las opiniones nos previene de sentir ira, y por lo tanto de la necesidad de castigar, de atacar o defenderse y eso nos da espacio para hacer uso de nuestra libertad personal.

¡Buen viaje!

¿Cómo pones límites?

Hoy quisiera hablarte de cómo poner límites, pero antes de ir directo al tema quiero dar un rodeo que me parece necesario y que al final nos llevará a nuestro asunto. ¿Quieres acompañarme?

Los botones que nos disparan las emociones

Hay cosas que nos pasan que nos disparan emociones y sentimientos. El mundo en el que vivimos es una fuente de estímulos que no podemos controlar y ante un mismo estímulo las personas podemos sentir cosas diferentes y por lo tanto reaccionar de forma diferente. También puede ocurrir que una misma persona ante un mismo estímulo sienta cosas diferentes en función del momento en el que se encuentre.

Lo que te quiero decir con esto es que lo que pasa en el mundo y lo que hacen los otros nos influye de alguna manera, pero no puede ser la causa única y directa de nuestras emociones y de nuestras reacciones. Porque, si fuera así, antes el mismo estímulo todas las personas responderíamos de la misma forma, o nosotros mismos siempre responderíamos igual ante un mismo estímulo, cosa que no ocurre. Así que tiene que haber algo más.

Para explicar esto a mi me gusta imaginarme que las personas tenemos unos botones que nos estimulan emociones. Como a cada persona sentimos y reaccionamos ante cosas diferentes entonces es como si cada persona tuviera unos botones que son diferentes de los de los demás, que son fruto de su propia biología, educación, cultura, familia y vivencias y del momento vital que está viviendo en cada momento y por lo tanto lo hacen único.

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¿Porqué somos violentos?

Peter van der Sluijs.

Peter van der Sluijs.

Lo que primero me gustaría hacer es que nos pongamos de acuerdo en lo entendemos por comportamiento violento, porque hay muchos grados de violencia. Seguro que estaremos de acuerdo que matar es una acción violenta. Ahora bien, también me gustaría considerar como violentos comportamientos que no suponen dolor físico y que no son tan claramente violentos porque quizás no causan dolor físico, como por ejemplo gritar a alguien, insultar o amenazar, ¿qué te parece?

Para llegar hasta comportamientos que son claramente violentos, normalmente se pasa antes por una fase que yo llamo de violencia latente, que es un estadio incipiente de violencia de la cual normalmente no somos conscientes porque proviene de una forma habitual de comunicarse que está instalada en nuestra cultura y que nos acerca sin darnos cuenta, a comportamientos manifiestamente violentos.

Así que, mi propuesta de hoy para ti es explicarte algo que te sirva para darte cuenta cuando estás en alguno de estos estados incipientes de violencia, lo cual tiene un doble beneficio. En primer lugar, al darte cuenta que estás en este estadio evitas que vaya a más y rompes la espiral de violencia. En segundo lugar, como es un estado incipiente de violencia, te resultará más fácil manejarlo que cuando la situación ya se ha hecho insostenible.

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Grita, pero de forma diferente: transformando la basura emocional, 2ª parte

Querido lector@, si leíste mi entrada Cómo transformar la basura tóxica emocional en abono …. verás que me comprometí a darte una alternativa para enfadarte de una forma diferente cuando la situación necesita e nuestra respuesta inmediata y no podemos poner en práctica los pasos que te describí. Así que, lo que trataré de explicarte es cómo enfadarte de otra forma para situaciones de urgencia. ¿Qué podría ser una de urgencia?

Por ejemplo, imagínate que durante mi jornada de trabajo he tenido una discusión con un cliente (… malo) y luego mi jefe me ha dado una bronca (… más malo todavía). Acaba la jornada y sólo tengo ganas de llegar a casa para descansar y para que escuchen mi relato del día tan horrible que he tenido. Me encantaría que me dieran mucha escucha, atención y empatía. Hoy realmente lo necesito porque estoy muy mal… Pues bien, cuando llego a casa lo que me encuentro son mis dos hijas peleándose, gritándose e insultándose ¿te lo imagina?

– Ahh! Brrr! No puede ser, ¡ hoy no! ¡ Esto es demasiado para mi !

Con estos pensamientos en la cabeza y con mi estado de ánimo después del día tan horrible la reacción que me pide el cuerpo es enfadarme con ellas, gritarlas e incluso, si estoy muy enfadado, castigarlas por pelearse e insultarse. Digo reacción porque no hay ningún espacio entre el estímulo (mis hijas están en casa peleándose) y mi respuesta (me pongo yo también a gritar diciéndolas que no saben comportarse, que son unas desconsideradas y que se merecen un castigo)

La reacción conocida tiene un resultado conocido, no podría ser de otra manera. El castigo no me sirve porque lo que consigo es tranquilidad aun precio muy alto ya que me he enfadado todavía más. Al castigarlas y gritar que son unas desconsideradas he conseguido que ellas también se enfaden lo cual afecta a mi relación con ellas, que es algo que quiero evitar porque me intersa cuidar la relación. Además no he conseguido aquello que tanto necesitaba que era escucha, atención, cariño y empatía. Como ves unos resultados muy pobres.

Lo que a mi me gustaría es enfadarme de una forma que provoque en los demás un impulso de ayudar al que está enfadado y darle la empatía que tanto está necesitando. Ya te comenté en el pasado artículo que una persona enfadada es en realidad una persona que sufre. Lo que ocurre es que expresa ese enfado culpabilizando a los demás por sentirse como se siente. Así que las personas reciben un mensaje agresivo y ante una agresión, las reacciones posibles son el contra-atacar, someterse a la agresión o huir. En cualquier caso, la respuesta está a las antípodas de la escucha, la atención y la empatía, que es lo que necesita una persona que está enfadada.

¿Cómo sería enfadarse diferente? Recuerda que lo que quiero conseguir es expresar mi sufrimiento de forma que no sea percibido como una agresión. Para que esto ocurra hay que hacer un cambio de paradigma. La propuesta es cambiar de:

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